Autora: Marta Sorlí i Fresquet (Espai FIGA)
El caso de Errejón ha destapado la existencia, nada sorprendente, de machistas de izquierdas. Se ha evidenciado que existen aquellos hombres que hacen gala de ser igualitarios, de permitir que las mujeres compartamos espacio político con ellos o de tener hijas, madres y esposas a las que respetan mucho, pero que en su día a día político no hacen ningún esfuerzo por reflexionar ni transformar nada. Gracias, señores, por no escupirnos en la cara; son ustedes admirables.
Ya podemos señalar, sin contradicción, que lo más parecido a un machista de derechas es un machista de izquierdas. Porque ahora sí que ha quedado claro que, entre tantos aliados, hay demasiados especímenes que siguen creyendo que eso de la igualdad no les interpela. Que son solo eslóganes para decorar sus discursos. En los partidos de izquierdas oyen nuestros argumentos, pero no nos escuchan de verdad, porque escucharnos implicaría reconocer que, posiblemente, son más mediocres de lo que son capaces de aceptar. Deberían revisar que su éxito se forja sobre los hombros de innumerables mujeres más preparadas y válidas que ellos, con un único defecto: SON MUJERES.
Ellos, esos hombres militantes de izquierdas y portadores de pancarta en todas las manifestaciones feministas, son al feminismo como el aceite al agua: están en contacto, pero no se mezclan. Están seguros de que no les hace falta revisar su comportamiento, porque son feministas por gracia divina y dignos merecedores de su éxito. No les interesa detenerse a interiorizar que esto no va de eslóganes, sino de cambios en profundidad. Revisarse implicaría reconocer que más de una vez han tenido que escuchar «es mi novio» para que dejen de insistir, o que han ido a prostíbulos a violar mujeres con sus amigos, sin importarles en absoluto si eran el decimoquinto que pasaba por esa habitación. También deberían reconocer que, en demasiadas ocasiones, han dicho que tienen miedo por sus hijas porque “han sido jóvenes y saben lo que pasa”; ¿qué han hecho y qué han callado para saber lo que pasa?
Seguramente, si alguno de esos hombres feministas por gracia divina se dignara a detenerse unos minutos a leer este artículo, ni siquiera pasarán del primer párrafo. Seguramente recordarán que ellos no son machistas, nunca lo han sido ni lo serán. Ellos simplemente ejercen el poder que poseen por meritocracia, ignorando el séquito de mujeres que hacen posible que tengan ese poder. Porque esas mujeres, según ellos, “no quieren poder” o “ya han llegado lo suficientemente lejos”. De hecho, hasta habrán sido generosos encontrando alguna mujer válida que, sin su intervención, nunca habría llegado a nada. Porque es sabido que detrás de una gran mujer siempre hay un gran hombre, ¿o era al revés? En definitiva, si se dignan a leer este artículo, seguramente solo seré una resentida o una histérica más cuestionando su más que obvia valía.
Incluso se han atrevido a salir a recordarnos que nosotras, las mismas feministas que hemos logrado que se reconozca la violencia sexual, hacemos un flaco favor a las víctimas al «linchar» a un abusador confeso. Ya nos han recordado que el cambio político debe preservarse más allá de los intereses de unas cuantas, que su poder es más importante que nuestros derechos. A estas alturas ya se nos ha exigido callar y se nos ha hecho responsables del daño que esto hará a “la nueva política”, como si las abusadoras fuéramos nosotras.
Esto, estimados señores, no va de sexo, va de poder: de apoderarse del espacio público, someterlo y controlarlo. Y, por desgracia, en ese espacio público las mujeres solo somos un objeto más del que ustedes, hombres feministas de pancarta y eslogan, aún en el siglo XXI se quieren apoderar. Estamos ante un caso que se ha escapado de la cadena de favores que se hacen entre ustedes, a izquierda y derecha, para seguir manteniendo el poder tal como está: masculino y machista.








