Yugoslavos

Recuerdo la primavera de 1992 cuando, en la Expo de Sevilla, se firmaba para apoyar a los trabajadores yugoslavos, que pretendían evitar el cierre de su pabellón a causa de la guerra en su país. Siempre me he sentido yugoslavo. También checoslovaco. Parte integrante de cualquier país forjado por la unión de distintas gentes, de distintos pueblos. No hay nada más republicano que eso, fue la idea de plebiscito cotidiano (Renan) lo que forjó el Estado más moderno y sofisticado de la Europa del siglo XIX: la Tercera República Francesa. Cuando esto se rompe, siento ese desgarro, aunque sea desde muy lejos, aunque nunca haya pisado suelo checoslovaco ni yugoslavo. Levantadas contra el Imperio Austrohúngaro, sin embargo estas dos naciones, checoslovacos y yugoslavos, fueron la proyección moderna y progresista de aquel imperio multinacional de los Habsburgo en la Europa del siglo XX.

Yugoslavos y checoslovacos demostraron durante todo el pasado siglo que es posible la convivencia, que un país se construye cotidianamente afrontando cada nuevo reto. Ambas naciones, además, experimentaron una versión propia del socialismo, intentaron vías alternativas hacia la emancipación. Fueron dos versiones izquierdistas de Austria-Hungría, nacidas con la desaparición de este imperio a fines de 1918 y destruidas al final de la Guerra Fría. Su historia es la del siglo XX europeo.

Llama la atención la manera en que checos y eslovacos se han reencontrado con su integración en la Unión Europea. Llama mucho la atención también cómo los pueblos que conformaban la antigua Yugoslavia lo están haciendo igualmente a través de la Unión Europea. En la esencia de la comunidad europea sigue estando la idea original de Jean Monnet: la integración supranacional para superar todos los nacionalismos en el viejo continente. La Unión Europea es vulnerable, como lo eran Yugoslavia y Checoslovaquia, como lo era el Imperio Austrohúngaro. Vulnerable porque requiere el mantenimiento de muchos equilibrios, pero estos equilibrios la fortalecen en lo cotidiano, la proyectan en el tiempo en clave de progreso. De hecho, la Unión Europea es la única utopía que a día de hoy nos queda a los europeos. Me refiero a la única utopía factible que puede vincularse al programa clásico del socialismo tal y como este se forjó a fines del siglo XIX: internacionalismo, paz, democracia y reparto de la riqueza.

Es obvio que buena parte de la izquierda actual no lo ve así, y puedo ser yo quien esté equivocado. Pero no lo creo, la Unión Europea no es una posibilidad, es la realidad que nos permite estar juntos. Juntos en todos los ámbitos. Las políticas neoliberales que han marcado la integración económica desde 1992 son, en buena medida, consecuencia de la incapacidad de la izquierda a la hora de coordinarse, de organizarse en términos europeos. Es difícil defender políticas de redistribución de la riqueza si no tenemos el marco político para ello. Pero es más difícil aún conseguir este marco político común sin una izquierda articulada territorialmente a nivel de toda la Unión Europea. La unión económica nos obliga a una unión política que empieza por las propias organizaciones, partidos y sindicatos. Juntos podrían encontrar un programa común para la conformación de una estructura supraestatal capaz de gobernar la economía y transferir rentas en todo el continente. Esta es la madre de todas las batallas de la izquierda europea y, sin embargo, es cotidianamente ignorada. Si nos negamos a afrontar este nuevo plebiscito supranacional para la forja de una nueva ciudadanía europea, renunciamos a dar la batalla. Y esto no lo va a hacer Macron por nosotros.

En el cambio del siglo XIX al XX, el profesor de Filosofía de Toulouse, el intelectual total, Jean Jaurès se esforzaba por unir a todos los socialistas franceses en torno a la idea de que el socialismo era imprescindible, era esencial para la República Francesa. Frente a posiciones como las de Guesde o Lafargue, ancladas en el rupturismo, el fundador de L´Humanité insistía en que el escenario para la emancipación social ya estaba dado; era la República, a la que había que reformar en clave socialista. Era obvio que las políticas de un Clemenceau o un Poincaré se proyectaban contra la mayoría social, contra los trabajadores, pero estos podían transformar la sociedad en el marco de la República Francesa, que era el escenario dado. Así Jaurès siempre se sintió en el centro del socialismo. No se consideraba ni reformista ni revolucionario, sino ambas cosas. Siempre insistía en que su reformismo era revolucionario y así, pese a una prensa burguesa volcada en su contra y pese a las crueles y constantes calumnias que siempre padeció, conseguía el apoyo y el cariño de los trabajadores con éxitos como la liberación de Dreyfus, la creación de la seguridad social en Francia, el impuesto sobre las ganancias, la unidad del socialismo…

Creo que en esta Europa de comienzos de siglo XXI el legado jaurèsiano continúa plenamente vigente. La izquierda tiene el escenario para dar la batalla por la justicia social pero debe empezar por reconocer ese escenario, que es la Unión Europea. En este sentido, el acuerdo hispanofrancés firmado recientemente es un nuevo marco para la defensa de las economías periféricas dentro de la Unión Europea, un nuevo marco que la izquierda puede utilizar a favor de la mayoría social. Y el reconocimiento político de esa mayoría se consigue demostrando que somos útiles, que mejoramos la vida de la gente. Este es el reto.

1 COMENTARIO

  1. Leo sus artículos con interés intelectual. Como los de la Sra Falcón y otros columnistas. Desde una perspectiva liberal en los fundamentos y socialdemócrata en la práctica política( la mía), no puedo estar más de acuerdo: Europa es nuestro proyecto de civilización.

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