Tomar partido: la organización de la juventud obrera

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Tomás Ferreira Crubellati.

Se acerca el 1 de Mayo y ahora más que nunca es necesario levantar la bandera roja e internacionalista de la clase trabajadora. La nueva guerra interimperialista ha hecho saltar por los aires la falsa ilusión de la paz eterna bajo el capitalismo, pero la propaganda de guerra y la socialdemocracia, junto con altas dosis de nacionalismo, han vuelto a poner un velo sobre las contradicciones del capital internacional para enrolar a amplios sectores de la población bajo la burguesía de sus respectivos países.

La crisis económica mundial, que se venía gestando desde hacía tiempo, se vio agudizada, primero, por la gestión clasista de la pandemia, y segundo, por las consecuencias nefastas que tiene la guerra para la clase obrera mundial. Desde la crisis de 2008 se produjo en nuestro país un amplio proceso de proletarización de las «clases medias», que tuvo su manifestación política en la «nueva» socialdemocracia que aspiraba a una mayor representatividad de estos sectores en la gestión política del Estado, por un lado, y en los nacionalismos periféricos, por otro.

Gran parte de esos sectores no han recuperado su posición previa, consolidándose así su proletarización. Además, la juventud, que ha crecido a ciegas, que se ha visto obligada a tener una perspectiva inmediata de su vida porque no puede tener expectativas de futuro, entra hoy en masa a un mercado laboral en condiciones de absoluta precariedad.

Ante esta situación, en la que el independentismo ha sido no solo reprimido, sino también derrotado políticamente, y en la que la socialdemocracia no solo ha fracasado, sino que se ha mostrado funcional a los intereses de la burguesía con su reforma laboral y su reforma educativa, cada vez más sectores de la juventud se ven o bien hastiados, ajenos a los juegos de la política parlamentaria, o bien atraídos por las posiciones reaccionarias que son la consecuencia necesaria de la desilusión. Es por ello que se hace cada vez más urgente la necesidad de situar sobre el tablero un proyecto político que sepa vincular las problemáticas que vivimos día a día con su ligazón estructural cuya raíz es el modo de producción capitalista y que, por tanto, pueda situar de manera realista el comunismo como alternativa a los problemas y al modo de vida actual.

Esto supone superar, en un primer momento, la falsa dicotomía entre las reivindicaciones que ciertos sectores académicos consideran «materiales», entendidas como aquello meramente económico, y las reivindicaciones «simbólicas», «culturales» o de «reconocimiento». No se puede, por ejemplo, entender la posición social de subordinación de la mujer sin entender el papel de la familia, de la propiedad y de la división sexual del trabajo, que no dejan de ser distintos momentos de una misma totalidad, distintas caras de una misma moneda.

Lo mismo ocurre con el racismo: no se puede entender sin comprender los orígenes históricos del colonialismo y la fase imperialista del capitalismo como momentos de la división internacional del trabajo. Tampoco podemos entender la discriminación que sufre el colectivo LGTB hoy en día sin entender el proceso de descomposición de la familia tradicional y el papel de las fuerzas reaccionarias como engendros del capital.

Eso no significa, en cualquier caso, que debamos de renunciar a toda lucha «parcial»; por el contrario, debemos implicarnos en ellas siempre que supongan un avance en cuanto a las condiciones de vida de nuestra clase y de los sectores oprimidos y que sirvan para reforzar el proyecto de transformación radical que implica el comunismo, y por tanto no pueden en ningún caso entenderse como luchas autosuficientes que interaccionan entre ellas, sino como momentos de una lucha general contra el sistema capitalista en su conjunto.

Siguiendo en la misma línea, hay que dejar de lado los conceptos vacíos de «las mayorías», «el 99%», «las élites», etc. Seamos claros: hablar de capitalismo es hablar de lucha de clases, y hablar de lucha de clases es hablar de burgueses y proletarios, de capitalistas y trabajadores; es hablar de la contradicción capital-trabajo que está en el núcleo del sistema y, por tanto, de todas las opresiones intrínsecas a él. La lucha comunista no es una mera lucha económica diferenciada de las reivindicaciones «simbólicas» o de «reconocimiento», es la lucha por la superación del modo de producción capitalista y, con ello, por la abolición de las bases que permiten la existencia de las distintas opresiones; la lucha comunista es una lucha por la transformación de todos los ámbitos de nuestra vida y de nuestros modos de relacionarnos.

Esto nos lleva, por tanto, a superar también el binomio instituciones-calle como estrategia política, entendida la «calle» como una herramienta de los partidos para incidir con mayor fuerza en las instituciones. No se trata de incidir en las instituciones del Estado burgués –más que para utilizarlas como altavoz si es posible–, sino de hacerlas saltar por los aires. Debemos construir un poder paralelo al del Estado, organizado alrededor de nuestros centros de trabajo y de estudio y en nuestros espacios de vida. Se trata de construir estructuras, integradas y dirigidas por la clase trabajadora, que organicen y dinamicen nuestros propios modos de vida alternativos a la frenética y aislada vida a la que nos empuja el capitalismo.

Se trata de construir una organización con independencia política e ideológica que sea capaz de vislumbrar, a través del «movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual» [1], el camino hacia la revolución por el socialismo-comunismo. Y es que «es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento» [2].

En cuanto a los que la palabra revolución les parece a día de hoy una rareza anticuada, suelen ser, generalmente, los mismos que se preguntan cómo puede estallar una guerra «en pleno siglo XXI». El sistema capitalista se ha desarrollado de manera frenética, tal es su naturaleza, pero ello no implica en ningún caso que la esencia del modo de producción sea distinta: la contradicción fundamental, la del capital-trabajo, sigue operando en su máximo esplendor, y la única manera de superarla, hoy en día, es a través de un proceso revolucionario. El movimiento comunista y las experiencias socialistas no se agotaron con la caída de la URSS; debemos echar la vista atrás y analizar nuestro movimiento críticamente, sin caer en los dogmas anti-soviéticos ni en los pro-soviéticos, para, a través de la experiencia acumulada de los millones de comunistas que dedicaron su vida a reflexionar y a construir el socialismo, impulsar un proyecto de clase independiente con la capacidad real de no solo volver a ilusionar a una juventud hastiada, sino de convertirse en un proyecto político verdaderamente práctico y revolucionario.

Aquí surge entonces la duda en lo relativo a los modos de organizarnos y de elaborar una estrategia en esa dirección. La primera tarea es, como ya se ha dejado vislumbrar más arriba, superar la concepción del activismo por la de la militancia y articular las luchas «parciales» alrededor de un programa y de un proyecto comunista. Además, de la misma manera que en el plano teórico es esencial «volver» a Marx y a Engels para evitar las vulgarizaciones simplistas, por un lado, y los «pos-marxismos», por otro, en el plano práctico es esencial volver a Lenin, para evitar tanto el burocratismo en el que se enquistaron muchas organizaciones obreras, como el asamblearismo anárquico característico de los movimientos sociales.

Así, el partido de nuevo tipo, organizado a través del centralismo democrático [3], se ha mostrado hasta día de hoy como la herramienta más elevada de la clase trabajadora tanto políticamente como ideológicamente para la conquista del poder. Se trata de un modo de organización política que asegura la democracia interna a la vez que permite la unidad de acción, capaz de ser flexible y obrar en todos los contextos, y que permite al partido trabajar como destacamento de vanguardia para ampliar el conjunto de la clase obrera revolucionaria organizada en estructuras propias.

Un frente de masas puede aparecer y desaparecer, transformándose de esa manera, en función de las necesidades del proyecto revolucionario, pero una organización política cuya aspiración es la toma del poder político necesita de una continuidad aun en momentos de clandestinidad, necesita de la acumulación de experiencia y de conocimiento, y por tanto no puede asumir la forma de una organización asamblearia, que no es capaz de adaptarse a contextos difíciles, ni la forma de una organización burocrática, que no tiene capacidad de responder a las necesidades de cada momento.

En cuanto a la dimensión de la revolución, como ya dijeron Marx y Engels [4], debe ser nacional en su forma, pero no en su contenido. El Estado es una herramienta de dominación de clase que gestiona los intereses comunes de la clase capitalista, y la revolución no puede llevarse a cabo si no es a través de la conquista del poder político, es decir, del Estado, si bien es cierto que «la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado» [5], sino que debe destruirla progresivamente.

Por tanto, a pesar de que hoy existan organizaciones supranacionales o interestatales, la «unidad básica», si se puede expresar en esos términos, de la organización de la burguesía, sigue siendo el Estado nacional, y por tanto la forma nacional que adopta nuestra lucha significa que debe llevarse a cabo de manera unitaria alrededor de todo el territorio dominado por un Estado. De aquí se desprende la necesidad de un Partido con proyección estatal, regido por el centralismo democrático –que en ningún caso debe entenderse esto como el centralismo burgués al que estamos acostumbrados–, que sea capaz de actuar de manera unitaria en todo el territorio.

Además, el hecho de que la revolución sea nacional por su forma pero no por su contenido significa que la clase obrera, en cuanto clase que comparte intereses objetivos alrededor del mundo, que no se halla limitada por las estrecheces nacionales, que es esencialmente internacionalista, debe siempre tener por objetivo la revolución mundial. La conquista de un país para la clase obrera, la instauración de un Estado socialista en un territorio, no es sino un momento de la revolución proletaria mundial, y para ello deben los partidos comunistas del mundo organizarse internacionalmente, y el movimiento obrero de cada país mirar fuera de sus propias fronteras para aprender de las experiencias ajenas y para tejer los lazos de solidaridad propios del internacionalismo proletario.

¡El comunismo es la juventud del mundo!

[1] Engels, F. y Marx, K. (1846). La Ideología Alemana.

[2] Marx, K. (1845). Tesis sobre Feuerbach

[3] Para profundizar sobre esto, son recomendables las lecturas de “Qué es y cómo funciona el partido comunista” de Pedro Checa (1937), y el “Qué hacer” de Lenin (1902).

[4] Engels, F. y Marx, K (1848). Manifiesto del Partido Comunista.

[5] Marx, K (1871). La Guerra Civil en Francia.

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