Del susto a la manipulación

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Pilar Aguilar Carrasco, Analista y crítica de cine.

Basta con no ser ya veinteañera para para recordar cuando la palabra «feminista» asustaba. Algunas amigas bien intencionadas, “buscando nuestro bien”, nos decían: «Yo creo que tenéis razón, pero deberíais cambiaros el nombre, eso de feministas da miedo».

Hace unos poquitos años, gracias al enorme impulso que supuso El tren de la libertad, todo el trabajo de hormiguitas que tantas mujeres habían estado haciendo, estalló.

Conseguimos, por fin, romper las duras barreras de silencio que nos cercaban. Y cuando hablo de barreras, no exagero. Los medios silenciaban nuestras reivindicaciones y manifestaciones. Cierto no eran tan masivas como hoy, pero sí mucho más que otras de las que, sin embargo, se hacían eco. Es más: ignoraban hasta la existencia del 8 de marzo.

Pero, por fin, conseguimos romper la ley de la omertá que tan radicalmente nos aplicaban.

Entonces, al no podernos ignorar, nos atacaron. Primero con insultos y descalificaciones. Pero sin grandes resultados: muchas mujeres despertaron al feminismo (incluso sin tener una idea exacta ni completa de lo que entrañaba) porque comprendieron que el feminismo hablaba de sus vidas y luchaba por mejoralas. En prácticamente todos los medios, empezaron a publicarse artículos escritos por feministas. Mujeres con proyección pública declararon serlo porque ya, lo contrario, hasta resultaba cutre.

Cuando los machistas se dieron cuenta de que con mofas y agresiones no nos paraban, pasaron a emplear una táctica más sofisticada: la adulteración. Empezaron a colgarle el término feminista a cualquier cosa. Y así, vimos cómo las marcas comerciales hacían negocio con nuestros lemas (no con todos, claro, con los descafeinables). Las personas de “orden”, las de toda la vida de dios (nunca mejor dicho lo de dios) reclamaron para sí el “feminismo libre de extremismos”. O sea, feminista era lo que ellos consideraran como tal. Lo demás, locuras y despropósitos… Los que nos llamaban feminazis se percataron de que daba demasiado “cante” y que mejor era denigrarnos alabando el feminismo “de antes”: ellos, generosos, no se oponían a que las mujeres estudiásemos o votásemos, pero, ya teníamos todo lo que legalmente nos correspondía y, además, abusando de la natural bondad y nobleza de los hombres, gozábamos de leyes injustas (contra la violencia, por ejemplo).

El colmo fue cuando hasta las mafias de la prostitución se colgaron el cartel de “feministas” y crearon, junto con sus sicarias, “sindicatos feministas de prostitutas”…

A pesar de esos ataques y manipulaciones, el feminismo (el feminismo real, es decir, el que lucha por la liberación de las mujeres) seguía su rumbo.

Ahora, desde hace un par de años o tres, cada vez con mayor fuerza y descaro, han lanzado una ofensiva mucho más temible. Se nota que tienen a su servicio el dinero y pueden pagarse las tecnologías más sofisticadas de comunicación y manipulación de masas. No son más listos que nosotras, pero tienen el poder.

El actual es, con mucho, el peor ataque porque va a la raíz misma de nuestra lucha: dinamita la base y la materialidad de lo que significa ser mujer; borra nuestra realidad corporal sexuada; hace de la opresión que sufrimos una “identidad” guay y electiva. Predica que la ley debe aceptar, sin más, los sentimientos individuales. Reclama como derecho inapelable que cualquiera que se autodefina mujer ocupe todos los espacios físicos y simbólicos que tenemos. Alecciona a niños, niñas y jóvenes en la idea, no de que hay que cambiar el mundo y las reglas que se nos imponen por nuestro sexo, sino que lo moderno es manipular el cuerpo para “escapar” de ellas.

Para vendernos estas arbitrariedades, manipulan con descaro (y habilidad, cierto) a la población apelando a sus sentimientos, pero ocultándoles información. Así, la ministra Montero presume de una encuesta inmensamente favorable a “los derechos de las personas trans”. En vez de presumir debería avergonzarse: hablan de “derechos” guardándose muy mucho de explicar en qué consisten. ¿Qué tal sería el resultado si preguntaran: “¿está usted de acuerdo con que los padres que quieran que sus hijos consulten con psicólogos los malestares que sienten con relación a su sexo puedan perder la custodia?” “¿Le parece bien que al profesorado que aconseje a un niño o a una adolescente algo similar se le multe con 150.000€?” “¿Aprueba que cualquiera que se autodeclare trans acceda sin más requisitos a puestos de trabajo reservados?” “¿acepta que una persona con genitales y apariencia masculina entre como Pedro por su casa en los vestuarios frecuentados por sus hijas?”, etc. etc. O sea, si los defensores de la ley trans fueran honestos, explicarían y someterían a votación los “derechos” que reclaman para “los trans”.

Sí, es muy duro y muy feroz el ataque que sufrimos porque se disfraza de modernidad, de buenos sentimientos, de “diversidad”.

Las feministas hemos vuelto a ser “las malas” y hemos vuelto a ser silenciadas. Todos los medios hacen propaganda por tierra, mar y aire de los “derechos trans” pero ahora nadie quiere publicar artículos feministas: “¡Callaos ya! ¿A quién le interesan vuestras reivindicaciones? eso de la violencia, la discriminación salarial, la doble jornada y demás cantinelas no vende ni es guay”.

Aunque, claro, estos ataques conviven tan ricamente con las adulteraciones de las que hablamos antes.

Así, por ejemplo, leemos: “El PSOE se definirá como un partido feminista y ecologista en su 40º congreso”. Lo que, según ellos, signifique feminista y ecologista es un arcano insondable…

Y así, según dicen los críticos cinematográficos, Titane el film que ha obtenido la Palma de Oro en Cannes es feminista… (bueno, ya en su día aplaudieron la “libertad” y el “casi, casi feminismo” de las protagonistas de Elle o de Belle et Jolie…)

Y, por el contrario, osan catalogar como queer la película Olivia (Jacqueline Audry, 1951) que es clara, divertida y desacomplejadamente lésbica.

¿Y nosotras, las feministas? Pues a lo nuestro: no nos dejaremos hundir.

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