Cuando el fútbol nos enseña

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Les invito, por una vez en este medio, a tratar de su condición de aficionados al fútbol, si es que lo son. Si es así, quizás con frecuencia hayan escuchado preguntas u observaciones del tipo «¿te da eso de comer?», «¿qué sacas de la pelotita?», «¿qué te aporta eso?», etc.

Bueno, cabría empezar por decir que, según cómo a uno le haya ido un día o una temporada, un simple rato de entretenimiento sin pensar en nada profundo puede ser un desahogo o un descanso muy necesario, pero usualmente nos defendemos diciendo que el fútbol, y cualquier otro deporte ayuda a desarrollar valores positivos, como el esfuerzo, el trabajo en equipo, el compañerismo, etc y que puede dar ejemplos y lecciones valiosos para nuestra vida. Pues de una lección muy valiosa que el mundo del fútbol nos ha dado el último ya casi mes y medio es de lo que quiero hablarles.

Como recordarán, el 19 de abril, un grupo de clubes poderosos e importantes de fútbol decidieron que podían pasar absolutamente del aficionado, del esfuerzo en el terreno de juego y de cualquier norma que les obligara a ser medianamente inteligentes en los despachos y quisieron convertir la alta competición Europea en un coto cerrado de 20 clubes señoritos. En un arrebato típicamente capitalista, pensaron que podían comportarse como niños estúpidos y malcriados por el hecho de poder pagar por su imbecilidad. Entre ellos, y me duele decirlo, estuvo mi Atlético de Madrid; solo lo menciono para que vean que no me dejo llevar por simpatías ni sentimientos.

Es evidente que el fútbol está desde hace tiempo muy contaminado por el capitalismo, que los clubes se han convertido muchas veces en escaparates de grandes empresarios, en lavaderos de dinero negro, etc. Pero esa mamarrachada de la Superliga Europea hubiera supuesto que los clubes ricos no tuvieran que tener el menor cuidado al planificar sus plantillas puesto que no correrían riego de descenso, que se hubieran repartido casi todos los contratos televisivos entre ellos impidiendo crecer a cualquier otro equipo (¡impidiendo, por ejemplo hazañas como la del Villarreal que todos admiramos estos días!), y encima, para participar en esa competición estaba muy claro desde el principio que los méritos deportivos no eran determinantes: por ejemplo faltaban clubes como el Ajax de Amsterdam o el Oporto, con varios títulos de la actual Champions League , mientras equipos sin títulos como el Tottenham londinense o (vergüenza da el decirlo) mi Atlético de Madrid estaban ahí solo porque vendían más en ciertas zonas del mundo.

Sin embargo, una reacción furibunda de los aficionados obligó a recular a muchos de los clubes fundadores de esa fantasmagórica competición (o simple estupidez empresarial), principalmente los ingleses. En un estallido de furia que incluyó manifestaciones a la puerta de los estadios, campañas en redes sociales, etc, los aficionados les dijeron a sus dirigentes que pagaban por ver una competición deportiva, no por ser comparsas de grandes empresarios. Especialmente impactante resultó la pancarta que en el estadio de Anfield colgaron los aficionados del Liverpool, con la que indicaban clarísimamente que en su opinión esa competición suponía el final del fútbol que atrae a los aficionados: «R.I.P. Liverpool F.C. 1892-2021». Varios clubes no tuvieron otra que recoger cable.

Aquí añado que muchos aficionados del Atlético de Madrid también protestamos, y aunque nuestro equipo fue uno de los que finalmente dio marcha atrás, los dirigentes nos pretendieron tomar por estúpidos diciendo que habían escuchado al aficionado, cuando lo cierto es que fueron el último de los clubes que se bajaron de la moto de la imbecilidad y solo al ver que se iba volviendo progresivamente inviable, pero ese es otro asunto.

Ahora los clubes señoritos que idearon todo pretenden ir de víctimas para evitar las justas sanciones. Acabando con mi implicación en el caso, diré que a mi Atlético de Madrid de momento no le han abierto expediente, y como aficionado me alegro, pero siendo honesto, no podría decir nada si les metieran un paquete.

El hecho es que la reacción popular achantó a unos capitalistas sin escrúpulos. Cierto, el fútbol sigue manchado por el vil metal. Por ejemplo, que a la actual Champions League vayan más equipos que los campeones de las ligas nacionales fue una cesión ante el poder económico, y eso seguirá siendo así. La Recopa, la competición que jugaban los campeones de copa, fue absurdamente liquidada y fundida con la actual Europa League. Y muchos hinchas seguirán sin poder permitirse el gasto de ver los partidos in situ, pero los clubes han visto que, pasado cierto límite, el vaso se desborda.

Y ahora viene la enseñanza: estamos viendo día tras día empresarios y capitalistas sin escrúpulos que quieren imponernos los caprichitos necesarios para salvar sus negocios, y esos prontos de arrogancia capitalista no afectan solo a nuestro ocio, sino a nuestra vida diaria.

¿Por qué tragamos que nos quieran medir las veces que vamos al baño en el trabajo? ¿Por qué estamos a punto de tragar la subida de tarifa de la luz que quieren imponernos? ¿Por qué tragamos que empresas rescatadas con dinero público despidan trabajadores mientras sus directivos se forran?

Protestar con la boca pequeña y poner Tweets no es oponerse a ello. ¿Creen que el Liverpool hubiera recapacitado si sus aficionados no hubieran hecho la manifestación que hicieron a la puerta de Anfield? Si la gente es capaz de organizarse y luchar por ver deporte, debería serlo por cosas más importantes. Ya han visto que funciona en el escaparate del fútbol, uno de los más grandes y visibles que ofrecen las costumbres y el ocio del siglo XXI.

Los aficionados del Liverpool dejando su icónica imagen del rechazo a la Superliga Europea.

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