Perú: Convidados de piedra

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Se dice que el “convidado de piedra” es aquel que en una reunión o en un evento, permanece mudo, no tiene participación alguna y es absolutamente ignorado por los demás concurrentes. En stricto sensu, la expresión puede aplicarse hoy a los trabajadores peruanos en el proceso electoral que se avecina.

Estamos apenas a 8 días de los comicios en los que se elegirá al Presidente de la República y a los parlamentarios para el próximo quinquenio. Han ocurrido ya los debates oficiales programados por el Jurado Nacional de Elecciones, y los postulantes a la Primera Magistratura han tenido la posibilidad de presentar sus propuestas e iniciativas, en procura del apoyo de los electores.

Este proceso ha sido singular, en buena medida, por la crisis sanitaria que afecta severamente a la sociedad peruana legando un doloroso estigma de enfermedad y de muerte, en este marco, el sufragio; asoma como un reto.

Los debates registrados en la semana que termina, han dejado un sabor amargo para muchos peruanos. Un torrente de promesas que no se habrán de cumplir, un cúmulo de ofertas electoral que semejan una feria de productos exóticos, y algunos ataques puntuales entre aspirantes que no han llegado aún al corazón de los votantes.

Se han registrado, no obstante, algunas intervenciones coherentes, ciertas propuestas interesantes, distintas iniciativas lógicas y hasta planteamientos de ayudan a la reflexión. Sin embargo, de modo general, ha quedado flotando una idea: muchas palabras y poca esencia.Salvo Verónica Mendoza, nadie ha dejado una huella que haya sembrado conciencia en la mente de nuestros compatriotas. Por eso se la ha considerado la mejor.

Los exponentes del pensamiento más reaccionario -desde Keiko hasta López Aliaga- no han formulado ninguna propuesta novedosa. Ella, se ha quedado en su voluntad de volverá al pasado, cargado de mafia y corrupción; y él, ha hecho una intervención deplorable, en un estado de discutible ecuanimidad.

Los llamados “políticos tradicionales” -desde Hernando de Soto hasta Alberto Beingolea- se han llenado la boca elogiando “el modelo” de dominación capitalista, que hoy hace agua en todas las esquinas. Han ponderado la iniciativa privada, la inversión privada, y la propiedad privada.

Y lo han hecho con tanto empeño que podrían merecer verse privados del voto ciudadano. Incluso han hablado de “Uver” para la Educación, y de Sheriff para la Seguridad. Se sienten yanquis de la cabeza a los pies.

El tema central, y eludido, ha sido otro: ¿qué es lo más importante en el país? ¿El Capital, o el Trabajo? Para los gonfaloneros del sistema, lo importante, es la plata. “Hay que buscar recursos”, han dicho; “lo que falta es la inversión”, lo más urgente, es “la reactivación”. Han pensado ciertamente en la alforja de los poderosos.

Cesar Hildebrandt ha tenido la virtud de recordar una oportuna frase de Benjamín Franklin: “Aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero”.

Ninguno de ellos ha comprendido, sin embargo, una realidad más grande que la angurria de los ricos. En un país, cuando se habla de las Fuerzas Productivas, debe admitirse que la principal fuerza productiva, son los trabajadores. Con los trabajadores, hay obras y desarrollo, capital y ganancias, beneficios colectivos, y progreso. Sin ellos, no hay nada.

Obcecados por limitaciones ideológicas, no perciben esto. Por eso en sus programas de gobierno y en sus exposiciones puntuales, simplemente ignoran a los trabajadores. Ellos, no existen. Por eso, no hablan de la Jornada Laboral, ni de salarios, ni de Sindicatos, ni de Negociación Colectiva. Ese universo, no les pertenece. No saben qué sabor tiene.

El universo laboral en nuestro país es muy complejo. Históricamente, el Ministerio del Trabajo fue un reducto de los Patronos. A comienzo de los años 70, se dictó una Ley de Reorganización Integral de ese portafolio y se avanzó en la tarea de adecuarlo a los retos de ese entonces; pero luego la situación varió.

Hoy, el Despacho de Salaverry ha vuelto a ser la cofradía de los poderosos. Su situación se agravó en la Década Dantesca, y ahora vive como un cementerio donde se sepultan ladinamente las demandas de los trabajadores.

Para los defensores del neoliberalismo, los trabajadores no pasan sino de ser “mano de obra barata”. Y es que no les interesa, tampoco, la producción, sino el dinero. Y a él se puede llegar por la especulación, el juego o el delito ¿Para qué crear empresas productivas, entonces?

Crearlas es pagar planillas, conceder salarios, otorgar beneficios sociales, reconoce Sindicatos… ¡Bolchevismo puro! Más barato sale vivir a la sombra de la inversión foránea y alentar “Tía María”, “Las Bambas”, “Conga” y otros. Para eso, no se necesita trabajar, basta pensar en inglés y doblegar la cerviz.

Ojalá! esta sea la última oportunidad en la que los trabajadores sean “Convidados de piedra” en una jornada electoral. Urge cambiar el escenario nacional, y eso es posible. Votar, no es sólo cumplir un deber cívico. Es, sobre todo, abrir paso a un futuro mejor. En los trabajadores está la solución.

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