La sociedad del estímulo

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Tomàs Alfonso, estudiante de Ciencias Políticas y de la Administración Pública y responsable de formación de Joves d’Esquerra Unida del País Valencià.

A pesar del consenso académico actual, no nos encontramos en la sociedad de la información promulgada por Manuel Castells, nos encontramos en la sociedad del estímulo. La sociedad de la información es una aspiración utópica, la sociedad del estímulo una trágica realidad. De existir, la sociedad de la información sería una sociedad formada, conocedora de la realidad social y preparada para asimilar la complejidad de nuestro mundo. Por el contrario, lo que tenemos es una sociedad borracha de estímulos, incapaz de crear relato a través de los mismos, y, por tanto, más alejada de la verdad de lo que lo ha estado nunca en la historia reciente.

En el mundo de hoy, nos encontramos expuestas a un constante flujo de datos. Pareciera incluso que los datos se han tornado el idioma universal en una sociedad en la que el contenido es el nuevo ídolo. Así pues, la velocidad en la transmisión de estímulos ha superado con creces nuestra capacidad de raciocinio y el fetichismo de la cantidad informativa ha primado sobre la calidad de la misma.

Existe una expresión popular que afirma que “la información es poder”, sin embargo, habría que añadir que eso ocurre con la información que genera conocimiento. No obstante, a día de hoy, mucha de la información que consumimos no lo hace. De hecho, un exceso de la misma, tal y como ocurre actualmente, lo que provoca es lo contrario: incertidumbre y bloqueo.

Así, la ciudadanía se enfrenta a miles de decisiones diariamente, a más de las que nunca se ha enfrentado, debido en parte a la capacidad de transmisión que permite la digitalización. La mayor parte de decisiones que se toman son ciertamente irrelevantes, pero no por ello los efectos que provocan lo son. Nos vemos obligadas incluso a tomar varias decisiones al mismo tiempo.

Vemos pues que hay una gran saturación en la población y, paradójicamente, una mayor desinformación. Se desconoce qué es importante y qué no, qué es una realidad contrastada y qué una opinión. Hoy, ni siquiera conocemos porqué consumimos determinados contenidos. Aquí, la hiperexcitación informativa y la paralización son dos caras de una misma moneda. Se da una especie de colapso por exceso, como un motor que se detiene debido al sobrecalentamiento.

Asimismo, un mal generalizado hoy en día es lo que se ha definido como síndrome del pensamiento acelerado, que provoca en quienes lo padecen problemas de memoria, concentración e irritabilidad frente a aquello que se demora en el tiempo. Tienen una infinidad de pensamientos, muchos de ellos intrusivos, pero una escasa capacidad de reflexión, puesto que para ello es necesario tener la posibilidad de detenerse.

Estas personas se caracterizan por su estilo de vida estresante, sobreestimulada, que causa en ellas una intoxicación con respecto a su entorno físico y digital. El estímulo actúa aquí como una droga, la cual perjudica a la persona sin que ésta sea capaz de vivir sin ella, sufriendo una especie de síndrome de abstinencia. Cada vez son más las y los jóvenes que manifiestan su malestar con esta sociedad sin encontrar ninguna solución al respecto. La sobreinformación actúa entonces como inhibidora de la voluntad y la razón.

Nos enfrentamos a una sociedad ciega por exceso de luz, incapaz de entender debido a la velocidad con la que pasan las imágenes ante nosotras. Los libros están siendo sustituidos por los tweets y los debates por el sesgo y el argumentario. Vivimos un proceso de aceleración que afecta incluso a nuestra propia psique y a nuestras relaciones. Este proceso tiene como fin último simplificar la comunicación para facilitar una eficiente reproducción del sistema capitalista.

De algún modo, si analizáramos la conducta humana, pareciera que, cansadas de andar hacia ninguna parte, nos hemos puesto a correr, considerando que este era un hecho positivo en lugar de un inconveniente, puesto que quien avanza sin rumbo tiene el riesgo de perderse y, por qué no, de estrellarse.

Frente a esto, es una obligación ético-política detenerse. Tal y como afirma el filósofo surcoreano Han, la máxima de la sociedad del estímulo es el “poder hacer”, que más que una posibilidad se vuelve una obligación, siendo una coacción disfrazada de libertad individual. En contraposición a ésta, se debe defender hoy el “poder no hacer”. Aparcar en el área de descanso y contemplar. Apagar el internet y dedicar el tiempo –la vida- a lo verdaderamente humano. Cuidar, mantener una larga y tendida conversación, reflexionar, amar, disfrutar del sexo, leer, jugar…en definitiva, vivir.

Debemos ser conscientes de nuestra finitud, puesto que de lo contrario, la infinitud de los estímulos actuales nos terminará por devorar, convirtiéndonos en simples máquinas útiles para el sistema, sin conciencia ni voluntad. Reivindiquemos nuestra humanidad para salvar la humanidad.

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