La minería, la necesaria reindustrialización de España y las falsas lógicas de los ecologistas

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Sergio Martín Fernández, economista, investigador independiente. @SergioMartinF12

Este artículo es una respuesta al artículo “El litio amenaza el patrimonio de Cáceres” de los autores J. Marcos y Mª Ángeles Fernández, publicado en CTXT el pasado 1 de marzo de 2021.

Esta nota no pretende obviar la realidad de un conflicto que existe, un conflicto socio-económico, no solo en Extremadura sino por todo el mundo, un conflicto histórico. Histórico en el sentido no tanto por las luchas ambientalistas actuales, sino de los usos del suelo y la explotación de los recursos naturales que en estos se encuentran. España tiene numerosos ejemplos en parte porque la riqueza mineral de nuestro subsuelo no es algo novedoso. España ya era una potencia minera durante finales del siglo XIX y la primera parte del XX. Sin embargo, como bien decía Marx “La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Y para que estemos abocados a caer en esta repetición farsante con la minería. No pretendo negar el conflicto socio-económico, ni tan poco pretende ser esta nota una arenga en favor del capital minero que pretende explotar los recursos de nuestra nación. No obstante, existen precisiones que cabría hacer tanto a los autores como a los colectivos ecologistas.

Tanto los autores del artículo, como los colectivos anti-mina, parecen caer en la misma patología idealista que los colectivos “ecologistas” y los medios postmodernos como es CTXT. El humano nunca tendrá un impacto cero sobre la naturaleza, hemos creado junto a nuestra propia evolución una nueva naturaleza, una naturaleza paralela, en tanto que actuamos sobre el ecosistema que nos rodea hasta transformarlo en aquello que nos “vale”. Es decir, de la naturaleza extraemos valores de uso, valores que pueden monetizarse o no, valores como la minería o la agricultura o valores como los parques o los caminos para la práctica deportiva. El humano por el mero hecho de sobrevivir y reproducirse ya está afectando a los ecosistemas, pero no por ello tenemos que tener un sentimiento de culpa e ir contra natura. No hay algo menos natural e irracional que la especie que es especista consigo misma. ¡Pero amigo, con las corrientes idealistas nos hemos topado!

¿Por qué idealistas? Porque obvian la realidad material. La realidad material que supera ese pequeño ego de buen samaritano que engloba toda lucha local y esporádica que no incorpore una perspectiva geopolítica e histórica. Porque el hecho, es que el capitalismo y en realidad, todos los modelos productivos que actualmente se reproducen en la faz de la tierra están en medio de una gran transformación y están desbocados. La 4ª revolución tecnológica ya está aquí y esta nueva transformación tecnológica como ya pasara con las anteriores, necesita de unos recursos naturales muy particulares y nunca antes, en ninguna otra de las revoluciones tecnológicas, estos habían sido tan escasos. Estos materiales son los agrupados en las Tierras raras. Y mientras que unos colectivos quieran realizar una resistencia espartana para “salvar” un monte (lo cual puede ser admirable) o un ecosistema, cabe no olvidar que los integrantes de los mismos, seguramente estarán a favor de las energías renovables, de la movilidad “verde”. Esas mismas personas tendrán todas, absolutamente todas, algún aparato electrónico. Seguramente a lo largo de su vida han o van a comprar algún ordenador, móviles o videoconsolas a sus hijos o nietos. Lo cual entra dentro de la norma, en tanto que son medios para el estudio, la vida en sociedad y el ocio en el mundo actual. Pero no deben de olvidar algo muy concreto: estos materiales imprescindibles para todos esos bienes de los que disfrutan van a seguir siendo extraídos, la minería ha ido a la par del desarrollo humano, somos sociedades en tanto sabemos trabajar los metales.

Hacen gala de ceguera respecto a la realidad, la realidad material. Tras dos crisis sistémicas, el capitalismo supedita su supervivencia al cambio energético y tecnológico y que este se va a dar, y se dará con el litio de Extremadura, con el litio de Portugal o con el litio del país africano que lo obtenga al menor coste. Y una vez comprendido que la minería es coexistente de la humanidad y de las sociedades modernas, que sin minería no habría posibilidad de combatir a la CoVid, que sin minería no tendríamos cultura en tanto que no nos hubiésemos desarrollado, no existirían las personas que estaban el otro día en la cadena humana en tanto que vestían ropas, portaban gafas, joyas, etc. Una vez entendamos que mientras Europa había estado prácticamente 30 años aislada de los problemas de la minería industrial (salvo algún accidente catastrófico en minas semi-abandonadas), preocupados por la contaminación del aire y pensando en una transición energética, en África y América Latina sus montañas habían sido destruidas, las poblaciones intoxicadas y los derechos laborales pisoteados. Una vez entendamos este contexto, una vez partamos de un análisis de realidad material en la que existimos y de la que somos parte, una vez dejemos atrás los análisis idealistas y las utopías ultranaturistas, podremos presentar una estrategia que favorezca a la clase trabajadora extremeña.

Para realizar este análisis solo tenemos que mirar a nuestro pasado. Un país como España es un buen testigo de los costes y los beneficios de la minería industrial. Pregunten a los cartageneros, a los onubenses o a los asturianos. Nuestros ecosistemas ya fueron destruidos una vez, que nuestra clase trabajadora fue intoxicada y explotada y nunca obtuvimos un rédito importante porque el capital se lo apropió y no se les exigió un control ni una remediación medioambiental. El capital llegó, explotó y partió. La propia lógica interna de acumulación del capital no permitió la apropiación social del beneficio común.

Sin embargo, la realidad no es hoy en día la de la primera mitad del siglo XX, la minería industrial ha llegado a un nivel de tecnificación y es posible reducir su impacto ambiental a niveles imposibles en el siglo pasado. A lo cual se debe sumar el estado de parálisis del aparato productivo de España donde no sobran los proyectos con posibilidades de reindustrializar regiones de la llamada España vaciada. Y esta reindustrialización es fundamental para cambiar un futuro oscuro que planea sobre la economía española. Y es que un país sin industria es un país sin soberanía y un país abocado a la miseria en el largo plazo. El capitalismo no se va a parar por muchos cordones de población que se realicen, sin una estrategia realista en un país y una región, el capital se acabará imponiendo y se habrá perdido la oportunidad de controlar los costes y beneficios de estos proyectos mineros.

Las exigencias de los diputados de los partidos que dicen ser representantes del pueblo deberían ir en línea con aprovechar esa suerte de localización y poder espurio que tienen, para condicionar la explotación de sus recursos, no para vivir en una utopía de la pobreza. Estos dicen reclamar que ese no es el modelo que quiere Cáceres para su desarrollo y yo me pregunto ¿cuál es su alternativa? ¿Turismo rural y el sector primario? Es decir, el modelo existente. El primero, un sector improductivo y que vive de las rentas altas y sus modas (y cuidado altamente contaminante y generador de trabajos precarios). El segundo, un sector fundamental, pero con una tecnificación creciente y reducida capacidad para generar empleo (e igualmente contaminante). ¿O van a inventar otra forma de extraer valor de los servicios ecosistémicos? Dentro del capitalismo, porque no pueden obviar que viven y son parte de la lógica de la acumulación capitalista. Estos partidos que se dicen de izquierdas y ecologistas que hablar de la llamada reindustrialización verde (eufemismo de campeonato), tienen que dejar de procrastinar los planes de reindustrialización. Que una montaña muy verde y sin uso, no da de comer.

Alerta, para aquellos representantes del capital que anden gozando y disfrutando, les diré que no existe la minería ambiental responsable, ni verde, ni ningún adjetivo que los equipos de responsabilidad corporativa quieran ponerle con el fin de asemejar el esquilmar el subsuelo con la acción de pequeños y delicados gnomos que portan tréboles.

La cuestión va más allá de este proyecto que puede incluso tener limitaciones técnicas verdaderas y que no discuto. Discuto los discursos idealistas y soportados bajo una lógica ecologista que se asocia a su vez con las luchas locales y contrarias a la primera y segunda contradicción del capital que ya reflejó O’Connor a través de los textos de Marx. Así es como la lógica del capital se frota las manos con los movimientos ecologistas del siglo XXI, que han permitido de un lado un nuevo y rentable nicho de mercado consumista con los productos “medioambientalmente responsables” que rara vez la clase trabajadora puede permitirse. Sumado a la división en el seno de la clase trabajadora, entre diferentes luchas desestructuradas de una estrategia unificada y centralizada. 

Está claro que el argumento de la creación de puestos de empleo con la demagógica y claramente exagerada cifra por parte del capital minero en una región con índices tan altos de pobreza (en Extremadura en torno al 30% están riesgo de pobreza) y paro (Cáceres un 20%), es un argumento de peso en favor del capital. Frente a este “populismo” del capital minero, es fundamental que la clase trabajadora y los movimientos y partidos que se dicen representantes de esta, tienen que dirigir sus estrategias hacia la búsqueda del mayor beneficio a corto y largo plazo posible de esta lotería de recursos en su favor y no perderse en los mantras idealistas e infantiles del ecologismo a histórico y transversal.

Cáceres necesita imponer el respecto de las leyes ambientales existentes. Exigir un plan de seguimiento ambiental y sanitario de la contaminación, que el Estado participe como parte importante del capital inversor, permitiendo de esta manera un mayor control en los procesos de extracción y tratamiento de los minerales. Igualmente, demandar la necesidad de instalar la industria de transformación (baterías) en la región y unirla al corredor luso que también está explotando estos recursos, creando así un clúster con fuerte componente innovador y de generación de valor añadido, lo que equivaldría escapar de las trampas del extractivismo. Así mismo, presionar para reinvertir los beneficios de está industrialización en los servicios públicos, beneficiando en el corto y largo plazo a la población cacereña.

Por último, es necesario limitar la explotación. Negociando desde el inicio de los proyectos un límite temporal para la explotación del mineral, al igual que un límite en tiempo y bajo pena de sanción económica, para el restablecimiento de un ecosistema sano. Algo que está al alcance con las estrategias de remediación medioambiental que actúan tras la finalización de esta actividad minera y que también generan empleo. Este último punto ha sido el gran olvidado de las instituciones y el gran determinante de la contaminación ambiental de la minería en el largo plazo.

Sin embargo, para que todas estas propuestas no caigan en saco roto, necesitan de un Estado productivista y no transferencista como el actual, una perspectiva de largo plazo frente al cortoplacismo de las instituciones que caracterizan el capitalismo español. La minería y los ecosistemas que dependan de ella deberían ser una cuestión de estado en España y una esperanza para la reindustrialización y el fortalecimiento de la clase trabajadora. La recuperación de un proyecto de país moderno y con futuro, y no un motivo de conflicto socio-ambiental. Tenemos un pasado de desastres minero-ambientales sin dejar apenas rédito en la clase trabajadora, la verdadera expoliada, pero está en nuestra mano cambiar el futuro. Y recordemos que solo con un movimiento socialista fuerte que colectivice y planifique los costes y beneficios de toda actividad económica, existirá sostenibilidad. Todo lo demás son idealismos y cortinas de humo en favor del capital y el empobrecimiento de la clase trabajadora.

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