Cinco años sin Umberto Eco

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Como todos los héroes del pensamiento, Umberto Eco, fue un intelectual de acción. El pensador italiano, muerto hace cinco años, cautivó a los lectores de todo el mundo con sus novelas y, con sus escritos, puso sobre la mesa cuestiones más que actuales, como los riesgos de internet o de las derivas totalitarias. El filósofo italiano fallecía tal día como hoy del 2016 en Milán (norte) a los 84 años de edad y, para conmemorar la efeméride, la televisión pública de su país ha preparado una maratón de emisiones a lo largo de la jornada con sus intervenciones más aplaudidas. Asimismo la editorial «La Nave di Teseo», fundada por él pocos meses antes de morir, ha publicado su autobiografía de la prestigiosa colección estadounidense «Library of Living Philosophers» (2017), inédita hasta la fecha en italiano.

Eco completó sus estudios de Filosofía en la Universidad de Turín con una tesis sobre Santo Tomás, último acto de fe antes de abrazar el ateísmo. En la década de los sesenta fue profesor de Estética en esa ciudad y en Milán y de Semiótica en Bolonia, investigando siempre la comunicación en la cultura de masas. El salto a la fama mundial llegó con su debut en la novela, «El nombre de la Rosa» (1980), aquel «noir» medieval que agrandó su éxito con la adaptación al cine protagonizada por Sean Connery en 1986. Mientras seguía entrando en los hogares del lector de medio mundo con novelas como «El péndulo de Foucault» (1988), «La isla del día antes» (1994) o «El cementerio de Praga» (2010). Uno de sus logros es la simbiosis entre la más elevada intelectualidad y su perenne interés por la cultura de masas, a la que siempre interpeló, una característica que ya había quedado reflejada en su ensayo «Apocalípticos e integrados» (1964). Entre los innumerables honores que recibió destacan el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades del 2000 o la Legión de Honor francesa, e integró el Foro de Sabios de la UNESCO.

En sus «Cinco escritos morales» (1998) ahonda, entre otros temas y a modo de advertencia, en lo que tildaba de «fascismo eterno”. ¿Sus ingredientes? El tradicionalismo, la ausencia de pensamiento crítico, el rechazo a la diversidad, la explotación de la frustración individual, la violencia como guerra permanente, el culto al heroísmo y a la muerte, el machismo extremo, la concepción orgánica del pueblo que individualmente carece de derechos, la neolengua, el irracionalismo, el nacionalismo exacerbado o el «elitismo popular”. Su preclara visión de la posmodernidad sigue deslumbrando hoy por su clarividencia.

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