Órganos de quita y pon

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Sara Yebra Delgado, médica de familia.

Asociación Feminista Asturiana Rapiegas

Hace unos días conocíamos la noticia del primer trasplante de útero con éxito a una mujer en España. Más de veinte personas implicadas en una sola cirugía y con un proceso de cinco años tras sus espaldas, cuyo objetivo es validar la posibilidad de esta técnica. Pues perdonen que me no me levante a aplaudir.

¿Cuál es la finalidad de un trasplante? Según la Organización Nacional de Trasplantes, esta técnica está reservada a «personas enfermas que sufren un daño irreversible en uno de sus órganos» (como el hígado o los pulmones) y que «no pueden curarse con otro tipo de tratamiento médico»; por tanto, «el trasplante es la única solución para evitar su muerte o para llevar una mejor calidad de vida». Para evitar su muerte, o para mejorar su calidad de vida. ¿Qué muerte evita un trasplante de útero? ¿Qué calidad de vida mejora? Desde luego la de la mujer donante, no. Debemos tener en cuenta que el trasplante de útero solo puede realizarse de una mujer donante viva, pues es un órgano con una vascularización muy frágil que impide su viabilidad de otro modo. Esta mujer donante se somete, estando previamente sana, a una intervención con muchas complicaciones. Pero estas no ocurren solo durante la cirugía, en la que la mujer puede sufrir sangrados o infecciones graves que pueden acabar incluso con su fallecimiento, sino posteriormente, ya que estará en riesgo de sufrir las complicaciones derivadas de la ausencia de un órgano como el útero, como son la posibilidad de desarrollar una menopausia precoz y un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular o de problemas genitales que afecten a su vida sexoafectiva, como el prolapso vaginal. ¿Con qué propósito sometemos a una mujer a todos estos riesgos? Única y exclusivamente con la finalidad de cumplir un deseo de otra persona: gestar. ¿Desde cuándo los deseos están por encima de los derechos en salud? ¿Es este el camino que queremos que nos abra la medicina, esto es, el camino de la técnica que posibilita cualquier intervención sobre los cuerpos sin tener en cuenta su finalidad? ¿Dónde quedó el primum non nocere? La ética médica está siendo moldeada por el capitalismo y la fascinación tecnológica. Lo hacemos porque se puede. Ya no importa si es necesario hacerlo ni tampoco sus consecuencias. Y no se nos escapa quién puede salir beneficiado en este artificio: la industria farmacéutica; pues una persona trasplantada debe tomar medicación inmunosupresora de por vida. O, lo que es peor, mientras dure el trasplante, pues parece ser que la idea es que el útero sea «de quita y pon» y que la mujer se someta de nuevo a la extirpación del órgano implantado tras la gestación.

A su vez, esta argumentación nos lleva inevitablemente a pensar quién va a costear toda esta vorágine. El sistema público de salud tiene unos recursos limitados y debe velar por la equidad y la justicia en la repartición de estos recursos. ¿Es lícito este gasto por cumplir un deseo? Otra cirugía estética que se suma a los posibles regalos de cumpleaños. Saltar al otro lado de esta delgada línea, priorizar un deseo sobre los derechos de todas, abre las puertas a las distopías más oscuras. ¿Veremos a mafias robando úteros a mujeres pobres? ¿Veremos a hombres gestando a costa de la vida de la
mujeres mártires por el «altruismo»?

Porque no podemos ignorar quiénes somos las que tenemos útero: las mujeres. De nuevo recae sobre nosotras el peso del liberalismo más atroz. En la India, actualmente, se practican histerectomías a las mujeres que trabajan en las plantaciones de caña de azúcar, haciéndoles creer que están enfermas, cuando el único motivo es que la menstruación y los embarazos ralentizan la recolección y esto se traduce en una menor rentabilidad para los dueños del negocio. En Malasia, hay granjas de mujeres, a las que violan para que se queden embarazadas y poder vender luego a sus bebés mediante «gestación subrogada». Basta ya. No se paga por vejar nuestro cuerpo, nuestros óvulos no están en venta, nuestro útero no se alquila y, por supuesto, tampoco se dona. No somos mercancía.

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