Uywana Wasi, el marxismo y la praxis gramsciana

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A partir de 1492 el mundo occidental, y el indígena como consecuencia, experimentó un cambio radical en todos los paradigmas. El «redescubrimiento» de América propició el discurso metodológico cartesiano que, sin aún olvidar a Dios, empezaba a situar al ser humano, al ‘yo’, en el centro del espectro reflexivo. A su vez, esta injerencia Europea produjo una explosión que repercutió en el despegue de la Revolución Industrial. Este desarrollo del capital iría sepultando, a su paso, bastas y potentes sociedades feudales, y al absolutismo monárquico.

Tras siglos de desarrollo desmedido la alta alcurnia del nuevo imperialismo encontraría su santo grial en el enaltecimiento absoluto del campo tecnocientífico. La rápida industrialización favorece a que esto se dé de este, y no de otro modo, ya que favorece el rédito para el capitalismo. John Stuart Mill o August Comte, desde una posición prácticamente idealista, generan cátedra positivista, que poco a poco se irá instaurando, en pro del del desarrollo irreflexivo, en el seno de la sociedad.

Así pues, partiendo de una cosmovisión eurocentrista inapelable en el seno de la lucha de clases, el economicismo imperante paulatinamente produce un retroceso de la cultura y las artes. Esto, al fin, y como fase posterior al imperialismo, en un mundo globalizado, ha propiciado el mejor escenario posible para la supervivencia del capitalismo: el neoliberalismo. Ante el que terminó de sucumbir la Unión Soviética, que tampoco supo hacer frente (desde tiempos a) a la guerra fría que se llevaba a cabo más allá de la armamentística: la de las ideas.

Con el neoliberalismo y el impulso de las teorías de la identidad, la amalgama heterogénea de culturas y artes comunes de los ‘nadies’ (en palabras de Galeano), convirtiendo a una sociedad atomizada en un cultivo homogéneo e idóneo para la propagación de ideales preestablecidos por la clase dominante. Dentro de este contexto, y reflexionando sobre el siglo XX, incluso la herencia de Marx cayó en la más absoluta reflexión economicista.

Sobre esto, años antes, advirtió Gramsci, pero la cárcel, el fascismo, el eurocomunismo y la excusa paupérrima del postmarxismo confinó al pensador italiano a su segunda prisión (dentro de la cual sigue establecido, salvo breves y fugaces permisos).

Gramsci estudió y empleó a Marx, en la teoría, y a Lenin, como realizador, para generar su propia visión filosófica, que debía sacar a la deriva marxista del economicismo: «los principios del pensamiento marxista deben ser desarrollados críticamente en toda su importancia y depurados de todo residuo de mecanicismo y fatalismo». Esta es la base, y finalidad, de su teoría de la ‘praxis’.

Este entiende el enlace entre la estructura y la superestructura como resultado de formas históricas en continuo proceso de cambio, por tiempo y lugar. Nunca definitivas. No obstante, a pesar de que esto fue en un primer momento una contradicción entre materialismo e idealismo en el filósofo sardo, como bien advierte Manuel Sacristán, fue resuelto posteriormente afirmando que reside un influjo inexorable producido por una lucha de clases determinada, independientemente del lugar y del tiempo. Es por ello que se hace plausible, en el seno de la sociedad, la actualización de la potencialidad revolucionaria. Es decir, existe, de forma inmanente, la posibilidad de acabar con la opresión de clase.

Rechazando la actividad contemplativa de la filosofía, entendida como único aspecto del proceder, y aportando un postulado crítico – práctico Gramsci pone en relieve la importancia, en la lucha, de la cultura. ¿Qué cultura?

Descubriendo y reportando sobre Bolivia descubrí una comunidad, Uywana Wasi (Cochabamba), que como tantas otras llevan, mediante la cooperación, el arte y la cultura de sus raíces a un resurgimiento y cultivo para el desarrollo social. En ningún caso se trata de una exaltación endogámica o xenófoba de su identidad sobre la del resto.

Para ellas, como bien expresan en el primer boletín de la comunidad, «cada cultura tiene una concepción de su realidad y de acuerdo a ella vive, ‘viendo’ y dejando ‘ver’ determinados aspectos». Así como en Gramsci «el filósofo real es sino político» y opera en una situación histórica concreta, porque «historia y filosofía son inseparables en este sentido, forman un bloque».

No obstante, y una vez más, desde un eurocentrismo injerencista utilizamos nuestra pueril mirada, cargada de grandilocuencia y paternalismo, sin poder comprender que cada pueblo con su cultura y su historia debe llevar a cabo este proceso revolucionario (siempre teniendo en cuenta el internacionalismo proletario). Este, como filosofía de la praxis, se encarga de los procesos concretos y de las contradicciones reales, no de un mero reflejo de la realidad.

Aquí podríamos referir a que Marx en sus tesis precisamente critica a Feuerbach, que «solamente llega a concebir la cosa (Gegenstand), la realidad, lo sensible bajo la forma del objeto (nun unter der Form des Objekts) o de la contemplación, no como actividad humana sensorial, actividad práctica (Praxis), no subjetiva», pero lo verdaderamente relevante es la actitud de cada pueblo, como sujeto agente, dentro de una historicidad concreta, que debe mediante la propia comunidad, junto con las demás en cooperación, llevar a cabo dicho proceso de asedio y asalto a la clase dominante.

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