Días difíciles

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La entrada de UP en el gobierno y el aumento de su tibieza dejan un panorama complicado para la izquierda

El aterrizaje de Unidas Podemos en el primer plano de la política institucional  encontró dos reacciones en los barrios: esperanza y recelo.

La primera reacción venía derivada de un panorama político dramático y de una sociedad que se ahogaba en un océano de precariedad que solo tenía en su haber salvavidas para los bancos. El recelo provenía de otros sectores; asociaciones de barrio, sindicalistas o militantes de toda la vida desconfiaban de que la New Left española pudiese traer un cambio real más allá de desmovilizar las calles.

En un primer momento, parecía que aquellos jóvenes que se habían juntado en una plaza para protestar contra esa suerte de sistema canovista en la que España se encontraba inmersa venían a “asaltar los cielos”. Visto con perspectiva, sabemos que uno (o el principal) de los problemas era saber qué rechazaban (el neoliberalismo, el Régimen del 78 o los desahucios) pero no tenían claro qué construir.

Finalmente, la formación morada se ha consolidado como pata izquierda del PSOE y, por tanto, de ese Régimen del 78 que tanto rechazaban. Esto se confirma cuando atendemos a cómo obran en un aspecto tan básico de su formación como es el republicanismo. En 2014, momento de la abdicación de Juan Carlos I, participaron en concentraciones masivas que hicieron pasar sus peores días a la Casa Real. Ahora encontramos aplausos y alabanzas al rey, además de una especie de pique con la derecha por ver si este elemento reaccionario es más o menos progresista.

Uno de los ministerios que resultaba más esperanzados para el ala izquierda del partido era el de Consumo, liderado por Alberto Garzón. El autor del libro Por qué soy comunista se ha mostrado demasiado tibio con el que era el buque insignia de sus responsabilidades: la lucha contra las casas de apuestas. De “acabar con ellas” a limitar los bonos de dinero gratis que ofrecen y la publicidad (excepto de madrugada y, lo que es más grave, en los partidos de máxima audiencia). Encontramos en las medidas de este nuevo gobierno un quiero y no puedo.  No puedo porque la oligarquía no me deja, aunque en ciertas ocasiones da la sensación de que tampoco existe esa voluntad real, ese quiero.

Izquierda Unida se mantiene en una deriva de la que parece imposible que salga y, por su parte, el PCE aparece en una esquina y sin quejarse mucho. Con sus juventudes descontentas y una relevancia prácticamente nula en el ejecutivo, el histórico partido cada día se aleja más de lo que en tiempos fue.

Sin embargo, cabe preguntarse cuál es la alternativa que tienen estas formaciones. La salida de Anticapitalistas de UP (adelantando por la izquierda al citado PCE) deja al sector trotskista en un momento de incertidumbre. Momento que sería muy semejante al que vivirían IU y PCE, si, por el motivo que fuera, decidieran abandonar Unidas Podemos: irrelevancia en lo político (poca representación parlamentaria cabría esperar que consiguieran) y una nula capacidad para atraer a sectores de izquierdas hacia su proyecto.

En estos días difíciles que vienen, con la izquierda alternativa cada vez menos alternativa, parece quedar como única salida continuar con la lucha social en todos los espacios posibles; centros de estudio, de trabajo y barrios. Un ejemplo al que mirar lo encontramos en la huelga que tuvo lugar el pasado 30E en Euskal Herria. En dicha jornada, aun con UP y los principales sindicatos (CCOO y UGT) en contra, el resultado del paro fue un éxito. Tal y como ha sucedido en Francia desde la irrupción de los Chalecos Amarillos, la huelga fue gestada de abajo arriba, con apoyo de pensionistas, organizaciones barriales y el movimiento feminista y ecologista.

Ante este tibio gobierno formado por la vieja y la nueva socialdemocracia, organización y movilización por que nos merecemos más de las migajas que nos dan. Ante la falta de un proyecto sólido, trabajo y concienciación. Pero ante todo, continuar la lucha.

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