Cuando los pueblos se sublevan ante la injusticia

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Por Natasha Kolar @natachakolar

Cuando los pueblos se sublevan ante la injusticia, el poder no dialoga: saca a sus perros a reprimir. Su objetivo no es resolver la causa del dolor, sino sofocar la ira y eliminar la rabia antes de que contagie al resto.

A lo largo de la historia, la respuesta del opresor ha sido la misma: blindar los privilegios con uniformes, gases y porras. Ve en el clamor popular una amenaza a su estatus y opera bajo una premisa implacable: el miedo debe cambiar de bando. Por eso, cuando la dignidad desborda las calles, la maquinaria del Estado responde con violencia, intentando ahogar en sangre y sumisión lo que nació como grito legítimo de libertad.

Pero la historia también demuestra que la fuerza bruta puede despejar una plaza, pero jamás extirpar una convicción. La rabia que nace de la injusticia no se destruye: se acumula.

La ola de protestas juveniles que recorre Europa no es una coincidencia ni un estallido espontáneo. Es la respuesta a una ecuación que la juventud ha entendido perfectamente: mientras los presupuestos de defensa se disparan, la educación se deteriora, la vivienda se vuelve inalcanzable y el mercado laboral ofrece precariedad.

Los jóvenes no protestan solo por el estado de sus escuelas. Protestan porque sienten que su futuro ha sido hipotecado para financiar armas.

Lo que comenzó en septiembre como una protesta estudiantil de secundaria en los suburbios de París —por falta de profesores, aulas masificadas, edificios en ruinas y malas condiciones— se ha convertido en un movimiento que, en poco tiempo y a pesar del silencio mediático —o al menos del intento de ocultar su magnitud—, ha logrado atravesar fronteras.

La chispa se extendió con rapidez. Bélgica, Italia y Portugal fueron los siguientes en escuchar el clamor y decidir sumarse al descontento.

En Italia, bajo el lema No Meloni Day, decenas de miles marcharon en Roma, Milán, Bolonia y Turín con una consigna que los medios hegemónicos evitan nombrar: «Queremos más aulas, no más bombas».

En Portugal, siguiendo el ejemplo de España, el alto precio de los alquileres y la imposibilidad de acceder a una vivienda digna, sumado al negocio de los fondos buitre que dejan al final familias enteras en la calle, se suman a las protestas que toman las calles y exigen a los gobiernos un cambio de rumbo en sus políticas opresivas y de recortes.

Al mismo tiempo, en Alemania, los jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años protestan contra el posible retorno del Servicio Militar Obligatorio y contra el rearme al que se está abocando toda la Unión Europea.

No se podría hablar de un movimiento coordinado, pero comparte una gramática común: una desconfianza profunda hacia las instituciones que deberían representarlos. Y, ante todo, un eje firme y muy consciente: un «No a la guerra».

La percepción de que el dinero se dirige prioritariamente a la guerra no es una exageración ni un dato inventado. Es una lectura clara de los presupuestos. El plan ReArm Europe y el objetivo de la OTAN de destinar hasta el 5 % del PIB a gasto militar para 2035 han introducido una competencia directa por los recursos públicos en un contexto de austeridad.

Un elemento que ha exacerbado la indignación es la dureza de la respuesta policial. Ante esta represión desproporcionada, los manifestantes no solo no se han desmoralizado, sino que han reforzado su narrativa y su lucha. Si el Estado responde con gases y detenciones a quienes piden aulas en lugar de bombas, la conclusión que extraen es que este sistema no está ni diseñado ni dispuesto a escuchar sus reivindicaciones.

Lo que distingue esta ola de protestas de otras anteriores es la ausencia de una demanda única y negociable. No solo piden más profesores o matrículas más bajas. Cuestionan un modelo de sociedad que, según su experiencia, les ofrece precariedad laboral, vivienda inasequible y la perspectiva de ser enviados a una guerra que no han elegido.

Su protesta es, en cierto modo, un intento desesperado de hacerse visibles antes de que su futuro se cierre definitivamente. La juventud europea no está pidiendo un futuro perfecto. Está pidiendo que se le permita tener uno.

Y mientras los presupuestos se inclinen hacia el rearme y la austeridad, mientras las escuelas se caigan y los alquileres devoren los salarios, mientras la respuesta del Estado sea la porra y la no negociación, las calles seguirán viviendo y en guerra. No porque los jóvenes quieran protestar, sino porque no tienen otro lugar donde ir ni otro futuro que soñar.

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