La NASA, Paulo Coelho y las galletitas chinas

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Por Paz Galache Payá

Hace poco me fijé en una mural que adorna una de las paredes de un centro educativo de mi ciudad: «Aerodinámicamente el cuerpo de una abeja no está hecho para volar; lo bueno es que la abeja no lo sabe». ¡Tamaña estupidez acientífica escrita en las paredes de un centro educativo!

Debo explicar que el centro en cuestión es una cooperativa de reconocida fama progresista, pionero hace años en coeducación, celebra los ochos de marzo, los veinticincos de noviembre, los días de la paz… y, recientemente, ha colgado una gran pancarta con los colores del arco iris y la palabra «identidades», aunque por lo que sé, nadie en el claustro docente o en el AMPA sabría explicar muy bien qué es eso. Pero queda muy moderno y sigue las pautas del acomodaticio buenismo imperante.

Cuando pregunté a un grupo de padres y madres de los más participativos en la educación de sus hijas e hijos por la pintada, me aseguraron que estaba copiada de un cartel de la NASA. ¡Nada menos que de la NASA! Claro está que se trata de un bulo que corre desde hace tiempo. La NASA no ha dicho nada al respecto y, si el cuerpo de las abejas no cumpliera las leyes de la aerodinámica, la abeja no volaría, por mucho empeño que le pusiera. Es lo que tienen las leyes de la Física.

Cuando expliqué que era un bulo, inmediatamente me dijeron que era una frase motivacional para que nuestra tierna infancia supiera que con esfuerzo se puede llegar a ser todo lo que se quiera ser. ¡Todo lo que se quiera ser! Otra vez la alineación, o mejor alienación, con el empalagoso posmodernismo.

Recuerdo cuando hace unos años nos reíamos de las frases de Paulo Coelho. Una de ellas, por poner un ejemplo, dice: «Solo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar». Esto y lo de la abeja van a la par, aunque lo de la abeja resulta algo más simpático. ¡Si supera el señor Coelho la cantidad de sueños incumplidos que tengo! La República, la paz mundial, el fin de la violencia machista, el entierro del Patriarcado… A ver si voy a tener yo la culpa de que no se haya logrado nada de eso por mi miedo al fracaso…

Lo de Coelho es similar a aquellos papelitos doblados que salían en las galletitas chinas. Una galletita me dijo en su día: «Tienes el poder de lograr tus deseos. ¿Qué te lo impide?». ¡Eso! ¿Qué me lo impide? ¿El capitalismo? ¿La Iglesia? ¿Las relaciones geopolíticas mundiales? ¡Bah! Fruslerías. No me empeñé lo suficiente. ¡Menudas risas nos echábamos con las galletitas chinas! A menudo salía de ellas una gran sentencia de las que sí deberían haber pasado a la Historia. «La olla que se vigila nunca hierve», por ejemplo. 

Nadie se creía entonces que se podía lograr todo lo que se desease. Éramos plenamente conscientes de que nuestros deseos debían ajustarse a lo que era posible lograr. Lo contrario solo podía producirnos frustraciones. Las limitaciones materiales las teníamos perfectamente presentes y no por ello dejábamos de esforzarnos para lograr lo que sí teníamos a nuestro alcance. ¡Vaya! Ya salió la nostálgica abuelita recordando tiempos pasados. 

Resulta una paradoja que, justo cuando las corrientes educativas bascularon hacia una mayor permisividad en la adquisición de conocimientos y competencias por parte del alumnado, cuando la cultura del esfuerzo y el estudio riguroso para la obtención de buenos resultados académicos fue sustituida por nuevos métodos pedagógicos y tecnológicos para «aprender sin esfuerzo», cuando se ha instaurado lo de «aprender aprendiendo», el aprendizaje en microdosis para la obtención de resultados inmediatos que, sobre todo, requieran poco tiempo de atención, justo ahora, se les diga que «pueden llegar a ser lo que quieran ser». 

Y todo ese mensaje ha calado. Muchas personas han creído de verdad que todo está a su alcance. Cualquiera puede ser campeón olímpico de salto de altura, aunque mida metro y medio, cualquier mujer puede ser contralto aunque su voz sea de soprano y cualquier opinador de tres al cuarto sin ninguna formación puede ser sabio. Las niñas pueden ser niños, los hombres mujeres, los blancos negros, las personas animales y los capacitados discapacitados. Basta con sentirlo muy fuerte y quejarte de ser muy desgraciado si no lo consigues.

Según estas premisas, la realidad material no importa, ni nuestro físico, nuestra anatomía, nuestra fisiología, nuestras células… nada objetivable importa. Y, además, todo es cambiable, fluido, subjetivo. Una mañana me puedo levantar con un ataque de mujeridad y por la tarde sentir cómo se despierta el macho que llevo dentro. Puedo ser lo que quiera ser, señoras y señores, y que suene un redoble de tambores.

Y mientras tanto, las que nos reíamos de Coelho y los pastelitos chinos tenemos que aguantar a políticos y políticas, periodistas, influencers, youtubers…, gentes capaces de discutir con saña, descalificar, insultar y polarizar debates encarnizados cuando tratan asuntos «serios»; pero cuando hablan de sentires, identidades y delirios, se convierten en cándidos y mullidos corderitos, adalides de la tolerancia y la diversidad.

Y es que en determinados temas las opiniones no son válidas. La Ciencia no es opinable. No se puede opinar sobre la forma de la Tierra, la fuerza de la gravedad, la utilidad de las vacunas, la evolución de las especies o la reproducción sexual. Mientras que las opiniones se sostienen en convicciones personales, el conocimiento científico se apoya en observaciones sistemáticas, métodos de comprobación y en una comunidad que revisa y corrige sus propios hallazgos. La realidad material está sujeta a las leyes de la física y de la química y no se puede ser lo que se quiera ser, si se vulneran estas leyes.

Pero vivimos en una sociedad friendly en la que los deseos individuales se han convertido en ley, metafórica y literalmente hablando. La norma es que los individuos importan más que las sociedades. El sueño húmedo neoliberal de Margaret Thatcher hecho realidad. Prácticamente, solo quedamos las feministas viendo la verdad. Solo nosotras vemos al emperador desnudo y solo nosotras repetimos “eppure sono uomini” cuando vemos hombres disfrazados de mujeres. 

Antes que tragar con la norma, casi prefiero quedarme mirando la olla que nunca hierve.

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