El privilegio de explicar. Mansplaining y desigualdad de poder.

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Por María Loureiro (Profesora de Educación Secundaria e integrante de DoFemCo)

Hace unos días, en el programa La Roca de laSexta, el colaborador Berni Barrachina preguntó a Juan del Val si quería darle algún consejo a la ganadora del Premio Planeta 2026, Isabel Allende. Del Val le advirtió de que la promoción era intensa, como si una prestigiosa escritora de 84 años, con una trayectoria reconocida en todo el mundo y una amplísima obra traducida a decenas de idiomas, necesitara que un hombre le explicara lo que tiene por delante.

Por desgracia, es habitual escuchar consejos y explicaciones de este tipo. Una ingeniera muestra cómo funciona una máquina y un compañero la interrumpe para repetir lo mismo; una médica escucha cómo un paciente le explica la enfermedad que ella misma acaba de diagnosticar; una profesora soporta aclaraciones sobre la materia que lleva años investigando; una mujer relata una agresión machista y un hombre pretende explicarle lo que realmente ha vivido. En el trabajo, en la universidad, en las redes o en cualquier conversación, todos los días se repiten escenas como estas.

En los últimos años se ha hecho popular el término mansplaining, traducido al castellano como machoexplicación, para referirse a situaciones en las que algunos hombres se atribuyen el derecho a explicar, corregir o reinterpretar lo que decimos las mujeres, incluso cuando tenemos más conocimiento y experiencia. Ponerle nombre nos ayudó a reconocer un patrón que, como señaló Rebecca Solnit en Men Explain Things to Me (2008), va más allá de la arrogancia, el paternalismo o la mala educación de los hombres y revela que la autoridad se reparte de forma desigual entre los sexos.

Esta desigualdad se asimila socialmente y la escuela la reproduce a través del currículo oculto, cuando las niñas contienen su presencia y los niños ocupan más espacio y protagonismo. Lo que interiorizamos en la infancia persiste en la vida adulta. Los varones dominan la conversación, interrumpen más a menudo y de manera más intrusiva, y acaban atribuyéndose la autoridad.

La palabra de las mujeres, en cambio, se desautoriza por sistema. Tener que demostrar una y otra vez que sabemos de lo que hablamos también afecta a cómo participamos. Incluso mujeres con una competencia más que demostrada acaban dudando de su propia valía. El conocido «fenómeno de la impostora», que a menudo se interpreta como una inseguridad personal, tiene un origen social.

Los efectos trascienden el trato cotidiano. A las mujeres nos cuesta que nos crean cuando denunciamos violencia; encontramos más obstáculos para acceder a los puestos de responsabilidad; las publicaciones científicas firmadas por mujeres reciben menos citas que las firmadas por hombres; en el trabajo nos ignoran en las reuniones, cuestionan nuestra competencia y acabamos relegadas a tareas secundarias. Ni siquiera una sólida preparación nos libra de ello. Cuando señalamos estas situaciones, nuestras quejas se descartan o se minimizan sin más. Hasta la denuncia de la desautorización se desautoriza.

Todo esto tiene consecuencias políticas. Desautorizar el conocimiento y la experiencia de las mujeres nos excluye de la toma de decisiones, a pesar de que somos la mitad de la población, y deja a la sociedad peor preparada para responder a sus problemas.

Toca desmantelar esa autoridad masculina que se da por supuesta. En lo cotidiano, devolver a las mujeres la palabra arrebatada en cada interrupción y frenar las explicaciones que nadie pidió; en la educación, eliminar el androcentrismo curricular y garantizar que chicas y chicos participen por igual; en el ámbito profesional, reconocer el mérito de las mujeres, corregir los sesgos de citación y autoría y romper los techos de cristal; en las instituciones, revisar cómo se elige a las personas expertas y quién toma las decisiones públicas; y en los medios, dejar de pedirles a los hombres que expliquen cosas a mujeres con más conocimiento y experiencia que ellos.

Cada vez que un hombre explica algo a una mujer de forma condescendiente, no solo está hablando; está ejerciendo poder. Intervenir en esas situaciones repara injusticias puntuales, pero acabar con la desigualdad de poder exige disputarles a los hombres el privilegio de imponer su interpretación del mundo como la más legítima.

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