Iuliia Mendel y el suicidio de Ucrania
Con motivo de la entrevista realizada a Iuliia Mendel en el canal de Daniel Davis, y aprovechando que su testimonio no es susceptible de categorizarse en ese constructo rusófobo que es tachar de putinista a cualquiera que trata de hablar sobre la operación especial rusa lejos de la propaganda de la Unión Europea, aprovecho para reseñar a la exsecretaria de prensa y la persecución que ha sufrido por parte de Zelenski, las dificultades que le pusieron para hablar en el Europarlamento y el retrato que esta hace sobre el estado de Ucrania lejos de la propaganda europea.
No estamos hablando de una voz anónima, ni de un analista de youtube, ni de alguien que se limite a repetir consignas desde la lejanía. Estamos hablando de la que fue la propia secretaria de prensa de Volodímir Zelenski. Iuliia Mendel conoce las entrañas del régimen de Kiev porque estuvo ahí, trabajando codo con codo con el presidente, viendo cómo se cocinaban las decisiones. Y precisamente por eso, por conocer al monstruo desde dentro, es por lo que hoy la maquinaria mediática y política intenta silenciarla a toda costa. Cuando alguien que ha formado parte del núcleo duro del gobierno ucraniano sale a decir, con todas las letras, que la estrategia de Zelenski es un “suicidio nacional”, deberían saltar todas las alarmas en Bruselas. Pero no. Aquí se prefiere mirar hacia otro lado, taparse los oídos y seguir mandando cheques en blanco.
Lo que cuenta Mendel en su conversación con Davis es un baño de realidad que desmonta, paso a paso, el relato de heroicidad inquebrantable que nos venden a diario en los telediarios. La Ucrania real, la que no sale en las ruedas de prensa de la OTAN, es un país desangrado y al borde de la extinción demográfica. Mendel arroja cifras que hielan la sangre: de los 52 millones de habitantes que tenían en 1991, hoy apenas llegan a los 20 millones. Hablamos de un país donde hay cuatro muertes por cada nacimiento. El 42% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y la infraestructura básica está en ruinas. Esta es la cara de la guerra que los medios nunca te van a contar.

Pero lo más indignante, lo que demuestra la podredumbre absoluta del sistema de Kiev, es la corrupción sistémica en torno a la movilización forzosa. Mendel denuncia que solo entre el 2% y el 3% de los hombres cazados en las calles por las levas acaban yendo realmente al frente. El resto paga sobornos que oscilan entre los 5.000 y los 30.000 dólares para escapar. Estamos hablando de un negocio opaco de 5.000 millones de dólares al año que engorda los bolsillos de la élite de Kiev, mientras mandan a chavales sin preparación, y a veces sin agua ni uniformes, a servir a la picadora de carne. Y mientras esto ocurre, los voluntarios tienen que ir casa por casa pidiendo limosna para que los soldados tengan algo que beber.
¿Y qué hace Zelenski cuando una excolaboradora suya denuncia este desastre? ¿Abrir un debate? ¿Reconocer los errores? Por supuesto que no. El régimen “democrático” de Kiev ha optado por la represión más pura y dura. A Mendel, por atreverse a salir en medios internacionales pidiendo la paz y la supervivencia de su pueblo, Zelenski le ha impuesto sanciones personales. Sí, habéis leído bien. Sanciones a una ciudadana ucraniana por parte de su propio presidente. Una medida totalmente inconstitucional con la que le han bloqueado las cuentas bancarias y le han cerrado cualquier vía para operar financieramente en su país. Han intentado incluso que Meta y X le bloqueen sus redes sociales para que los propios ucranianos no puedan escuchar una voz disidente. La acusan de traición, un delito que bajo la ley marcial se paga con cadena perpetua. Mientras él se esconde en un búnker a 95 metros bajo tierra, rodeado de cien guardaespaldas, su gobierno persigue a cualquiera que ose pronunciar la palabra “paz”, tachándolos automáticamente de prorrusos o, la nueva excusa de moda en la oficina presidencial, de ser “agentes de Trump”.
Y si la censura en Kiev es feroz, lo ocurrido en el Parlamento Europeo es la guinda al pastel de la hipocresía occidental. El pasado 16 de septiembre, Mendel estaba invitada a hablar en la Eurocámara para explicar por qué Ucrania necesita, urgentemente, sentarse a negociar. ¿Qué hizo Zelenski? Llamar personalmente a Roberta Metsola, la presidenta del Parlamento Europeo, para vetarla. El día de la charla, la seguridad de la Eurocámara le arrebató la acreditación en el último minuto, tratándola poco menos que como a una terrorista, rodeada de guardias. Le prohibieron usar los sistemas de traducción oficial de la institución y tuvieron que ser los miembros de Alternativa para Alemania (AfD) los que la conectaran por Zoom para que su discurso pudiera, por fin, escucharse.
Esta es la “democracia” que defiende la Unión Europea: vetar a una ucraniana que suplica por la supervivencia de su pueblo porque sus palabras no encajan con la agenda belicista de Bruselas. Da igual que políticos como Friedrich Merz viajen a Kiev en plena campaña de bombardeos para soltar discursos de ciencia ficción y hacerse la foto. A los líderes europeos y a la élite anglosajona (como esa Liz Truss que confesó sin rubor que el objetivo era alargar el conflicto para “desgastar” a Rusia) les importa un bledo el pueblo ucraniano. Ucrania es solo un tablero, un peón sacrificable en su juego geopolítico.
Escuchar a Iuliia Mendel es asomarse a la tragedia real de un país abocado al abismo por la cabezonería de un presidente que ha convertido la escalada en su única tabla de salvación política. La idea de que la OTAN ha muerto en Ucrania, y la neutralidad se perfila como la única salida para que el país no desaparezca del mapa. Mientras desde las instituciones europeas se siga alimentando el fuego de un estado fallido y se persiga a quienes piden cordura, la única certeza es que de Ucrania pronto no quedará ni el recuerdo. Pero aunque lo traten de ocultar con propaganda, nadie podrá decir que no les avisaron de lo que realmente estaba pasando.








