Por Pilar Aguilar Carrasco (presidenta del Partido Feministas al Congreso PFAC)
En 1931, en las Cortes Constituyentes, Clara Campoamor defendió el derecho al voto de las mujeres. Victoria Kent dio voz a quienes, desde la izquierda, rechazaban la propuesta de ley. Se oponían asegurando que sí, que era justo, pero que no, que en ese momento no era posible. Alegaban que el voto femenino daría el triunfo a la derecha puesto que las mujeres carecían de experiencia política y estaban influenciadas por la iglesia y demás fuerzas retrógradas. Según ellos, supondría, pues, una catástrofe que pondría en peligro los logros alcanzados (reforma agraria, laicidad del Estado, fuerte impulso a la educación pública). En definitiva: aprobar el sufragio femenino equivalía a firmar una sentencia de muerte para las fuerzas progresistas.
Lo curioso es que quienes nos negaban el sufragio porque consideraban que “lamentablemente” las mujeres estábamos muy condicionadas por la ideología reaccionaria, no exigían, sin embargo, que se quitara el derecho al voto a quienes eran la fuente y el origen de las doctrinas retrógradas: curas, monjes, burgueses y a demás ralea. Si ellos eran los difusores, los que aleccionaban, entonces ¿por qué ellos sí podían votar y nosotras -las supuestas dóciles discípulas- no?
Pues 95 años más tarde seguimos con los mismos argumentarios, a saber:
1. “Lo nuestro” nunca es lo prioritario. Es justo, pero no prioritario. Bueno, y lo de justo está por ver, según para quién y para qué. Para todos los partidos del arco parlamentario que se consideran progresistas, si “lo nuestro” es defender que Samantha, Elisabeth, Karla, la otra Carla, Jedet, Abril o Francisco, Alex, Ilia, Emma Colao son mujeres porque así lo sienten, es justísimo. Pero, exigir que en los centros de enseñanza se eduque en igualdad, que se ponga coto a la pornografía, que se abola la prostitución, que se tomen medidas contundentes para acabar con los feminicidios (67 ya, cuando escribo estas líneas) y la explotación reproductiva, que se actúe para que el trabajo precario, el paro, la pobreza no recaigan mayoritariamente en las mujeres, eso es una exageración (o no lo es, pero ahora hay otras prioridades). Dicen que quienes sí consideramos prioritarias esas reivindicaciones estamos facilitando el triunfo de la derecha ¿Os suena?
2. Porque, ante un peligro, no se ataca la causa, sino que se exige que las mujeres no provoquen “al maligno”. Por eso, en el 31, no vetaron el sufragio del clero, vetaron el de las mujeres. Actualmente, siguen en lo mismo y, por ejemplo, ante la violación, sueltan: “No vayas sola, no te vistas provocativa, no bebas”, porque ¿a ellos como les vamos a impedir que vivan su vida como les dé la gana? De igual manera, a quienes durante 8 años se han dedicado a minar el movimiento feminista, a pervertir el contenido de nuestra agenda, a paralizar nuestras demandas ¿qué cuentas les pedimos? Para muchos la respuesta está clara: “Ninguna, todo divino”. Otras no pueden negar la realidad, pero dicen: “Lleváis razón (al menos en parte). Con todo, aunque ellos son los responsables de lo que han hecho y lo que no han hecho durante estos 8 años, tenemos que votarlos para evitar un mal mayor”.
Esas personas, de haber vivido en 1931, habrían sido seguidoras de Victoria Kent. Ya sé que alegarán: “Bueno, quienes entonces negaban el voto a las mujeres, so pretexto de que las consecuencias serían catastróficas, no tenían razón (aunque, en efecto, la derecha ganó las siguientes elecciones, sin que se pueda saber si fue por “culpa” de las mujeres) pero quienes ahora nos negamos a priorizar y defender la agenda feminista alegando lo mismo, sí la tenemos”. Pues no: estáis en la parte retrograda de la historia. Y, lamentablemente no es consuelo saber que, dentro de 95 años, vuestros – y sobre todo vuestras- descendientes verán claramente que la opción adecuada nunca es la de achantarse y someterse sino la de exigir y pelear por lo legítimo.
Con todo, a pesar de aquel “fuego amigo”, en el 31 triunfó la justicia y se logró el voto para las mujeres. Y pensemos ¿cómo fue posible? Pues porque había una diputada que lo defendió. Una, solo una, pero una sola voz, si es valiente, decidida y está cargada de razón, más pronto o más tarde se abre paso.
Pero hay quien, olvidando el legado de Clara Campoamor, nos dice a nosotras, a PFAC: “Vuestro objetivo es casi imposible de lograr y, en el mejor de los casos, sacaríais una diputada y una diputada ¿para qué sirve?”.
Pues ya veis para qué sirvió aquella única diputada. Nosotras quizá no estemos tan capacitadas como lo estaba Clara Campoamor, pero sí somos tan valientes como ella.








