Ya no quedan más ovarios

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Por Reis A. Peláez (PFAC-Asturies, Bruxabona)

Esto es un artículo con banda sonora, porque, como tengo muchos años y un oscuro pasado de tierno olor punky, llevo varios días con el soniquete en mi cabeza de los malogrados Eskorbuto, cuando nos convencían de la necesidad de que ellos estuvieran el Parlamento; de ahí el título de este articulo, como homenaje a los santurtziarrak. Para más información, escuchen a Eskorbuto, es más, no dejen de escuchar a Eskorbuto, es necesario siempre.

Cuando el punk de aquí clamaba por más justicia social teníamos el hediondo pasado fascista apestándonos aún demasiado cerca y sus vestigios aún se hacían notar en aquellas épocas de transiciones que no tuvieron nada de pacíficas. Casi 50 años después nos encontramos con una caricatura de aquella época: jóvenes desmemoriados cuyos padres no vivieron la dictadura se afanan en romantizar la barbarie y llenar nuestros miedos de nostalgia ultraderechista, mientras el mercado nos somete nuevamente a brechas sociales insostenibles y un neoliberalismo extremo que condena al sinhogarismo a ancianas en los últimos instantes de sus vidas. Y, por supuesto, todo esto flota en el pestilente caldo del patriarcado con sus mínimas heridas cicatrizando sin problema y dejando sus centenares de víctimas en un sordo ginocidio incansable y continuo.

Y en este circo sin pan ni fútbol se convocan elecciones generales anticipadas para el próximo 25 N y al pueblo le toca decidir en las urnas cómo quiere que sean los próximos 4 años. Le toca decidir si quiere un gobierno de pseudo izquierda que haga políticas neoliberales, proponga pactos de estado contra la violencia machista, cuyos centenares de millones se pierdan en chorradas vergonzosas por un planteamiento municipalista que mata todo proyecto antes de nacer, que apruebe leyes que saque a los violadores de presidio a la calle, que no toque una Ley de Medidas Integrales contra la Violencia de Género que ya ni siquiera se ajusta al Protocolo de Estambul, del que somos firmantes, venda un progresismo a la juventud fundado en un pensamiento mágico terraplanista más difícil de creer que la existencia del Olimpo… Y podría seguir durante líneas y líneas. También puede el pueblo elegir, no lo podemos negar, cuatro años de pérdida de derechos sin precedentes, donde la ventana de Overton se abra hasta poner en duda el voto de la mujer, con una privatización absoluta de los pocos servicios públicos que aún nos quedan en funcionamiento y un aumento (si cabe) de la brecha social. 

Y he aquí que, ante esta segunda posibilidad, el neoliberalismo disfrazado de modernidad nos amenaza desde su trono para que sigamos confiando en sus políticas devastadoras. Lo que este progresismo de pandereta y sacristía no cuenta es todo lo que ha tenido que ver en que haya una parte amplia de nuestra juventud que, redes sociales y tecnologías mediante, haya caído en la telaraña filofascista. Quizá si a mí, cuando tenía 14 o 15 años me dicen que para ser moderna tengo que ser antipunitivista y pensar en que los pobres violadores tienen familia y amigos que los quieren y, además, eso me lo dice un varón con rasgos sexuales primarios masculinos al que tengo que llamar mujer porque se maquilla, también me habría atraído lo más rancio y conservador que tuviera a mi alcance. Si no puedo permitirme ni salir a cenar un día con mis amigas porque en pagar mi vivienda se me va la mayor parte de mi sueldo o tengo que aguantar al maltratador con el que vivo, porque con únicamente con mi sueldo tendría que vivir en la calle… es muy fácil que cuando llegue el día de las elecciones prefiera quedarme en mi casa llorando. 

El votante de izquierda no vota, señoras y señores. Esa es la razón por la que la derecha esquinada en su lado más extremo está llegando como Atila: porque porque la izquierda lleva haciendo políticas neoliberales y antifeministas que descolocan a media población que prefiere quedarse en sus casas en vez de ir a votar. Por otra parte, seguir votando a los mismos es consagrar el futuro sin referentes transgresores para una juventud cada vez más perdida.

Por todo esto hay que decirlo alto y claro: no, el voto de la izquierda no se divide si todas las personas con las ideas claras confían en el feminismo como la única fuerza que puede realmente invertir la situación. Si todas esas personas que se quedarían en sus casas el 29 N ante las dos únicas opciones antes expuestas votaran feminismo, quizá se oyera la voz del cambio en el Congreso y por fin se pudieran dar los primeros pasos para frenar esta suerte de esperpento valle-inclaniano de sociedad capitalista que nos esta tocando vivir. Si todas las mujeres que gritan en cada convocatoria feminista por el abolicionismo, votaran las opciones políticas que realmente traerán la abolición de violencias patriarcales aceptadas como la pornografía, la prostitución, la compra-venta de óvulos y bebés y el género votaran el único partido que tiene como eje vertebrador la agenda femimista, el patriarcado temblaría en este país como nunca lo ha hecho.

El Partido Feministas Al Congreso (PFAC) puede ser una esperanza si se nos permite. Ahora estamos en plena campaña de recogida de firmas. Ojalá en unas semanas estemos en campaña electoral.

Nos vemos en las urnas.

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