Por Nuria Coronado Sopeña
A menos de 17 kilómetros de la Puerta del Sol de Madrid, la industria de la explotación sexual hace caja a costa de la violencia machista de mujeres pobres, engañadas o sin recursos. Tanto de día como de noche llegan al Polígono Industrial del distrito de Villaverde, cerca de los barrios de San Andrés y Villaverde Alto, cientos de puteros. A ellos les da igual el calor asfixiante del verano o las condiciones en las que las prostituidas se encuentran. Sus deseos están por encima de los derechos de cada una de las víctimas a las que abusan, esclavizan y torturan.
Este negocio vil, que borra los sueños de las mujeres, jóvenes y menores de las que se nutre, y que lejos de desaparecer se reinventa, es contra el que lucha desde hace más de quince años Amar Dragosté, la asociación que además de soñar con la quimera hermosa, justa y democrática de abolir la prostitución, trabaja los 365 días, las 24 horas para ello.
Y es que para esta oenegé “la prostitución es la degradación máxima y el ejercicio de violencia sobre la mujer con un billete de por medio”.Por eso en sus dos centros de la Comunidad de Madrid (situados en Getafe y Alcorcón) cada día se empeñan en llevar a cabo una estrategia de intervención sostenible e integral para la recuperación e inserción social de las supervivientes, así como para la prevención de la explotación y de la demanda de prostitución y pornografía.
Una labor que en parte hacen desplazándose con sus unidades móviles por los focos en los que están los prostituidores. Uno de ellos es el de los polígonos industriales. En furgonetas discretas sus equipos de cuatro mujeres compuestos por mediadoras, psicólogas sociales y voluntarias cargan mucho más que comida, bebida, productos sanitarios o regalos para las prostituidas.
Los chalecos con los que bajan puestos cada una de las trabajadoras de Amar Dragosté, son un desafío al sistema, a la cultura putera que vende la propaganda de Pretty Woman y a la tarifa plana de poder de los hombres. Ellas son un salvavidas para todas y cada una de las mujeres a las que atienden y a las que se acercan con un respeto y un cariño infinito.
Desde 2010, fecha en la que dicha asociación abolicionista comenzó a trabajar, han detectado y dado información sobre derechos y recursos a 9.185 mujeres. Además, otras 1.190 han sido atendidas en los Servicios de Información y Orientación (SIO) de que disponen y 28.732 personas han sido sensibilizadas en charlas de concienciación. En los Polígonos de Marconi y La Cantueña por salida atienden una media de 35 o 40 mujeres. Una cuenta que es aún mayor al juntar a las mujeres prostituidas que están por la mañana, tarde y noche. Llegan a atender a casi 100 mujeres con cada operativo.
Las calles de la vergüenza
A las ocho de la tarde, cuando la ola de calor asfixia y las familias se disponen a cenar o a ver la televisión, Marconi o La Cantueña (Fuenlabrada), son el espejo de la vergüenza absoluta y de la degradación de un mundo en el que puteros y proxenetas se mueven con total libertad. Allí los victimarios (jóvenes, viejos, de mediana edad, gordos, calvos, guapos, delgados, sucios, limpios, españoles y extranjeros), llegan, escogen, se bajan la bragueta, se corren, pagan y tras unos 10 o 15 minutos de lo que llaman sexo en lugar de violación, vuelven a su casa como el que ha ido a hacer un recado cualquiera.
En ambos polígonos el tránsito de violadores previo pago es incesante. A pie, ya que cerca hay parada de bus y metro, en moto, en patinete, en bicicleta, en coche (de lujo, último modelo o de los que se caen a trozos y están llenos de suciedad), en camionetas o en camiones llegan y dan rienda suelta a sus demandas. En este ejército de maltratadores tampoco faltan los mirones.
Unos y otros someten a una insoportable deshumanización a las mujeres. Ellas, la gran mayoría extranjeras (colombianas, paraguayas, venezolanas, rumanas, marroquíes, brasileñas, camerunesas…) y de todas las edades y apariencias son sometidas, en mitad de la calle a la degradación más absoluta.
“¡Nadie sabe lo que es esto!”, dice María, una colombiana que después de salir de trabajar casi 9 horas de una residencia de personas mayores, va con su coche a La Cantueña y espera la llegada de alguno. Con una voz baja y dulce y los ojos vidriosos habla de la revictimización de ser prostituida. “¿Cómo pueden opinar de la vida de una? ¡Nadie conoce lo que es aguantar esto!”, recalca. “Ellos salen de casa y se vienen a follar a la calle. ¡Si se supiera lo que es esto! ¡Todo lo malo que hay que aguantar!”.
Porque todas conviven con la sombra del miedo. “¡Me han pasado muchas cosas! ¡Ha habido una temporada en que no hacían más que aparecer locos! Me llegaron a dañar el coche. Estas calles me han enseñado cómo está la cabeza de los hombres. ¡Están totalmente desquiciados! ¡Me pongo a pensar qué lástima las mujeres que tienen en sus hogares a estos que vienen aquí y se desatan! ¡Ellas no saben el hombre que tienen y lo que es capaz de hacernos!”, dice esta madre de un adolescente al que saca adelante. “¡Todo lo que he tenido que padecer! ¡Me han llegado a pasar cosas tan feas! Aquí, aunque yo no lo permito y digo no, las mujeres tenemos que dejarnos hacer, ponernos sumisas. Aquí los hombres solo se aprovechan de nosotras”, añade.
Y es que María -a la que Amar Dragosté llevaba tiempo sin ver- ha tenido que volver al borde de la carretera porque la vida le ha vuelto a poner en un precipicio. “Ya no me quedaba dinero para subsistir. He tirado de ahorros, pero con todo cada vez más caro es imposible salir adelante. Me da pena volver, deseaba poner en marcha mi negocio y salir de todo esto, pero ¿qué puedo hacer? ¿cómo me mantengo? ¡Es imposible!”.
Su pesar y su drama trata de compensarlo Martina, responsable de la Unidad Móvil, con la escucha, el ánimo y el cariño. “Ser escuchadas es muy importante para ellas, les ayuda, aunque sea a contarlo, a sacarlo. Todas las mujeres están rotas mental y psíquicamente. Tratamos de acercarnos a ellas, de que nos conozcan y cojan confianza para así lograr que alguna, además de tener nuestra asistencia jurídica, psicológica pueda dar el paso de salir y empezar una nueva vida”, dice.
La rueda que no cesa
Y mientras María, comenta que “esta no tiene nada ni de vida, ni de fácil porque muchas mujeres acaban drogadas, alcoholizadas para soportarla u odiando a los hombres y en todo caso bien no terminas”, un putero pasa varias veces con su mini eléctrico último modelo. Él bien fresco con su aire acondicionado, bien vestido y peinado, la observa. Una vez que nos hemos ido vuelve a pasar a su lado, baja la ventanilla de copiloto, pregunta y aparca a su lado. En la misma calle, un poco más atrás, un camionero con un imponente camión blanco y las luces encendidas a pesar de que hay luz, sube a su cabina a otra mujer.
Al lado de esta colombiana, Esperanza, una paraguaya de 42 años sueña con regresar en octubre a su país para siempre. “Ni siquiera he querido aprovechar la oportunidad de nacionalizarme que acaba de salir”. ¿Y cómo no?, le pregunta Martina de Amar Dragosté. “¡Con la de años que llevas aquí, así tendrías papeles y otras posibilidades!”. Ella responde que su padre ya mayor le ha pedido que vuelva. “Estoy muy cansada. Llevo 20 años acá y solo quiero quedarme tranquila y disfrutar de mi gatito. Solo deseo descansar por fin. Solo quiero vivir. Yo allá, con lo que he ganado aquí, tengo mi tierrita, mi familia y ahora construiré una casita y viviré de alquilar habitaciones. Renovar los papeles habría sido quedarme en esta vida”.
Mientras junta 400 euros para el billete de vuelta, Esperanza relata que ha encontrado al amor de su vida. “Desde hace cuatro meses mi gatito me da todo el cariño que no me ha dado nadie en la vida que llevo aquí. ¡Lo miro y es tan lindo!”, dice enternecida y emocionada. Desde que se ocupa de él solo quiere unos zarpazos: “los que me hace mi gatito jugando. Ya tuve bastante con los 10 años de maltrato con un colombiano que creció en Colombia y se vino aquí a vivir. Nunca estuve sola y ahora me doy cuenta de que me olvidé de quien soy yo. De encontrarme conmigo. Llevo seis meses limpia de droga y quiero seguir así”, relata.
Antes de que Amar Dragosté le ofrezca de nuevo el apoyo psicológico y los recursos de que disponen hasta su partida, y nos despidamos de ella, un putero de unos 30 años, con un conjunto de baloncesto verde, y que parece tener alguna discapacidad, pasa andando varias veces como haciéndose el despistado. Una vez que le damos a Esperanza un kit de preservativos, toallitas y pañuelos, y bebidas con la que soportar el horrible calor, el que hacía como que miraba el móvil, acaba llevándosela a pie, a otra calle.
La pobreza siempre
Si el Polígono de La Cantueña huele mal, no solo por la enorme papelera y los humos de sus chimeneas, o por la suciedad de las calles, sino por el incesante tránsito de puteros de todo pelaje, llegar a Marconi es aún peor. El tráfico de maltratadores es incesante. Allí decenas de mujeres (tanto recién llegadas, las “chicas nuevas”, como las que llevan yendo meses e incluso años) están expuestas las 24 horas del día al peligro y la violencia de cada hombre que sabe dónde encontrar su mercancía.
Nada más entrar Verónica, una colombiana de 32 años, y con olor a colonia de talco de bebé, espera en la carretera a que algún prostituidor la suba a su coche. “Llevo 15 días. No tengo papeles. Vine el año pasado y este año me quedo los tres meses permitidos y me vuelvo. Allá tengo una niña de 17 años y un niño de año y medio a los que tengo que sacar adelante”, relata. Esta segunda vez no ha venido sola. “Una amiga a la que le advertí lo que venía a hacer también ha querido acompañarme”, cuenta. Y mientras lo dice un camionero de unos 50 años pita y nos mira desafiante y de forma lasciva desde lo alto de su cabina. “Del año pasado a este el polígono ha bajado económicamente para las mujeres. Hay más amontonadas. Estamos arrinconadas, es más sofocante estar así”.
En el rito puteril de Marconi hay hombres que no tienen suficiente con maltratar y violar previo pago a las mujeres. Juegan con ellas a quitarse o a romperse el condón. “La semana pasada me pasó tres días seguidos”, dice Marlén, una venezolana que está prostituida con su hermana. “Tres se vinieron dentro y se les rompió el condón. El susto fue enorme”. Otra colombiana, en otra calle y otro día, nos relata como ya tiene detectado “a un tipo pequeño que rompe la puntita del condón para correrse dentro. Viene siempre por la noche porque en la oscuridad, aunque estoy pendiente, se maneja para romperlo. ¡Hijo de putero! Yo me he asustado al llegar a casa y olerme a semen. He ido rápido a hacerme exámenes para que no me haya pegado nada. Con él ya no quiero nada y he avisado a otras compañeras para que lo sepan”, resalta.
El mismo peligro nos lo relata Lizbeth, otra colombiana, que dibuja una sonrisa y dice “que está todo bien” y pregunta por las pastillas nuevas contra las enfermedades de transmisión sexual. “La semana pasada se me rompieron varios preservativos y quedé con la preocupación”. Un desasosiego que se une al dolor inmenso que carga y que no puede olvidar. “Se me murieron mis dos hijos. Estoy que no me aguanto. Fumo cajetillas de tabaco sin parar, no puedo dormir, voy a ver a la psicóloga desde abril. Yo sé que tengo que tirar para adelante y salir del ambiente, pero todo me puede…”, repite varias veces.
El peso de la salud mental
En otra calle dos hermanas brasileñas de entre 40 y 50 años, hablan de cómo la menopausia y el calor del polígono, les hacen llevar todo aún peor. “Es que tengo unos calores que ni me aguanto”, dice Cristina. Mientras Lucila, con una sonrisa preciosa, comenta que no tiene tiempo de ir al psicólogo. “Yo me curo de todo sola, pero a veces hay la necesidad de contar cosas que no puedes contar a tu familia”. Y de nuevo Martina, de Amar Dragosté, les ofrece su servicio gratuito de videollamadas para que al menos suelten algo del peso y mejoren en algo su salud mental.
Una salud que es todo un desafío para Erika, otra colombiana que, en un cruce de calles, en el que no paran de pasar puteros en coches o furgonetas con las ventanillas bajadas, nos dice cómo a lidiar con el peligro que corre cada día, se le suma ahora otra preocupación con la que no sabe cómo tratar. “Es la desesperación que tengo porque mi hija se ha enterado de lo que hago. No soy capaz de mirarla a la cara y explicarle porqué hago lo que hago y todo lo que me cuesta hacerlo. Esta vida es para tener dos cojones. No la aguanta cualquiera. Yo vengo todos los días del mes del día 10 al 20 en las noches y el resto de los días vengo de mañana y noche para pagar todo el alquiler y los gastos. Para sacarla adelante a ella y a la familia que tengo en mi país”, dice.
Erika está pérdida. “A veces hablar te lanza más al vacío. Mi hija ahora está enfadada conmigo, no quiere hablarme, no se explica cómo he caído en esto. Y yo no sé si explicarle que esto no es lo que cree. Cree que esto es un trabajo y que es es solo ir y follarte a un hombre. Me da miedo abrirle los ojos porque puede tomar malas decisiones. Yo no quiero que ella caiga también. Esto me carcome. Además, por su enfado ha llamado a mi madre y se lo ha contado. Ahora ella y el resto de la familia lo saben. A mí la vergüenza se me cayó cuando tuve que decidir esta vida para luchar por ella. Pero ella no lo entiende, ella solo me juzga y no se detiene a pensar porque yo tome esta decisión. Y con mi madre tengo una vergüenza horrible, no sé cómo hablarle”.
De sacar adelante a la familia, de sobrevivir a todo, saben todas y cada una de las féminas ultrajadas en cuerpo y mente por los puteros. Mujeres como Sonia, una española de 25 años, que tras trabajar de camarera y quedarse en paro, hunde sus preciosos ojos azules en la negrura del abismo mientras cuenta que en Marconi “lleva solo una semana”. Nunca imaginó acabar allí, pero “cuando la vida no te da oportunidades, hay que tirar como sea. Me estoy adaptando, pero esto no es nada sencillo. Aquí vendes tu cuerpo porque los hombres lo compran. Estoy aquí por mi abuela. Tenemos una deuda de alquiler de 1.500 euros. En cuanto lo saque lo dejo.Me dijeron que aquí el dinero se saca fácil y rápido. ¿Fácil y rápido? Que vengan aquí y vean lo que es esto”, recalca.
Y es que cada calle, cada rincón de estos polígonos -y de todos los macro burdeles, pisos o clubs que hay repartidos a miles por España- se sustentan en el dolor, los traumas y la pobreza de las mujeres esclavizadas que sobre viven en ellos. Un sufrimiento que puteros, proxenetas, sociedad civil y el propio estado permiten y alientan porque lejos de parar todo con una ley abolicionista y la coeducación prefieren mantener.
Mientras nada de esto cambie, seguirá habiendo puteros en Marconi capaces de quitar las dos sillitas en las que lleva a sus hijos pequeños, para violar allí, previo pago a la prostituida que elija volviendo luego a casa como si nada. Solo el Movimiento Feminista y asociaciones abolicionistas como Amar Dragosté, seguirán luchando de verdad para que ninguna niña, ninguna mujer pueda ser esclavizada y maltratada tan vilmente. Porque ninguna nacemos para putas.








