La asimetría de la confianza (en las relaciones heterosexuales)

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Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)

Existe una diferencia profunda entre hombres y mujeres que rara vez aparece en las canciones, las películas románticas o los discursos contemporáneos sobre las relaciones: la vulnerabilidad. 

Cuando un hombre se enamora, suele creer que está asumiendo un riesgo equivalente al de la mujer que tiene delante. Ambos exponen sus sentimientos. Ambos pueden sufrir un rechazo. Ambos pueden experimentar una decepción. La situación parece simétrica, pero no lo es. Nunca lo ha sido.

La vulnerabilidad femenina en la intimidad posee una dimensión material que los hombres rara vez necesitan considerar. Cuando una mujer permite que un hombre entre en su vida no sólo comparte emociones. Comparte espacios, rutinas, información, afectos, proyectos y, en muchas ocasiones, su propio cuerpo. Introduce en su esfera más íntima a una persona físicamente más fuerte que ella, potencialmente capaz de causarle daños que van mucho más allá del desengaño sentimental.

Sí, hay excepciones, claro, siempre las hay. Pero las mujeres sabemos que, en caso de conflicto físico, partimos de una posición de desventaja frente a la mayoría de los hombres. No es una percepción cultural. Es una realidad corporal. La biología no distribuye de forma simétrica los riesgos asociados a la intimidad, la sexualidad o la reproducción.

No se trata de que todos los hombres sean peligrosos, sino de que es difícil que una mujer pueda prever cómo reaccionará una persona cuando aparezcan el conflicto, la frustración o el poder. La diferencia es importante. Nadie puede saber de antemano quién gestionará mal la frustración, quién desarrollará sentimientos de posesión o quién terminará creyendo que tiene derecho a controlar la vida de otra persona. 

Un hombre puede resultar encantador durante meses. Puede parecer amable, atento, divertido, sensible e incluso feminista. Puede respetar todos los límites visibles y seguir ocultando aspectos de sí mismo que sólo aparecerán cuando la relación avance. La experiencia femenina está llena de historias de hombres que parecían una cosa y terminaron siendo otra.

Por eso la confianza no es un gesto trivial. La confianza es una apuesta. Y para muchas mujeres es una apuesta realizada bajo distintas condiciones de vulnerabilidad que muchos hombres rara vez perciben plenamente. 

Cuando una mujer acepta una cita no está evaluando únicamente si la conversación será agradable. Está valorando riesgos. Cuando comparte su domicilio está valorando riesgos. Cuando inicia una convivencia está valorando riesgos. Cuando mantiene relaciones sexuales está valorando riesgos. Cuando contempla la posibilidad de formar una familia está valorando riesgos. Un hombre también, pero las consecuencias potenciales materiales (sobre los cuerpos) no son simétricas.

Ojo, que una mujer no lo hace porque viva aterrorizada. Sino porque ha aprendido a vivir en el mundo real sabiendo que los cuerpos también condicionan la realidad.

Las mujeres crecemos escuchando historias. Algunas propias. Otras ajenas. Historias de agresiones, abusos, abandonos, embarazos no deseados, dependencias económicas, manipulaciones emocionales o violencias que aparecieron cuando ya parecía demasiado tarde para retroceder. Esas historias forman parte de nuestro conocimiento práctico del mundo. Y condicionan nuestra manera de amar.

Quizá por eso muchos hombres interpretan como frialdad lo que en realidad es prudencia. Confunden la cautela con la desconfianza personal. Piensan que se les está juzgando a ellos cuando, en realidad, las mujeres estamos respondiendo a una experiencia colectiva acumulada durante generaciones.

No estamos evaluando únicamente al hombre que tenemos delante. Estamos dialogando con toda la información que poseemos sobre nuestra propia vulnerabilidad.

Resulta curioso que buena parte de la cultura romántica haya intentado presentar el amor como una suspensión de la prudencia. Como un salto al vacío. Como una entrega absoluta. Las mujeres sabemos que no funciona así. O, al menos, sabemos que no debería funcionar así. Porque las consecuencias de equivocarse no se reparten de forma equitativa.

El amor puede ser maravilloso. Pero la confianza no consiste en ignorar los riesgos. Consiste en conocerlos y decidir, aun así, que la otra persona merece la oportunidad de demostrar quién es.

Quizá por eso uno de los mayores actos de generosidad que una mujer y un hombre se pueden ofrecer no sea el amor. Es la confianza. Y precisamente porque es valiosa no debería ser exigida, ni apresurada, ni ridiculizada. Debería ser comprendida y valorada.

La confianza siempre implica vulnerabilidad, pero no todas las vulnerabilidades tienen el mismo coste potencial.

Porque cada vez que una mujer abre la puerta de su intimidad está haciendo algo mucho más complejo que enamorarse. Está aceptando convivir con su propia vulnerabilidad y depositar una parte de su seguridad en manos de otra persona.

Quizá por eso muchas mujeres no buscan un hombre perfecto. Buscan un hombre capaz de comprender la magnitud de la confianza que se le está ofreciendo.

Enaus – Presidente de Amables Titulares de Derechos

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