Vindicación política de la menopausia

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Por Sonia Mauriz Pereira

Pues eso: es necesaria la reivindicación política de la menopausia como proceso exclusivo de la mujer.

Una mujer en sus 40 o 50 años se encuentra de pronto con un: «Hola, soy tu perimenopausia/menopausia, lo vamos a pasar genial», es decir, con la bajada ineludible de sus hormonas sexuales. Y, sorpresa, no se convierte en hombre. Ni en abuela, las abuelas son las madres de nuestros progenitores.

Su anatomía se encuentra ante un panorama totalmente distinto. Durante la infancia, nuestra fisiología se desarrolla de forma bastante parecida a la de nuestros compañeros en esto de ser homínidos. La pubertad y la adolescencia nos van separando físicamente y, en consecuencia, nuestras experiencias vitales se vuelven totalmente distintas.

No es que el patriarcado hasta ese momento no nos tratara de manera diferente, por supuesto, pero desde entonces se hace mucho más patente la sexualización y hasta nuestros compañeros de juegos comienzan a tratarnos de otro modo.

Nuestra propia experiencia vital, nuestra relación con nosotras mismas y con nuestros cuerpos también se vuelve diferente. No solo por la construcción de género: es que la anatomía propia influye en la experiencia vital diaria. No es lo mismo vivir sujeta a un ciclo hormonal que a la ausencia de este.

Socialmente, tiene sus consecuencias. Conoces la vergüenza ante un proceso totalmente natural. Es absurdo, porque sería como avergonzarse de digerir, pero socialmente se ha construido a lo largo de la historia un tabú tal que hay civilizaciones donde se considera impura a la mujer que menstrúa e incluso se la aleja, se la encierra o se le da menos comida.

El ciclo hormonal además influye emocionalmente, además de físicamente. Otro tema sensible, porque como mujeres no queremos que se nos vea como inestables durante nuestro período, porque no lo somos. Pero sí que no es lo mismo enfrentarse al mundo en etapa folicular que en etapa lútea.

Saber cómo funcionan nuestros cuerpos, poder ser nosotras mismas durante las distintas etapas del ciclo, debe ser una reivindicación.

¿Solo nos define la menstruación o el ciclo? Obviamente no, pero es parte fundamental de la vivencia de ser mujer. No son tres o seis días al mes: es un ciclo completo, 30 x 24 x 7.

Desde ese momento conocemos otro sentimiento: el miedo al embarazo no deseado. Comienza a ser una posibilidad real y, con ello, todo lo que conlleva en términos de responsabilidad y derechos: derecho a una planificación, derecho a anticonceptivos y derecho al aborto.

Para un hombre, para una anatomía masculina, esto puede vivirse de un modo mucho más abstracto. Irse no significa pasar por una intervención que es un derecho, pero nunca agradable. Así, su posible miedo a un embarazo no deseado no es una realidad tan física como a la que se enfrenta cualquier niña que comienza a menstruar.

Si escoger ciencias o letras es difícil, muchos más decidir gestar y criar, gestar y dar en adopción o no gestar.

Si todo va bien, pasas una vida fértil sin más problemas que los sociales y, aun así, tu experiencia de vida es completamente distinta a la de una anatomía masculina. Cada mes hay un vaivén hormonal y todo lo que acarrea en efectos físicos y emocionales, además de las implicaciones para la salud si hablamos, por ejemplo, de respuesta a medicamentos.

Si no va bien y en un momento dado te encuentras con la endometriosis, ante cuyos síntomas lo primero que vas a oír es que tienes ansiedad o que el dolor de la menstruación es normal, mientras soportas la mirada de «otra exagerada», lo segundo que vas a padecer es sobremedicalización: te van a llenar de ibuprofeno, paracetamol y ansiolíticos.

Porque investigar sobre ello no parece una opción. Total, solo es un problema exclusivo del 53 % de la población.

De momento el ciclo parece una maldición, pero el tema es que es el baremo perfecto de la salud de una mujer. Cuando algunos queer  preguntan, a la búsqueda del zasca pero encontrando vergüenza ajena: «Entonces, ¿las mujeres que no menstrúan no son mujeres?».

Las mujeres que no menstrúan no son hombres; son mujeres que se enfrentan a varias situaciones . La más feliz, si es deseado: están embarazadas. Otra nada feliz: la amenorrea, que en el mejor de los casos responde a un bajo porcentaje de grasa y es tratable; en el peor, a una enfermedad.

Y, en otro caso muy natural, estamos ante la perimenopausia o la menopausia, que puede ser por edad o por una histerectomía derivada de algún problema de salud.

En todo caso, es un síntoma que nos habla de un estado de la mujer.

¿En una anatomía masculina qué nos dice la ausencia de menstruación? Nada.

Únicamente que es otra anatomía, y esa otra anatomía conlleva una experiencia vital diferente: sin los vaivenes hormonales, sin la realidad física del embarazo y el aborto, sin peligro de endometriosis y sin las consecuencias de la menopausia.

Y, por supuesto, sin las repercusiones sociales que todos estos procesos conllevan.

Durante siglos la menstruación ha sido un tabú. ¿Quién no ha escondido los tampones al ir al baño para que no los vieran compañeros de clase, trabajo o amigos? De hecho, siempre se han vendido portatampones o fundas para compresas muy cuquis.

Como si escondiéramos droga. 

Sabemos todas que más de un varón se escandalizaría si nos viera limpiar la copa menstrual o nuestras manos ensangrentadas en un baño.

Pero sucede y es normal.

Y llega la menopausia y, una vez más, quienes viven reivindicando performatividades creen darte un zasca con: «Mi abuela no menstrúa, ¿no es mujer?».

Tu abuela es una mujer en menopausia y por ello no dejó de reglar sin más. Ni se convirtió en hombre. Ni es tu abuelo, que tampoco menstrúa. Y deberías tener más respeto por ella porque no lo está pasando bien.

Dejar de reglar es consecuencia de una bajada de hormonas sexuales y ello tiene sus consecuencias, que, spoiler, no vive ninguna anatomía masculina.

Ante esta nueva etapa aumenta el riesgo de accidente cardiovascular o enfermedad neurodegenerativa.

Además, debemos adaptarnos a síntomas que no facilitan la vida. Como siempre, las mujeres esconden sus incomodidades. Si en época fértil dolían los ovarios, paracetamol y aquí no ha pasado nada; soy igual de productiva y cuido a mayores, niños, marido y geranios mientras cumplo mi horario laboral, voy al gimnasio y tengo las mechas perfectas.

Los síntomas de la menopausia también los vamos a esconder.

En esta nueva etapa hay mujeres que apenas se enteran y solo viven la parte social del asunto, es decir: ya no eres fértil, así que relégate a ver telenovelas y hacer táperes para los hijos. Y hay otras, la mayoría, que viven cambios físicos importantes: fatiga, sofocos, olvidos, ansiedad, dolor articular, insomnio, grasa abdominal y muchísimos otros síntomas.

Y ya basta.

La anatomía no es baladí. ¿Nos define? ¿Es una identidad? Políticamente, sí. La identidad debe ser personal y construida día a día, pero debe quedar dentro del ámbito privado del individuo. El sujeto político es diferente.

El sujeto político debe poder expresar con total libertad y derecho sus experiencias vitales y las demandas que estas conllevan.

Las mujeres en menopausia no están performando la experiencia de ser mujer: son mujeres. Tienen derecho a no ser invisibilizadas, a que haya más investigación sobre esta etapa y a recibir un trato médico correcto.

Que no sea llegar a una consulta y que te despachen con un: «Esto es normal, acostúmbrate».

Hay opciones para que la calidad de vida sea mejor y toda mujer tiene derecho a conocerlas.

Y a reivindicarlas sin que otros sectores sociales se sientan agredidos. Porque, increíblemente, las etapas vitales exclusivas de la anatomía femenina parecen ser agresiones.

¿Cuándo la observación y sistematización de hechos se volvió agresión? ¿Cuándo parecer y performar se convirtió en derecho político? Ojo, no derecho social o personal, sino político.

¿Cuál es la diferencia? Pues la misma que existe entre que la religión sea una opción privada y social o vivir en un Estado teocrático.

Lo que no es una opción es invisibilizarnos para no molestar.

Las etapas vitales de las mujeres conllevan consecuencias sociales; no tienen que quedarse en el ámbito de lo privado. No somos ciudadanas de segunda y tenemos derecho a que el espacio público también se construya desde nuestra realidad y a no ser invitadas en un mundo hecho por y para hombres.

Salimos de las casas donde estábamos relegadas para tomar los espacios públicos en igualdad de derechos. Y la igualdad de derechos implica que nuestra realidad sea considerada parte del estándar humano en igualdad de condiciones.

Ya está bien de vivir escondiendo nuestra realidad física, de que solo se nos permita ocupar el espacio público en edad fértil y de que se nos convierta en «abuelas» al llegar la menopausia. Siempre bajo el sello de la aprobación sexual masculina.

Las mujeres somos una realidad anatómica y fisiológica y esta experiencia vital diferenciada debe ser reivindicada políticamente. Y por eso, amigas, amiguis, amigues… el sujeto político de la opresión sexual, el sujeto político del feminismo, es la mujer.

Y lo demás, performance invisibilizadora e interés masculino patriarcal.

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