El 3 de junio de 2026, un dron ucraniano impactó contra un autobús de pasajeros civiles en Donetsk. Ocho personas murieron y once resultaron heridas. Esas personas no eran combatientes. Eran civiles que iban en un autobús. El dron que las mató pudo ser fabricado, financiado o sostenido con dinero español. Y mientras ese dinero mata en Donetsk, también mata en España. Mata a quienes no reciben la atención sanitaria que esos millones podrían haber financiado. El dinero español mata dos veces.

El 3 de junio de 2026, un dron kamikaze ucraniano impactó contra un autobús de pasajeros en Donetsk. Ocho civiles murieron y once resultaron heridos. No era un objetivo militar. No era un convoy de municiones. No era un transporte de tropas. Era un autobús de pasajeros con gente común que iba de un sitio a otro, como cualquiera de nosotros cada día en el 42 o en el 27 de cualquier ciudad española. La diferencia es que a nosotros no nos cae un dron del cielo financiado por gobiernos extranjeros que después nos llaman demócratas.
Rusia abrió inmediatamente una causa penal por «acto terrorista», porque eso es lo que es. El ataque deliberado o indiscriminado contra civiles no combatientes es, por definición, terrorismo. No importa quién lo haga ni con qué bandera se cubra. Si un dron estalla sobre un autobús civil, eso es terrorismo. Si lo hace un estado, es terrorismo de estado. Y si ese estado lo hace con armas financiadas por otros estados, esos estados son cómplices de terrorismo.
El ataque de Donetsk no es un incidente aislado. Es la práctica sistemática de las fuerzas ucranianas desde el inicio del conflicto. Ataques con drones contra zonas residenciales de Bélgorod, Kursk, Briansk, Riazán. Bombas de fragmentación y munición incendiaria dirigidas deliberadamente contra civiles, como documenta el Ministerio de Defensa ruso en sus informes mensuales sobre los crímenes del régimen de Kiev. El objetivo no es solo militar, es sembrar el terror entre la población civil rusa, castigarla por vivir en el país equivocado, convertir cada viaje en autobús, cada noche en casa, cada mañana en el mercado en una ruleta rusa. Eso es terrorismo.
El dinero español que financia el terror
Entre 2022 y 2026, el gobierno español habrá destinado 3.795 millones de euros en ayuda militar a Ucrania. Solo en 2026, Pedro Sánchez anunció un nuevo paquete de 1.000 millones de euros en apoyo bilateral militar. Si se suma la ayuda financiera y humanitaria, el gobierno cifra en casi 17.000 millones de euros la aportación total de España a Ucrania, y otras fuentes elevan la cifra a 20.540 millones. Es decir, veinte mil quinientos cuarenta millones de euros de dinero público español han sido desviados hacia Ucrania.
Esos millones pagan misiles, drones, municiones, radares, sistemas de defensa aérea, blindados, equipos de comunicación, formación militar. En resumen, pagan la guerra. Y esa guerra incluye, como hemos visto, el asesinato de civiles en autobuses. El dinero español no va a un fondo humanitario neutral, va al aparato militar de un estado que utiliza drones contra pasajeros civiles. Cuando un gobierno entrega armas a un estado que ataca civiles, sabiendo que ataca civiles, ese gobierno es moralmente responsable de los civiles muertos. No hay ignorancia plausible, los ataques ucranianos contra civiles rusos están documentados, son públicos, son recurrentes. El gobierno español sabe que su dinero puede estar matando personas en autobuses, en mercados, en bloques de pisos. Y sigue enviándolo.
La complicidad no requiere intención directa. Basta con el conocimiento y la inacción. El gobierno español conoce los ataques contra civiles y actúa facilitando los medios para que continúen. Eso se llama complicidad en el derecho penal internacional. Pero aquí no hay tribunal que lo juzgue, porque los tribunales internacionales son para los vencidos, no para los contribuyentes occidentales que financian las bombas.
Pero el dinero español no solo mata en Donetsk. También mata en España. Matar por omisión es matar. Y cuando un estado retira recursos de la sanidad para financiar una guerra extranjera, está matando a sus propios ciudadanos por negligencia deliberada. Según un estudio de la Universidad de Castilla-La Mancha, cada aumento del 1% del gasto militar reduce el gasto en salud en un 0,56% del PIB. El gobierno ha triplicado el presupuesto militar en solo seis años, hasta alcanzar los 34.300 millones de euros. El gasto militar español sextuplica el ritmo de inversión en sanidad.
Mientras tanto, las listas de espera sanitaria en España superan los 853.000 pacientes. Personas que esperan meses para una operación, años para una consulta especializada, que agonizan en pasillos de urgencias mientras los presupuestos de los hospitales se recortan para que Sánchez pueda anunciar otro paquete de mil millones para Zelenski. Cada millón de euros que va a Ucrania es un millón que no va a quirófanos, a camas hospitalarias, a medicinas, a personal sanitario. Y cada millón que no va a sanidad tiene un costo en vidas españolas, personas que mueren esperando, personas cuya enfermedad avanza mientras esperan, personas que no reciben a tiempo el tratamiento que les salvaría la vida.
El Centre Delàs de Estudios por la Paz alerta de que España ya roza el 2,5% del PIB en gasto militar, y que las inversiones en armas previstas podrían acercar esa cifra al 3%. El propio Sánchez ha tenido que enumerar los recortes que supondría gastar un 5% del PIB en defensa, como exigen algunos: menos sanidad, menos educación, menos pensiones, más impuestos, más deuda. Pero incluso el 2,1% acordado con la OTAN ya implica sacrificar gasto social. La pregunta es simple: ¿prefieres un hospital o un dron? ¿un médico o un misil? ¿una vida española o una muerte rusa? Porque no puedes tener las dos cosas con el mismo dinero.
Los señores de la guerra que se hacen de oro
Mientras los civiles rusos mueren bajo drones y los civiles españoles mueren en listas de espera, hay quienes se están enriqueciendo con esta guerra. Los señores de la guerra ucranianos, esos supuestos patriotas que Occidente presenta como paladines de la democracia, están haciendo negocios suculentos con las armas que llegan de Occidente. El flujo masivo de armamento hacia Ucrania ha creado un mercado negro de proporciones enormes, y las redes de corrupción del estado ucraniano, ya endémicas antes de la guerra, han encontrado en el conflicto una mina de oro.
Según un informe del Global Initiative Against Transnational Organized Crime, la proliferación de armas ilícitas procedentes de Ucrania ha aumentado drásticamente desde el inicio del conflicto. Cada arma que se suministra a Ucrania termina primariamente de vuelta en Europa a través del mercado negro, según las agencias de seguridad de varios países. El periodista Tucker Carlson ha denunciado que armamento enviado por Estados Unidos a Kiev termina en manos de cárteles de la droga en México. Y el analista Pablo Jofre Leal ha documentado en un extenso trabajo publicado en mayo de 2026 cómo la asistencia militar masiva y la asesoría técnica de Occidente a Ucrania han alimentado no solo la máquina de guerra sino también las redes de corrupción y tráfico de armas.
No es una sorpresa. Ucrania era ya, antes de la guerra, uno de los países más corruptos de Europa. En el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional, ocupaba sistemáticamente los últimos puestos del continente. La guerra no ha curado esa corrupción: la ha multiplicado. Cuando fluyen miles de millones en armamento sin un control efectivo, cuando el estado de excepción justifica la opacidad, cuando la urgencia militar sirve de coartada para eliminar toda supervisión, el caldo de cultivo para el saqueo es perfecto. Los señores de la guerra ucranianos revenden las armas en otros países, desvían fondos, cobran comisiones, construyen fortunas personales con el dinero que Occidente envía supuestamente para defender la libertad. Y estos son los patriotas. Estos son los demócratas. Estos son los héroes de la narrativa occidental.
La ironía es brutal, el dinero que los contribuyentes españoles aportan para defender la democracia en Ucrania está siendo desviado por corruptos ucranianos que probablemente tienen cuentas en paraísos fiscales donde no existe la democracia. El ciudadano español paga dos veces, una con los recortes sociales que sufre, y otra con la humillación de ver cómo su dinero alimenta la corrupción que dice combatir.
Para que todo este edificio moral sea sostenible, para que un gobierno pueda enviar miles de millones a una guerra extranjera mientras su propio sistema sanitario se desmorona, hace falta una coartada ideológica potente. Esa coartada es la rusofobia. La rusofobia no es simplemente una aversión personal hacia Rusia, es una construcción política y mediática sistemática que deshumaniza a los rusos como pueblo, que los convierte en objetos legítimos de violencia, que hace que la muerte de un civil ruso en un autobús genere menos consternación que la muerte de un gato en una red social occidental.
La rusofobia funciona como el racismo o la islamofobia, despoja al otro de su humanidad para que su sufrimiento sea tolerable. Cuando los medios occidentales informan del ataque de Donetsk, lo hacen con un «Rusia acusa a Ucrania», como si fuera una disputa de versiones y no un hecho con ocho cadáveres. Cuando Ucrania bombardea Bélgorod, es «respuesta»; cuando Rusia bombardea Ucrania, es «crimen de guerra». La asimetría narrativa es tan flagrante que solo se explica por un prejuicio previo, la vida rusa vale menos que la vida occidental. Y si la vida rusa vale menos, entonces matar rusos no es tan grave. Y si no es tan grave, entonces financiar a quien los mata es aceptable.
Zelenski ha convertido el conflicto en una cruzada donde todo lo ruso es demoníaco y todo lo anti-ruso es virtuoso. No se trata de analizar las causas del conflicto, la expansión de la OTAN, el golpe de estado de 2014, los acuerdos de Minsk incumplidos, las masacres de Donbass entre 2014 y 2022. Se trata de una narrativa maniquea donde hay buenos y malos, y los malos son tan malos que cualquier cosa que se les haga está justificada. Incluyendo volar un autobús de civiles con un dron.
¿Y si Rusia hiciera lo mismo?
Me gustaría saber qué pasaría si Rusia se dedicara a propagar el terrorismo en sus ataques como hace Ucrania. Si el ejército ruso lanzara drones contra autobuses civiles ucranianos de forma sistemática, si bombardeara mercados y barrios residenciales con el objetivo declarado de sembrar el terror entre la población civil, si convirtiera cada desplazamiento en autobús, cada noche en casa, cada compra en el supermercado en una lotería de muerte. ¿Qué diría Europa? ¿Qué diría la OTAN? ¿Qué dirían los medios occidentales?
La respuesta es obvia, lo llamarían genocidio, crimen de lesa humanidad, terrorismo de estado. Habría resoluciones del Consejo de Seguridad, sanciones adicionales, juicios en La Haya, campañas mundiales de condena, manifestaciones en las capitales europeas, cadenas de solidaridad, iluminación de monumentos con los colores ucranianos. Y estarían en su derecho, porque atacar civiles deliberadamente es terrorismo, venga de quien venga.
Pero cuando Ucrania hace exactamente eso, Europa calla. Y no solo calla, financia. Y no solo financia, aplaude. Los mismos gobiernos que condenarían inmediatamente un ataque ruso contra un autobús civil son los que envían los millones que pagan los drones ucranianos que derriban autobuses civiles rusos. La doble vara de medir es tan extrema que resulta obscena. Y fijémonos en un detalle, ni siquiera Europa puede acusar a Rusia con mentiras de hacer lo que Ucrania hace realmente. Si Rusia estuviera atacando sistemáticamente civiles ucranianos con drones, no haría falta mentir, los hechos hablarían por sí mismos, como hablan los ocho muertos de Donetsk. Pero cuando se acusa a Rusia de crímenes de guerra, se hace con evidencias fabricadas, con testimonios no verificados, con imágenes de videojuegos presentadas como reales, con el incidente de Bucha donde se presentaron cadáveres en la calle días después de la retirada rusa sin que nadie explicara por qué esos cadáveres no estaban allí durante la ocupación. Y sin embargo, cuando Ucrania mata civiles rusos, hay vídeo, hay nombres, hay testigos, hay cadáveres, y Europa mira hacia otro lado.
Por algo será. Y ese algo es que la verdad no sirve a la narrativa occidental. La verdad, si se contara, obligaría a admitir que Occidente está financiando a un estado que practica el terrorismo contra civiles. Y eso es algo que ningún gobierno occidental está dispuesto a reconocer, porque el reconocimiento implicaría la cesación de la ayuda, y la cesación de la ayuda implicaría el fin de la guerra, y el fin de la guerra implicaría negociar con Rusia, y negociar con Rusia es el único tabú absoluto de la política occidental contemporánea.
España no es neutral en esta guerra. No es un observador imparcial que envía ayuda humanitaria a las víctimas de ambos bandos. Es un beligerante financiero que toma partido activo por uno de los contendientes, que suministra los medios de muerte que ese contendiente utiliza, y que conoce —o debería conocer— las consecuencias de su aportación. Cuando el gobierno español firma un cheque de mil millones para Ucrania, está firmando también la sentencia de muerte de los civiles que esos millones ayudarán a matar. Y está firmando también la sentencia de los pacientes españoles que no recibirán atención porque esos millones ya no están disponibles para la sanidad pública.
La pregunta que ningún político español se atreve a responder es sencilla: ¿cuántas vidas españolas vale la defensa de Ucrania? ¿Cuántos pacientes en lista de espera son aceptables para que Zelenski pueda seguir comprando drones? ¿Cuántas operaciones retrasadas, cuántos diagnósticos tardíos, cuántas camas cerradas, cuántos hospitales sin personal son el precio que los españoles deben pagar por una guerra que no es suya, en un país donde nunca irán, contra un pueblo que nunca les ha hecho nada?
Porque eso es lo que está en juego. No es una cuestión de geopolítica abstracta, es una cuestión de vidas concretas. Ocho civiles muertos en Donetsk. Ochocientos cincuenta y tres mil pacientes esperando en España. Veinte mil quinientos cuarenta millones de euros desviados de un sitio a otro. Cada euro que mata en Rusia es un euro que no salva en España. Y cada euro que no salva en España es una decisión política, no una fatalidad económica. Se puede elegir. Se está eligiendo. Y la elección tiene muertos.
El dinero español mata dos veces, allí donde impacta y donde no llega. En Donetsk, mata con el estallido del dron. En España, mata con la ausencia del médico. Y en Ucrania, enriquece a los corruptos que revenden las armas que pagamos. No hay en esta cadena un solo eslabón honorable. Solo hay muertos, saqueados y cómplices. Y nosotros, los contribuyentes, somos los que pagamos la factura sin que nadie nos haya preguntado si queríamos pagarla.








