Que el fin del mundo no me pille en casa

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Por Reis A. Peláez (@Bruxabona)

En aquellos tan mitificados años ochenta, que tanta nostálgica echa de menos, y más concretamente en los últimos años de la década, yo era una adolescente insurrecta que ya había aprendido a ver el mundo con gafas violetas desde el final de mi infancia. Recuerdo con cierta precisión cómo me sorprendía que, en todas las películas que llegaban a las salas a las que esta pobre pueblerina de lo más norte del norte podía acceder, el modelo familiar que presentaba el cine comercial americano se alejaba años luz del entorno propio. Presentaba mujeres felices de tener una dedicación plena al trabajo no remunerado de mantenimiento y atención de esa familia heterosexual y norteamericana. Yo no podía creer que un cine propagandístico se basara en defender como feliz tal modelo social tan retrógrado y que hacía décadas que en Europa se había superado. La yo adulta de hoy debería poder aparecerse a aquella joven luchadora cargada de sueños revolucionarios y decirle aquello de “he visto cosas que tú no creerías…”

Una de las razones que las teóricas que saben más que yo de todo en general, y de feminismo en particular, esgrimen para explicar la lentitud de la lucha feminista en su gestación tiene que ver con la difícil socialización de las mujeres fuera del entorno familiar. El movimiento obrero se extiende con facilidad entre iguales que comparten y conviven conjuntamente con su opresión. Sin embargo, las mujeres, condenadas al aislamiento de sus hogares, no tienen esa posibilidad de “consororizar” (perdonen el neologismo, pero me niego a usar confraternizar) con otras mujeres y tomar así conciencia de su opresión. Es solo cuando algunas mujeres (muy pocas) tienen esa posibilidad cuando se empieza a germinar la lenta rebelión que nos acerca a la igualdad.

Consciente del peligro inminente de su destrucción, el sistema se arma contra el avance de las fuerzas que pueden terminar de enterrarlo, como el movimiento obrero y el movimiento feminista. De un lado vivimos un individualismo inédito en la historia de la humanidad, que, además, se ve impulsado por confinamientos orquestados desde grandes capitales que sostienen una industria tecnológica hecha para mantenernos aisladas y calladas. Me refiero tanto al mundo de los videojuegos como al de las redes sociales. Por otra parte el peligro del feminismo se vence con una jugada maestra (quizá aprendida de fracasos anteriores con la lucha del proletariado) que consiste en intentar destruir el movimiento desde dentro y se sirve para ello, como no, de la Academia. Nos encontramos en el siglo XXI con ideologías que pretenden ser feministas, pero que defienden gran parte de aquello contra lo que el movimiento luchó y creía haber superado. No es este el momento ni el lugar de hablar de quien nos quiere hacer creer que la feminidad y la masculinidad no son una herramienta patriarcal necesaria para sostener el sistema, sino una suerte de acto performativo en el que no se puede evitar hacer (como cuando un juez dice “La declaro inocente”, que, al decirlo, hace). Pero sí quiero hablar, y esta vez ya sin ambages, de las que pretenden convencernos a todas de que el lugar de una madre está junto a su criatura y que la decisión de ser madre solo puede ir acompañada del deseo de la mayor abnegación imaginable; las que condenan, de manera vicaria, a todas las madres adoptivas a ser malas madres y a todos los hijos adoptivos a una vida infernal por no haber tenido los años necesarios de lactancia materna; las que quieren prohibir guarderías para obligar a todas las mujeres a dedicarse en exclusiva a sus criaturas; las que no revisan por qué el movimiento queer acoge y ensalza tanto su idea de la maternidad; las que quieren hacernos creer que defienden la agenda feminista cuando se dejan la piel en toda organización a la que acceden en incrustar su idea de maternidad como única… Podría seguir de manera indefinida, pero sospecho que ya se me ha entendido.

Ni siquiera necesito entrar a explicar hasta qué punto contradice esa idea de la mujer como madre tradicional encargada en exclusiva de la crianza casi todos los postulados feministas, porque ese no es un debate necesario en el feminismo. Son posturas antagónicas hasta la complementariedad, agotan entre ambas el cien por cien de las referencias posibles. Lo más probable es que este debate sea externo al feminismo y, como otras muchas luchas, no nos corresponda a nosotras. Pero lo cierto es que parece que muchas mujeres no quieren ver más allá de su proselitismo maternizante y ralentizan otras batallas en las que sí hay consenso y están aún por librarse. 

Las feministas que creemos en la socialización de la atención de los menores como parte de la solución urgente de nuestros problemas también defendemos la mejora de las condiciones para las que se queden en casa dedicadas exclusivamente a la crianza, aunque opinemos que eso ni implica que sea feminista ni lo ideal. Podría llegar a respetar su suelo político, aunque dudo que llegue alguna vez a compartirlo, pero no entiendo por qué ellas no respetan el nuestro y solo puedo explicarlo como una victoria más de la criminal alianza capitalista-patriarcal y su mundo mágico del sentimiento y la emoción.

Cada vez son más las feministas que invierten todas sus energías y tiempos en luchar contra toda corriente ajena a la suya dentro del propio movimiento y creen que esa es la raíz de la opresión de la mayoría absoluta de la humanidad. El patriarcado se ha rearmado como nunca mientras nosotras intentamos sobrevivir al fuego amigo. 

Señoras, dedíquense toda su vida, si quieren, a maternar y otras tareas del ámbito doméstico y no por ello el feminismo dejará de recibirlas con los brazos abiertos, pero no desvíen la lucha de donde realmente debe estar y es en avanzar en la revolución feminista, que parece ser que no llegará antes del fin de la humanidad, como sigamos así.  

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