Un filoterrorista patriarcal modélico

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Por Pilar Aguilar Carrasco

El lunes, hubo un asesinato machista en Torrejón de Ardoz, el martes, otro asesinato de la misma calaña en Alicante, el miércoles uno más en Torrijos…

Y ya van 87 feminicidios este año.

Imaginemos que ETA siguiera activa y que asesinara a una o dos personas por semana… La prensa, las televisiones, todos los medios de comunicación estarían horrorizados. Tales asesinatos acapararían las primeras páginas de los periódicos, abrirían noticiarios, ocuparían lugar destacado en la vida política, se debatiría incansablemente cómo combatir tal barbarie.

Y, por supuesto, no sería concebible que un filoterrorista islámico o nacionalista anduviera recorriendo la península clamando contra las denuncias falsas que, según él, sufrirían pacíficos extremistas islámicos e indefensos etarras… Y, más inconcebible aún sería que las cadenas de televisión (encabezadas por la televisión pública) le ofrecieran tribunas para predicar tales despropósitos.

Pues lo que parece inconcebible aplicado a esos supuestos, parece perfectamente admisible cuando se trata de violencia machista. Así, un tal Soto Ivars, filoterrorista misógino, anda denunciando que unas hordas de inmisericordes arpías maquinan incansables para hundir la vida de pacíficos y afables señores.

Nadie niega que pueda haber denuncias falsas, pero son escasísimas. Muchas menos que en cualquier otro delito. Repito: menos que en cualquier otro delito. Y cierto, no todas las denuncias acaban en condena, pero tampoco nadie con dos dedos de decencia confunde la falsedad de una denuncia con la imposibilidad de probarla judicialmente, máxime cuando sabemos que esas violencias y agresiones suelen darse en el ámbito privado o, en todo caso, fuera del alcance de miradas no cómplices. 

Tampoco es de extrañar que ese filoterrorista misógino, ese tal Soto Ivars, haya encontrado una jueza que lo apoye. Del mismo modo que no será raro encontrar en Arabia Saudí, por ejemplo, un juez fundamentalista islámico que se compadezca de los ataques infundados que, en su opinión, sufren los que piensan como él. 

Pero lo realmente asombroso es que, dados los abrumadores datos objetivos de violencia patriarcal, alguien pueda negarla sin despertar una condena social unánime. 

Parece, pues, que el terrorismo machista se considera de poca monta y que no se concede gran valor a la vida de las mujeres.

Como señalé al principio, las feministas denunciamos que han sido asesinadas 87 mujeres, mientras que el Ministerio de Igualdad solo admite 46 asesinatos. La diferencia se debe a que el Ministerio únicamente contabiliza los asesinatos perpetrados por parejas o exparejas mientras que nosotras incluimos a mujeres prostituidas, amigas de las otras víctimas, desconocidas, madres, hijas… Pero, incluso ateniéndonos a las cifras oficiales, se produce un feminicidio cada semana. Estremecedor. Y según datos del VioGén -sistema de protección de las víctimas de violencia de machista- actualmente hay activos 100.723 casos. Supongamos que, de los 100.723, tres sean falsos. ¿Es concebible que se publiciten con total descaro estos tres casos mientras se ignora el sufrimiento y el terror que viven las 100.720 mujeres restantes? 

Como consecuencia de tanta manipulación, resulta que solo un 1% de la población considera que la violencia misógina es un grave problema. ¿Deducimos que la mayoría de los ciudadanos son seres sin entrañas? No, deducimos que no están debidamente informados. 

Encontramos, pues, personas con criterios humanistas y claros posicionamientos éticos, que denuncian firmemente asesinatos y agresiones, pero no reaccionan ante la violencia misógina. Así, por ejemplo, hace poco, Muñoz Molina escribía un sentido texto sobre algunas víctimas del terrorismo etarra ¿ha hecho o hará algo similar a propósito de las víctimas de la violencia machista que, sin embargo, es mucho más letal de lo que fue la otra? 

No hay conciencia social sobre esta violencia asesina, ni sobre las violaciones (se denuncian cuatro diarias, pero todos los estudios señalan que la inmensa mayoría no se denuncia), ni sobre los miles de mujeres que viven sobrecogidas y aterrorizadas por la constante amenaza de un sádico brutal.

Y por eso indigna sobremanera constatar que, pese a los requerimientos de las feministas, ni el Ministerio de Igualdad, ni el de Justicia emprendan campañas potentes y sostenidas para difundir y dar a conocer los datos reales de violencia misógina. 

Aunque tampoco -y pese, repito, a los requerimientos de las feministas- el gobierno implementa las medidas que, en base a la experiencia acumulada, mejorarían la ley de violencia; ni forma adecuadamente a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, ni de la judicatura. E incluso se atreve a contratar empresas de pulseras telemáticas que no garantizan la seguridad de las mujeres amenazadas.

La pasividad que despliegan hiela la sangre. Porque, en definitiva ¿qué hace el gobierno y concretamente el Ministerio de Igualdad más allá de escribir notas de pésame? Deben considerar que esa es su única responsabilidad. 

Pero las feministas no cejaremos porque nosotras seguimos decididas a seguir luchando por un mundo más justo e igualitario.

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