Autora: Marta Sorlí i Fresquet (Espai FIGA)
Cincuenta cuchilladas no fueron suficientes para que el alcalde de Alpedrete (Madrid) reconociera a simple vista un asesinato machista en su localidad. Valoró que el asesino “quería mucho a su mujer”, reproduciendo así todos los estereotipos sexistas que hacen que la violencia de género haya superado las mil víctimas en poco más de dos décadas de registros. El número de asesinadas aumenta tan deprisa que citar las 1333 víctimas que hay contabilizadas en el momento de redactar este artículo sea, quizá, prematuro, puesto que muy probablemente verá la luz desactualizado porque esta cifra habrá crecido.
Él empatizó con la familia del presunto asesino, sin importarle nada la familia de la asesinada (ni ella misma). También Ayuso priorizó el malestar de la familia del asesino para defender al alcalde de su partido. Ni a la presidenta de Madrid, ni al alcalde de Alpedrete, tampoco les importó lo más mínimo cuál es el mensaje que enviaron al resto de las mujeres. Queda claro que no somos ciudadanas de pleno derecho, dejaron patente que la vida de las mujeres, nuestras familias y nuestros entornos no son importantes si la honorabilidad de algún hombre, partido o pacto con la extrema derecha está en el punto de mira. Ni siquiera cuando nos asesinan, cuando atacan el derecho humano más fundamental y básico como es el derecho en la vida, ni en este momento, una mujer merece ser priorizada.
En pleno siglo XXI el retroceso patriarcal nos hace volver al paradigma de la película infantil La Bella y la Bestia, donde la agresividad de los hombres está perdonada por el amor y por la paciencia de las mujeres que los acompañan. Y si este amor no es suficiente, la responsabilidad nunca será de quien agrede. Porque todo el mundo sabe que detrás de aquella Bestia inmunda que secuestra, sacude, grita, invalida y aísla a una joven hay un príncipe al que otra mujer maligna ha convertido en lo que es: una bestia.
¿Por qué parece que los hombres están poseídos por una naturaleza absolutamente violenta que no tienen capacidad de controlar? Si asesinan a su pareja, en el fondo era por amor; si violan o prostituyen a mujeres, es por un instinto sexual irrefrenable. Pero, se supone que el sexo emocional y sentimental somos las mujeres, o al menos con esta excusa nos continúan excluyendo en pleno siglo XXI de los espacios de decisión y poder. Si los hombres no tienen la capacidad de gestionar las discusiones de pareja o familiares, ¿cómo van a poder soportar la presión de las negociaciones de alto nivel implícitas en la gobernanza del mundo?
Dice Kate Millet que «el dilema planteado por nuestra política sexual no se resolverá ofreciendo un campo de acción ilimitado a la agresividad masculina», y es muy cierto. La desigualdad sexual entre hombres y mujeres no puede ser resuelta aceptando la violencia innata de los varones con los consiguientes asesinatos de mujeres. El blanqueo de los asesinos y de los negacionistas de la violencia machista y de género es también violencia; violencia simbólica que nos recuerda que los derechos humanos reconocidos a las mujeres solo son prestados y su ejercicio está directamente ligado a la estabilidad de los hombres y de la estructura política que sustentan.
Y sí, ya sé que no todos los hombres son iguales. Pero siempre son hombres haciendo las mismas barbaridades.








