Solo por ser mujeres

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Por Cruz Leal

Entró en la consulta acompañada de sus tres hijos, de entre nueve y tres años. Vestía ropa tradicional: una camisola larga y amplia, con bordados verdes en el pecho, y un pantalón holgado a juego, también bordado a la altura de los tobillos. Llevaba el cabello suelto, una melena larga que caía sobre los hombros cubiertos por un gran chal del mismo tono que la camisola. Madre e hijos tenían los ojos azules y la piel clara, ligeramente aceitunada.

Sólo debía derivarla a una radiografía, pero sentí curiosidad.
¿De Afganistán? pregunté.
Asintió y me regaló una sonrisa amable. Los niños también sonrieron y, confiados, comenzaron a tocar los bolígrafos del escritorio y a mirar la pantalla del ordenador. Nos despedimos con un apretón de manos; no pude evitar desearle mucha suerte. Ella me obsequió otra amplia sonrisa y respondió:
—Estoy aquí.
Supuse que quería decir que, en ese instante, ya se consideraba afortunada.

Su imagen me vuelve a la mente cada vez que leo noticias sobre las mujeres afganas, noticias que casi siempre encuentro en redes sociales y no en los grandes medios. Pensar en Afganistán es, inevitablemente, pensar en sus mujeres: en los veintiún millones que viven desde hace cuatro años bajo la barbarie de un régimen talibán. La comunidad internacional sostuvo una guerra de más de una década, supuestamente para liberarlas, y cuando llegaron los nuevos intereses y negocios, esa misma comunidad las abandonó. Aún resuena el titular con las palabras cínicas del señor Borrell, quien se deshizo en elogios hacia los “nuevos gobernantes” a los que estrechó la mano, asegurando que eran moderados y se comportarían con mesura.

Poco después supimos que habían prohibido la educación de las niñas, una medida que ahora han declarado permanente. Las mujeres fueron apartadas de la vida pública, de sus empleos, de las instituciones, de toda representación política o civil. Sus rostros y siluetas desaparecieron de los medios, de las pantallas, de los carteles publicitarios… muchas veces borrados con toscos brochazos de pintura. Las que pudieron, huyeron por pura supervivencia.

Desde entonces, tienen prohibido trabajar. Aquellas que no cuentan con un hombre en la familia sólo pueden mendigar, cubiertas bajo una manta —el burka— que apenas deja pasar un poco de luz y casi nada de aire. Claro que existen otras “opciones”: la prostitución, aunque esté prohibida, persiste. O pueden poner a la venta a las niñas para matrimonios concertados con hombres mayores. Si sobreviven a los embarazos, repetirán el destino de sus madres: la esclavitud. También, hay quienes se ven obligadas a vender a sus hijos varones para ser prostituidos. Son los bacha bazi, niños explotados sexualmente, muy del gusto de ciertos talibanes para demostrar poder o satisfacer sus aficiones pederastas. Los adornan como mujeres para abusarlos. Cuando se cansan de ellos, los convierten en mano de obra forzada.

En 2024 aprobaron la Ley para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio. A las prohibiciones anteriores se sumaron otras: salir a la calle, hablar, cantar, leer, tener un teléfono móvil, conversar entre mujeres, mirar por la ventana o ser vistas a través de ella. Por eso, muchas ventanas han sido tapiadas. Las calles son territorios exclusivos de hombres y niños. Contravenir la ley puede significar recibir latigazos, ser ahorcada, sufrir amputaciones o ser lapidada. Todo ello, por supuesto, en público y bajo la mirada atenta de otros hombres.

Solo son libres para morir cuando ya no les queda esperanza, enajenadas por el dolor, la soledad, el abandono y la miseria. Las cifras de suicidio son cada vez más alarmantes, sobre todo entre las más jóvenes.


Cerca de dos mil personas murieron en el terremoto del pasado mes de septiembre, pero aún se desconoce el número de mujeres fallecidas bajo los escombros o heridas. En las imágenes de rescate no se veía ninguna. Desde el gobierno anunciaron que no serían socorridas, ya que los hombres tienen prohibido tocarlas si no pertenecen a su familia. Tampoco pudieron ayudarse entre ellas, ni acudir a un hospital, porque solo otra mujer puede atenderlas o verlas, y ninguna tiene permitido trabajar en esos lugares. No solo carecen de acceso a la salud: su único derecho, en caso de enfermar, es morir.

Pero incluso en la muerte se les niega la dignidad. No tienen derecho a una lápida ni a que su nombre quede grabado en ella. No pueden ser nombradas ni para certificar su defunción, del mismo modo que en vida no pueden hacerlo para algo tan básico como una receta médica. Deben ocultar no solo sus cuerpos, sino también sus nombres. Su identidad se limita a ser “la hija de”, “la hermana de”, “la esposa de”. Nada para sí mismas, apenas una sombra subordinada a otros.

Hasta ellas no llega la ayuda humanitaria, porque sus necesidades solo pueden ser reconocidas a través de un hombre de la familia. Sin voz, encerradas, sin posibilidad de comunicarse con el exterior, no pueden siquiera gritar a través de internet o las redes. Los teléfonos móviles les han sido arrebatados por mandato de la sharia, y el acceso a clases en línea, prohibido. No pueden trabajar desde casa, estudiar, aprender ni comunicarse. Su voz ha sido silenciada y, aun si pudieran susurrar, nadie les concedería crédito a sus palabras. No existe palabra capaz de expresar su humillación, su despojo de la condición humana, sus cuerpos sólo están habitados por el dolor y la ausencia de sí mismas.

Viven en una espera agónica, en casas en penumbra, siempre al servicio de lo que se les ordene, sin futuro ni pasado. Las huellas de su existencia solo permanecen en ellas mismas, y hasta su descendencia puede serles arrebatada, como antaño se arrebataban los hijos de las esclavas, porque nada les pertenece. Son prisioneras al albur de fanáticos fundamentalistas movidos por un sentido del honor patológico, un honor permanentemente herido que exige una venganza insaciable y que oculta un odio obsesivo y demencial hacia las mujeres.

Son las más nadies entre todos los nadies del mundo. La voz de las mujeres afganas ya no puede oírse; su imagen no puede verse; su presencia no puede sentirse ni imaginarse. Simplemente, no deben existir, ni como mujeres ni como seres humanos. Esa es su sentencia.

Ante los hechos, y después de más de cuatro años, la ONU decide hablar y califica la situación como un apartheid de género. Nos enfrentamos al horror de un nuevo modo de campo de concentración y al exterminio calculado y silencioso de millones de mujeres en pleno siglo XXI. Algo tan salvaje y extremo, podría considerarse un genocidio perpetrado por un gobierno contra más de la mitad de su población. Pero la ONU decide hablar “de género”: su primera ocurrencia es banalizar, performando una modernidad estéril y estúpida. En su propio informe admiten que la violencia contra mujeres y niñas aumenta de forma tan sistemática que no es comparable a ningún otro lugar del mundo. Pero desde las instituciones de la comunidad internacional se opta por la banalidad y la frivolidad de hablar de género y no de mujeres, no sea que venga la realidad a estropearles un buen relato.

Al gobierno talibán estos entretenimientos del género le importan poco, tienen todo el poder y lo ejercen, saben perfectamente qué es una mujer y las condenan por ello. Saben qué es una mujer y consideran que las “buenas mujeres son las que no se ven ni se escuchan” y aún son mejores las que ni tan siquiera están. Saben que los niños de los que abusan son niños y si los visten de mujeres es para humillarlos y vejarlos aún más, cuando sean adultos no serán mujeres serán hombres abusados y maltratados, pero serán hombres sin confusión alguna y los reconocerán como tal. Las mujeres no pueden escapar al cerco del terror performando su género, porque ser mujeres es su pecado, su delito y su penitencia.

Incluso en uno de los castigos más aterradores como puede ser la lapidación, a las mujeres que se les aplica se las entierra a partir de la cintura. Preguntados por el hecho contestan que es para preservar sus partes íntimas. Sólo una mente degenerada y embrutecida por un odio atroz, puede pensar en partes íntimas de mujer alguna contemplado un bulto, envuelto en sudario blanco y sangriento y agonizante entre pedrada y pedrada en una combinación repugnante de sadismo y lascivia. 

Las mujeres afganas son bajo el gobierno talibán simples mulas de carga animalizadas para el servicio y la subyugación. Se les han arrebatado su condición de seres humanos, de personas. Se las preserva para la cría, son un bien patrimonial como los animales. Puede que explicado sin tapujos algún espíritu sensible de esa comunidad internacional puedan sentir compasión por el modo en que estos cabrones envilecidos por el odio tratan a su ganado.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias por tu articulo y tu valentia al escribirlo Cruz. Con lo necesaria que es que no dejemos de recordar la situacion de las mujeres en Afghanistan, parece que vivimos anestesiadas, pero deberiamos chillar bien fuerte! Lo unico que puedo hacer es moverlo un poco. Chillemos a ver si se nos oye

  2. El horror, que no por sabido,es menos cierto
    …Y según la comunidad internacional,¿ Ésto no es un
    GENOCIDIO con todas las letras!!!???

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