Por Joseba Argintxona Gondra, Arkaitz Zubimendi Delgado, Andere Astigarraga Ibargutxi, Magdalena Barrachina Irigoyen, Babestu Elkartea
Con el caso del campamento de Bernedo (denunciado en esta misma publicación hace unas semanas), se ha abierto una brecha, aunque sea muy parcial, en el silencio que envuelve a lo que podría ser una de las agendas más violentas y destructivas jamás aplicadas en nuestra sociedad y en todas las occidentales, cuando menos.
Esta agenda se ha colado masivamente en nuestra sociedad, en forma de talleres y programas de «formación» «afectivo-sexual» (por ejemplo y entre muchas otras vías).
Esta agenda, omnipresente, omniabarcante, es universalmente impuesta de arriba a abajo y sin posibilidad de contraste ni debate. Pregunto a todos los responsables de su imposición, si han confirmado que dicha agenda no incida muy grave y perniciosamentemente en la salud psico-sexual de niños y jóvenes de ambos sexos, a su desarrollo e integridad física y psíquica. En la salud e integridad de ambos sexos, independientemente de las diversas variantes de gustos, deseos, identificaciones, tendencias, percepciones (incluidas las autopercepciones) que nadie pretende negar que se dan.
La variedad de los seres humanos y la de sus manifestaciones, es un hecho universal e intemporal que no se discute. Tampoco la necesidad de atender lo más adecuadamente posible a cada caso.
Es justamente la adecuación de las respuestas lo que aquí se pretende poner en duda , junto con sus intenciones y resultados reales.
¿Podéis las personas e instituciones responsables, afirmar categóricamente, que lo que se está imponiendo aporte solución real alguna a casi ninguno de los problemas que se plantean? ¿Podéis asegurar que los programas en los que estáis embutiendo a nuestros niños y jóvenes, en todos los niveles educativos, no están expresamente diseñados para ahondar, extender, agravar y normalizar el abuso y el maltrato, convirtiéndolo en modelo social? Ni siquiera afirmamos que así sea.
No lo afirmamos, entre otras razones, por la cuenta que le pueda traer a cualquiera que se atreva a contravenir o cuestionar el discurso único, no vaya a aplicársele alguna figura jurídica «ad hoc».
¿Habéis indagado en el origen y procedencia real de esos programas? ¿O los aplicáis de manera dócil y sin crítica, simplemente porque «vienen de arriba»?
Mucho menos cuando se va sabiendo sobre qué espaldas descansan y de qué manos penden y se financian todas ellas, pues son casualmente las mismas manos y espaldas de las que parecen provenir los programas, las agendas y las órdenes para su aplicación.
¿Podría ser este contexto general el que explique el miedo a hablar que parece reinar también en este ámbito? ¿Miedo entre el alumnado ante posibles consecuencias y represalias? ¿Miedo entre los padres y profesores disconformes o claramente contrarios a actuar en consecuencia y abiertamente? ¿Miedo incluso en equipos directivos, a pesar de que en general éstos están perfectamente alineados con «eso que viene de arriba»? ¿No querrán éstos darse cuenta de que «de arriba» pueden venir muchas cosas y que conviene analizarlas minuciosamente, especialmente cuando se está al cargo de servicios públicos básicos?
¿Podrían tener unos padres, miedo de denunciar públicamente la actitud del centro educativo de sus hijos en estos temas? Miedo a denunciar que no se les permita conocer los contenidos y materiales que se están usando? Los datos y referencias de las empresas y personas externas que acceden al aula? ¿A denunciar que esas personas trabajen con el alumnado sin la presencia de NINGÚN DOCENTE? ¿A denunciar casos claros de abuso y quién sabe qué más, en contextos considerados como educativos?
¿Es posible, por ejemplo, que en 1º de ESO pueda ocurrir que ni siquiera se informa a los padres de que se van a impartir esos programas? ¿Qué contenidos se están trabajando en los centros? ¿De manos de quién y con qué garantías? Lo cierto y constatable es que hay miedo a hablar, a preguntar… No digamos a cuestionar o a denunciar. A denunciar por ejemplo, los contenidos de esos programas y también de diversos textos o materiales audiovisuales utilizados como «transversales» en otras asignaturas.
¿Es posible que en otras convivencias, campamentos o actividades extraescolares se puedan estar dando casos que no son dados a conocer ni denunciados por padres y alumnos?
Cuando ha habido quien se ha puesto a intentar recabar testimonios y denuncias, parece haberse encontrado reiteradamente con la negativa a hablar o con la condición imprescindible de que no se comparta lo hablado. También con la poca o ninguna receptividad por parte de las instancias implicadas.
¿Podrá ser lo denunciado en Bernedo , un punto de inflexión para analizar y reflexionar sobre todo ello y dar un giro de 180º, a pesar de no ser debidamente atendido en primera instancia, como hubiera correspondido? Desde luego, es imprescindible que así sea.








