Por Paz Galache Payá
Los derechos de los hombres son sagrados, pero ¡ojo!, que ese masculino no es genérico. Sagrados son solo los de ellos. Por ejemplo, el derecho de cada hombre a disponer de una mujer buena, fiel y sumisa, una para cada uno, y el derecho de gozar de unas cuantas mujeres malas, promiscuas y sumisas, sumisas siempre, unas cuantas para todos. Eso es lo que ellos dicen y así es la distribución sexual del Patriarcado: una para cada uno y unas cuantas para todos.
El sistema prostitucional apuntala el control sexual de las mujeres y garantiza a los hombres guapos o feos, limpios o sucios, perfumados o pestilentes, ricos o pobres, que sus deseos sean convertidos en derechos: una criada para la casa, la explotada mujer privada, y las que, previo pago, les hacen sentir poderosos, las explotadas mujeres públicas. Y este sistema lo defienden con ahínco todos los hombres, de izquierdas y de derechas.
Ya sabemos qué podemos esperar de las derechas, las derechas ultras, porque en este país ya no hay otras. Si las mujeres, en general, no les importamos, si niegan las violencias que sufrimos las sumisas mujeres privadas, cómo les van a importar las sumisas mujeres públicas, cuando, para más inri, son pobres, inmigrantes y racializadas en su mayoría. Lo único que podemos esperar de las derechas, perdón, de las derechas ultras, es lo que ya están haciendo, perseguir con ordenanzas municipales que encarcelan y multan a las mujeres prostituidas, protegiendo la impunidad y el anonimato de los puteros.
Además, no tienen que molestarse mucho. Como los pocos avances conseguidos en la protección de mujeres en situación de vulnerabilidad no se han consolidado con estructuras estables, infraestructuras y dotaciones adecuadas, las derechas ultras, por la vía de la asfixia económica, están acabando con cualquier atisbo de salida para las mujeres prostituidas y, por supuesto, no van a tocar ni un pelo de un negocio que mueve unos cinco millones de euros al día en nuestro país. Es el capitalismo, señoras.
Pero de las izquierdas cabría esperar otra cosa. Muchas de ellas todavía dicen que son abolicionistas. Algunas tienen colgando en sus sedes carteles y frases de Rosa Luxemburgo o de Aleksandra Kolontái. Al menos, podrían tener la decencia de quitarlos para no manchar su memoria con la ignominia de querer regular lo que ahora llaman trabajo sexual y no es otra cosa que la más vil de las explotaciones.
Hace unos días leía que Sumar rechaza prohibir redes como OnlyFans, porque “no quieren precarizar a las mujeres”, y que se opone a perseguir a los dueños de los locales de prostitución, porque “hay mujeres que trabajan y viven en ellos”. La noticia remataba diciendo que el Ministerio de Igualdad admite que “va a tener que negociar mucho para poder sacar una ley abolicionista”. ¿Qué van a negociar? Ya se están curando en salud buscando excusas. El PSOE, que despenalizó hace años la tercería locativa, ahora se queja de que sus socios no quieran perseguir a los proxenetas que se lucran en estos locales. Porque ahí trabajan y viven mujeres ꟷdicen, como si no pudieran trabajar y vivir en otros sitios. Como si no se las pudiera formar y buscar soluciones laborales y habitacionales para ellas. Como si no se pudiera regularizar su situación de extranjería. Como si no se les pudiera asignar el ingreso mínimo vital. Como si… les diera igual.
Y para justificarse han inventado la falacia del consentimiento, de la libertad, del empoderamiento. El viejo dicho castellano de que el cliente manda, el cliente siempre tiene razón, ahora se transforma en que la que se vende manda, la que se somete a cualquier práctica sexual sin desearla es la poderosa. Se lavan la cara recurriendo al colmo del cinismo: entre susto o muerte, elijo muerte.
Estas izquierdas son las mismas que están ahora peleando por la reducción de la jornada laboral, lo cual, vaya de antemano, me parece justo y necesario, por supuesto. Pero quizá cabría decirles qué pasa si un señor quiere trabajar 60 horas semanales, si está tan empoderado que no quiere convenio colectivo, si libremente elije cobrar por debajo del salario mínimo. Dirán enseguida que eso es intolerable, que los sindicatos no lo consentirían, que la dignidad de los trabajadores, que los derechos laborales, que eso sería un retroceso, … que no hay libertad cuando hay pobreza. Por supuesto, y no hay libertad cuando no hay igualdad.
¿Qué le dicen a la inspección de trabajo cuando cierran un local por condiciones insalubres? Allí trabaja gente y les van a precarizar. Qué dijeron cuando se prohibió el trabajo infantil, en tiempos en los que era parte del sustento de muchas familias, o qué dijeron cuando se abolió la esclavitad y los esclavos quedaron sin casa y sin trabajo. En aquellos casos se pusieron por delante los derechos humanos y se buscaron soluciones para paliar las consecuencias. ¿Por qué no ahora? ¿No será porque solo se trata de mujeres? Las izquierdas tampoco van a tocar ni un pelo de un negocio que mueve unos cinco millones de euros al día en nuestro país. Es el capitalismo, señoras.
La abolición de la prostitución, como la última de las esclavitudes, es ineludible e inaplazable. Ha llegado el momento. No podemos admitir más dilaciones. Y si los actuales partidos del arco parlamentario son incapaces de hacerlo, tendremos que cambiar la correlación de fuerzas. Tendremos que entrar las feministas en las instituciones para acabar con la violación previo pago, con un sistema que, o de forma real o de forma simbólica, nos pone a todas en riesgo. Las mujeres no se venden.
Solo la bisagra y la fuerza de las feministas en el Congreso permitirá que se apruebe la Ley Orgánica de Abolición del Sistema Prostitucional (LOASP) y, a partir de ahí, el que quiera sexo que se haga desear.









Paz Galache presenta el estado del sistema prostitucional en España y su rentabilidad: 5 millones de euros al día. Me ha dejado fríamente informada para airear el dato.
Propone la LOASP como solución. Es el Proyecto feminista de Ley. Para ser aprobada lo primero: que las 58 disputadas socialistas la defiendan. Ya somos muchas que se lo estamos solicitando, que recojan el mandato del movimiento si es que nos representan