Feministas, feminismos y extremas derechas

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Por Paz Galache Payá

A muchas mujeres y hombres de mi generación nos salieron los dientes políticos leyendo Principios elementales y fundamentales de filosofía, de Georges Politzer. Con este libro aprendimos materialismo dialéctico, estudiamos que la materia existe en el espacio y en el tiempo y que está en continuo movimiento y adquirimos conciencia de clase. Aprendimos también que la teoría y la práctica deben estar unidos, lo que nos impulsó a la militancia antifascista para terminar con la dictadura. Ese libro fue responsable de buena parte de la afiliación comunista de la juventud en las postrimerías del franquismo. 

Luego leímos más, mucho más. La formación teórica era muy importante en aquellos difíciles tiempos, como también lo era el activismo en el partido de izquierdas que fuera, en la lucha sindical y en los incipientes movimientos sociales: vecinal, feminismo y, algo más tarde, ecologismo. 

De esta forma, al menos en mi caso, la formación política y feminista fueron de la mano. Yo era muy joven y la formación política era ardua y difícil, sobre todo para una mujer de formación científica como yo; la feminista con un lenguaje, en general, más claro y directo me interpelaba más y resonaba a la perfección con mis experiencias y vivencias. 

Así y todo, aprendí unos conceptos muy claros y básicos sobre lo que ser de izquierdas y feminista implicaba: la ciencia está por encima de la creencia, la materia es una realidad incontestable y la igualdad, social, política, laboral y económica, es el objetivo prioritario.

Todo el corpus político que fui adquiriendo suponía luchar por una sociedad secular, en la que la religión saliera del ámbito público y se circunscribiera a la esfera privada. Mientras las derechas desfilaban bajo palio, las izquierdas pedían la laicidad del Estado, repetían que las religiones son el opio del pueblo y las feministas sabíamos que, además, son grilletes para sujetar a las mujeres.

¿Qué ha cambiado? ¿Por qué las actuales autodenominadas izquierdas quieren ceder los espacios públicos a las religiones? Es más, ¿por qué quieren ceder espacios públicos a una religión que oprime a las mujeres, que las vela, las recluye en los hogares, las impide educarse, las entrega en matrimonios forzosos, las mutila y las tortura? 

Lo que ha pasado es que llegó la posmodernidad, llegó el relativismo, la subjetividad y la diversidad, convirtiendo el feminismo, con su agenda y sus 300 años de Teoría Feminista, en los feminismos, un saco en el que todo cabe: orientaciones sexuales, disidencias, divergencias, masculinidades…, la lucha de las mujeres reducida a un «colectivo» más en un solo renglón de sus programas políticos. Las izquierdas abandonaron el racionalismo y el materialismo para entregarse sin fisuras a la defensa de los deseos individuales por encima de los colectivos. Hace poco leíamos la aberración neoliberal del eslogan publicitario de uno de esos partidos autodenominados de izquierdas: «Convertiremos tus deseos en derechos».

Y a todo esto, más opresión, más precariedad, más pobreza, menores salarios, más polarización social y más violencia contra las mujeres. Mientras las izquierdas abandonan sus principios, millones de personas que sufren las consecuencias y ven el sinsentido de las identidades, los pronombres, las etiquetas sexuales y la negación de lo evidente, están cayendo en el oportunismo de la extrema derecha, que está aprovechando todas las parcelas que la izquierda desnortada está abandonando.

Solo las feministas mantenemos la importancia de la materia, de lo tangible, de la realidad biológica del sexo. Mientras los feminismos de las pseudoizquierdas andan recuperando el alma, hablando de cuerpos equivocados y de cerebros rosas y azules, las ultraderechas hablan de recuperar la feminidad y el rol familiar de las mujeres. Mientras los feminismos niegan la violencia contra las mujeres por el hecho de serlo, al querer introducir a hombres como víctimas de esa violencia, las ultraderechas niegan la estructural violencia machista y la igualan a la violencia del narcotráfico, por poner un ejemplo. Todos, feminismos y ultraderechas desvían los fondos del Pacto de Estado a otras cuestiones y desprotegen a las verdaderas víctimas: las mujeres. Se parecen. 

Solo las feministas mantenemos que las creencias, usos y celebraciones religiosas pertenecen a la esfera privada de cada persona y se deben respetar siempre que no atenten contra los derechos de las demás. Defendemos que no se trata de prohibir religiones, sino de estructurar la sociedad y el Estado según premisas científicas, de ética secular y de razonamiento lógico, de forma que las instituciones y prácticas sociales se organicen con independencia de las creencias religiosas. Los feminismos quieren cederles polideportivos y las ultraderechas quieren expulsar a cualquiera que no profese su credo y, de paso, si pueden, volver a meter a las mujeres puestas de velos y mantillas en las iglesias. Todos quieren destinar espacios públicos al culto religioso. Se parecen. 

En estos momentos, solo las feministas mantienen un discurso coherente. Ni los feminismos de la pseudoizquierda ni la ultraderechas involucionistas, ampliamente financiados ambos por intereses de las grandes corporaciones multinacionales, son opciones de progreso. 

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