La masacre que asola a Palestina no es un episodio aislado ni un conflicto “entre dos partes”, como pretende la propaganda burguesa. Es la expresión concreta de la política imperialista en su fase más agresiva.
La sangre que hoy cubre Gaza y Cisjordania se derrama al servicio de la dominación global que las potencias capitalistas ejercen sobre los pueblos oprimidos.
No es posible entender la brutalidad del Estado de Israel sin identificarlo como lo que es: un enclave armado, sostenido y dirigido por el imperialismo, principalmente por Estados Unidos, con el respaldo incondicional de la Unión Europea. Estas potencias no solo financian y arman la maquinaria genocida, sino que blindan diplomáticamente a sus responsables en todos los foros internacionales, garantizando su impunidad.
La estrategia imperialista en Palestina responde a una lógica clara: control geopolítico, saqueo de recursos y destrucción de cualquier foco de resistencia popular.

Lenin ya lo advirtió: en la fase imperialista del capitalismo, las guerras no son hechos accidentales, sino una consecuencia inevitable de la competencia entre monopolios y potencias por el reparto del mundo.
El asesinato sistemático de periodistas, médicos y trabajadores humanitarios forma parte de esta guerra total contra el pueblo palestino. Silenciar a quienes documentan la barbarie es tan importante para los agresores como bombardear viviendas o arrasar hospitales. Se trata de borrar la verdad y aislar la lucha palestina del apoyo internacional.
Palestina se ha convertido en un laboratorio de represión y control social que luego se exporta a otras latitudes.
Las mismas armas, tecnologías de vigilancia y métodos de ocupación que se prueban allí son vendidos después a gobiernos represores de todo el mundo. Así, la ocupación sionista no es solo un problema del pueblo palestino, sino un eslabón central en la cadena de opresión mundial.
La solidaridad con Palestina, por tanto, no puede reducirse a un gesto humanitario: es una tarea política y revolucionaria. Implica denunciar y combatir el sistema imperialista en su conjunto, desde las bases hasta sus cúpulas. Significa romper el silencio cómplice, organizarse y unir las luchas de los pueblos contra un enemigo común.
El imperialismo es un sistema que no concede respiro. Cada minuto que se le tolera significa más muerte y destrucción.
Por eso, hoy más que nunca, levantamos la voz:¡Palestina libre, desde el río hasta el mar! ¡Imperialismo, ni un minuto más!








