Alexandre García (continuación de la anterior)
1. Introducción
Como hemos visto en la entrega anterior, los neoreaccionarios desconfían de la ciencia institucional, tanto por desconocimiento de su funcionamiento como por una comprensión deficiente del modo en se establece un consenso científico. Pero estas no son las únicas razones. Su escasa familiaridad con el método científico – y, en particular, con las diferencias entre las ciencias duras y las ciencias sociales –, los lleva a poner en tela de juicio las conclusiones de la climatología ya que, según ellos, sería una disciplina “corruptible”, equiparable a las ciencias sociales, que sí pueden verse influidas por factores políticos, ideológicos o institucionales.
En su artículo, Bruno Cossío dice lo siguiente:
“Sin embargo, lo que sin duda ha sido definitivo ha sido que la ciencia, como cualquier institución, es fácilmente corruptible. Cuando alguien elabora una teoría que puede beneficiar a cierto grupo de poder, dicho grupo de poder financia más investigaciones en ese sentido. Más financiación conlleva más estudios, una apariencia de cada vez mayor consenso y la atención de los medios.” [1]
Lo curioso es que estas palabras aparecen en una publicación de La razón comunista, revista marxista que además se declara heredera del pensamiento del filósofo Gustavo Bueno. De hecho, el proyecto de la revista – o al menos ésa era su aspiración original – consistía en lograr la “fusión nuclear” entre el materialismo histórico de Karl Marx y el materialismo filosófico de Bueno, dando lugar a lo que llaman “materialismo político”. La revista surgió, además, como reacción al libro La razón populista (2005) del teórico postmarxista Ernesto Laclau, uno de los grandes exponentes del pensamiento posmoderno de las últimas décadas.
Lo paradójico es que, lejos de ser materialista, la esencia del artículo de Cossío es netamente posmoderna. Veamos por qué.
2. Relativismo científico y posmodernidad
2.1. Derivas de extrema derecha: el Programa Fuerte de Edimburgo
Lo primero que hay que señalar es que la desconfianza hacia la ciencia institucional – especialmente en ciertos sectores de la izquierda – se remonta al menos a la década de 1970, con la aparición del llamado “Programa fuerte de Edimburgo”, surgido como consecuencia no deseada de la “sociología de la ciencia”, nacida a finales de los años sesenta.
La sociología de la ciencia se propuso estudiar la ciencia en tanto que como práctica social, es decir, como una actividad humana realizada por personas concretas, en instituciones concretas, con determinadas reglas, incentivos, valores y relaciones de poder definidos [2]. Su principal exponente, Robert K. Merton, había elaborado una teoría funcionalista de la ciencia que no cuestionaba su capacidad de descubrir verdades objetivas, sino que explicaba cómo ciertas normas sociales – como el universalismo, el desinterés o el escepticismo organizado – contribuyen a la fiabilidad del conocimiento científico. Para Merton, la ciencia era una institución más, con reglas internas y sujeta a tensiones sociales, pero estructurada precisamente para reducir los sesgos individuales y colectivos, y garantizar que la verdad empírica prevalezca a largo plazo. Su enfoque, por tanto, era plenamente compatible con una concepción racionalista y objetiva de la ciencia.
El problema surge en los años 70 cuando, siguiendo la estela de la sociología de la ciencia, apareció una corriente más radical: el llamado Programa Fuerte de Edimburgo [3], encabezado por autores como David Bloor y Barry Barnes, que a la postre supuso una deriva de extrema derecha dentro de la izquierda. A diferencia de Merton, estos autores sostenían que todas las creencias científicas – tanto las verdaderas como las falsas – deben explicarse exclusivamente por factores sociales. Propusieron el “principio de simetría”, según el cual el éxito de una teoría científica no debe atribuirse a su verdad o racionalidad, sino a las mismas causas sociales que explican su fracaso (causas sociales, intereses, ideología, poder, etc.).
Según esta perspectiva, la verdad no tiene un estatus privilegiado en la explicación sociológica: una teoría se acepta porque se impone socialmente, no porque describa mejor la realidad. Esta es, de hecho, la lógica que subyace al argumento de Bruno Cossío sobre el consenso en torno al cambio climático antropogénico. Este enfoque cuestiona abiertamente la capacidad de la ciencia para alcanzar verdades objetivas y dio paso a un relativismo epistémico que ha sido muy criticado desde entonces, aunque también asumido, en no pocas ocasiones, por sectores de izquierda.
Aunque el Programa Fuerte de Edimburgo se presentaba como un intento de explicación sociológica rigurosa del conocimiento científico, su lógica encajaba muy bien con el ideario posmoderno, especialmente en su rechazo de que existe una verdad objetiva independiente del contexto social. Al postular que las teorías científicas deben explicarse del mismo modo – apelando exclusivamente a factores sociales, sean verdaderas o falsas –, el Programa Fuerte eliminaba cualquier criterio epistémico externo, como la evidencia o la racionalidad, para distinguir entre conocimiento válido y error. Esta postura metodológica coincide con la idea posmoderna de que todo saber es un discurso situado, atravesado por relaciones de poder, sin acceso a una verdad universal ni a fundamentos objetivos.
Cuando Bruno Cossío afirma que las conclusiones a las que llega la inmensa mayoría de climatólogos son fruto de la “corrupción” y de intereses de grupos de poder que financian la ciencia, está reproduciendo un argumento que encaja perfectamente con el Programa Fuerte de Edimburgo y, en general, con la cosmovisión posmoderna. Al sostener que la ciencia responde únicamente a intereses sociales y económicos – sin reconocer el papel de la evidencia empírica ni la objetividad científica – Cossío asume implícitamente una postura relativista en el plano epistemológico.
Este enfoque no cuestiona el consenso científico a partir de datos o de criterios racionales internos a la ciencia, sino desde una visión según la cual esta no sería más que una construcción social al servicio de estructuras de poder. La idea de que la ciencia es “corruptible” y que el consenso sería simplemente el resultado de financiación interesada y presiones políticas no constituye una crítica científica, sino una expresión práctica del relativismo del Programa fuerte y del pensamiento posmoderno.
2.2. El marxismo vulgar como consecuencia del Programa Fuerte de Edimburgo
Si a todo lo anterior le sumamos interpretaciones simplistas o vulgares del marxismo, tenemos todos los ingredientes para justificar tanto la desconfianza hacia la ciencia institucional como las teorías conspirativas más disparatadas. Hablo de marxismo porque, en teoría, la revista La razón comunista se define como una publicación de orientación marxista, más allá de que luego haya querido complementar esa línea ideológica con elementos del pensamiento de Gustavo Bueno.
Yo personalmente no me considero marxista – aunque lo fui en el pasado – pero reconozco que el marxismo acierta al señalar que, dentro de lo que se denomina “superestructura”, pueden existir ideas, conceptos, o disciplinas (especialmente en las ciencias sociales) que reflejen o justifiquen los intereses de una clase social dominante. Este es claramente el caso de la economía neoclásica o neoliberal que, pese a su apariencia de “neutralidad”, encierra una elevada carga ideológica que, en la práctica, tiende a beneficiar los intereses económicos de una pequeña minoría. Lo mismo puede decirse de otras disciplinas como la sociología o las ciencias políticas, así como de los medios de comunicación o incluso del arte.
En los medios de comunicación es donde se ve con más nitidez, sobre todo en todo en temas de geopolítica, aunque – y esta es una de las razones por las cuales rompí con el marxismo – en estos casos no se trata tanto de defender a la clase capitalista nacional, sino de defender los puntos de vista de los Estados Unidos. Luego se puede debatir si es el punto de vista de la clase capitalista estadounidense, del “Estado profundo” o en general “de las élites”, pero lo que es incuestionable es que los medios de comunicación son estructuras altamente influenciables por intereses geopolíticos.
Ahora bien, el marxismo se convierte en “marxismo vulgar” cuando deriva en un constructivismo extremo, incompatible con el materialismo científico defendido por Marx y Engels. Esto ocurre cuando se exageran frases atribuidas a los padres del marxismo como “la ideología dominante es la de la clase dominante”, cosa que es válida para los ejemplos anteriormente mencionados, pero que no es válida si dentro de la “ideología” se incluye a la ciencia institucional (como pretendía el Programa Fuerte de Edimburgo). Así vistas las cosas, parecería que “la ciencia dominante es la de la clase dominante”, lo cual recuerda las posiciones del lysenkismo [4], según el cual la “ciencia verdadera” sería la “ciencia proletaria”.
Sin embargo, esta lógica no puede aplicarse mecánicamente a la ciencia institucional, como si existiera una “ciencia dominante” impuesta por la clase dominante. A diferencia de la ideología, la ciencia se basa en métodos de validación empírica, revisión por pares y replicación independiente de resultados, lo que impone una resistencia objetiva a cualquier intento de manipulación sistemática. Si bien puede haber un arte burgués o una literatura proletaria, no hay una “ciencia burguesa” ni una “ciencia proletaria”, porque las leyes naturales no cambian según la ideología del observador. Pensar lo contrario – como hacía el lysenkismo al pretender que existía una “biología proletaria” – es negar el carácter material y universal del conocimiento científico, y sustituirlo por un voluntarismo político que termina, inevitablemente, en pseudociencia.
Bruno Cossío sostiene que el consenso científico sobre climatología está ideológicamente orientado en función de los intereses de no se sabe bien qué “agenda política”. Pero, una vez más, está haciendo una proyección negativa. De la misma manera que el lysenkismo fue un ejemplo paradigmático de la subordinación de la ciencia a una ideología, el negacionismo de los neoreaccionarios de izquierda refleja un relativismo posmoderno que, bajo el pretexto de una supuesta crítica social, niega la posibilidad misma de una verdad científica objetiva, motivado por una voluntad de negar la existencia del cambio climático antropogénico… por motivos puramente políticos o ideológicos, por una simple pedrada o por la mera sospecha de que pueda haber una “conspiración”.
Al final de su artículo, Bruno Cossío dice lo siguiente:
“Quienes cuestionan la teoría del cambio climático antropogénico han sido calificados como negacionistas – equiparándolos a quienes niegan el Holocausto – y han sido acusados muchas veces de no ser verdaderos científicos, de estar a sueldo de petroleras y otras industrias energéticas, de pertenecer a la extrema derecha y de pecar de conspiranoicos. Es curioso que quienes hacen esta última acusación sostengan que los miles de científicos que no están de acuerdo con la susodicha teoría estén todos a sueldo de empresas petroleras. Demasiadas molestias se toma una industria que no ha dejado de ganar dinero ni en medio de la histeria climática.”
Sin embargo, aunque Cossío se queje de que le tilden de “conspiranoico”, ese término no está tan desacertado. Una mala comprensión del marxismo puede fácilmente derivar en conspiracionismo, al hacer creer que, si las clases dominantes pueden moldear absolutamente todas las instituciones para que respondan a sus intereses (aunque seguimos sin saber cuál sería el interés de “fabricar” la creencia en cambio climático), entonces todos los acontecimientos podrían estar teledirigidos desde la sombra por “las élites”, o por la gran burguesía, por emplear un término más marxista.
¿A los neoreaccionarios de izquierda les debería preocupar que el negacionismo del cambio climático también sea impulsado por la extrema derecha más radical y por grupos neo-nazis? Sí, también. Sobre todo si llegan a las mismas conclusiones a través del mismo razonamiento.
2.3. Resistencia epistémica: las ciencias duras no son equiparables a los estudios de género
El relativismo científico de Bruno Cossío lo lleva a comparar una ciencia dura, como la climatología, con las ciencias sociales que se ocupan de hacer estudios de género. En la introducción de su artículo, dice lo siguiente:
“En este principio de siglo, en torno al cambio climático parecen arremolinarse todas las ciencias naturales del mismo modo que las ciencias sociales lo hacen alrededor de las cuestiones de género. Han pasado 30 años desde que por primera vez se diera la voz de alarma, y la cuestión del clima pasara de ser una cuestión de interés científico a mezclarse con la política y convertirse en un negocio más.”
En primer lugar, para validar esta afirmación habría que admitir que todo lo que dicen los estudios de género es falso, lo cual es discutible. Pero no nos detendremos en esto no es el objeto de este artículo. Lo que importa es que Bruno Cossío compara una ciencia dura con una ciencia social, y esta es, una vez más, una mala comparación.
Las ciencias sociales que abordan estudios de género – sociología, antropología, psicología social, ciencia política, etc. – se distinguen de las ciencias duras por la naturaleza de sus objetos de estudio y sus métodos. Mientras que las ciencias duras – como la climatología – describen y explican fenómenos naturales mediante experimentación, medición precisa y modelos matemáticos reproducibles y verificables de manera independiente, las ciencias sociales estudian fenómenos humanos y sociales inherentemente complejos, variables y dependientes del contexto histórico y cultural.
Por ello, las ciencias sociales suelen emplear métodos más interpretativos, cualitativos o estadísticos, que pueden ser más susceptibles a influencias externas. En efecto, estas disciplinas pueden verse influenciadas por factores políticos, ideológicos y culturales, ya que abordan temas que suelen estar directamente vinculados a debates sociales y luchas de poder. Los investigadores pueden estar expuestos a presiones institucionales, modas académicas o agendas políticas que orientan los enfoques y las preguntas de investigación. Esta influencia no implica necesariamente que los resultados sean siempre falsos, pero sí que el proceso científico en estas áreas puede estar atravesado por intereses y valores que condicionan las perspectivas y conclusiones.
En cambio, en las ciencias duras, la naturaleza objetiva y reproducible de sus experimentos limita considerablemente estas influencias, porque aquí el conocimiento debe apoyarse en evidencia empírica sólida y verificable, al margen de ideologías o intereses políticos. A esto se le llama resistencia epistémica: la capacidad de la comunidad científica para resistir presiones externas – políticas, ideológicas, económicas o culturales – gracias a los mecanismos internos propios del método científico.
A diferencia de las ciencias sociales, donde las interpretaciones pueden estar más condicionadas por contextos culturales o políticos, las ciencias duras se rigen por métodos estrictos, mediciones precisas y la aplicación rigurosa del método científico, que obliga a que cualquier afirmación sea sometida a pruebas constantes. Esta dinámica genera una presión interna para descartar hipótesis que no resisten el escrutinio, sin importar quien las proponga ni sus posibles intereses.
Así, aunque pueda haber intentos externos de influir o financiar ciertas líneas de investigación, el consenso científico en las ciencias duras no se construye por acumulación de estudios financiados ni por la presión de grupos de poder, sino por la capacidad del conocimiento para resistir al criterio de falsación y consolidarse a través de la reproducibilidad y la evidencia. Por eso, hablar de “corrupción” en el consenso científico de las ciencias duras supone ignorar la existencia de esta resistencia epistémica que garantiza su robustez. En cambio, dicha robustez no se replica del mismo modo en otras disciplinas, ya que sus objetos de estudio – fenómenos sociales, culturales y humanos, complejos y en constante transformación – hace que los resultados sean más interpretativos y contextuales.
2.4. ¿Por qué la climatología es una ciencia dura?
Aunque suponga repetir algunas puntos tratados en la entrega anterior, hay que establecer una cosa de forma clara. El lector podrá decir: “Muy bien, las deficiencias que se pueden producir en las ciencias sociales no se producen de la misma manera en las ciencias duras. ¿Pero por qué habríamos de creer que la climatología es una ciencia dura?”
Pues por la siguiente razón: la climatología estudia el sistema climático de la Tierra utilizando métodos cuantitativos, empíricos y reproducibles, propios de las ciencias naturales. Su objeto de estudio – la atmósfera, los océanos, la radiación solar, los gases de efecto invernadero, y sus interacciones fisicoquímicas – se basa en fenómenos medibles y observables que pueden describirse mediante leyes físicas y matemáticas. Para comprender y predecir el clima, la climatología emplea modelos matemáticos complejos que integran grandes cantidades de datos obtenidos por satélites, estaciones meteorológicas, boyas oceánicas y otras tecnologías avanzadas.
Estos modelos son continuamente verificados, refinados y validados mediante su comparación con observaciones empíricas y experimentos controlados cuando es posible, lo que garantiza su fiabilidad y capacidad predictiva. Además, la climatología se basa en el método científico: las hipótesis deben ser contrastadas y pueden ser refutadas si la evidencia así lo exige. La comunidad científica en este campo está organizada de forma que los resultados deben ser replicables por investigadores independientes en todo el mundo, lo que genera un consenso que no depende de opiniones individuales ni de ideologías, sino de pruebas sólidas y verificables. Por ello, la climatología no es solo una ciencia basada en el conocimiento acumulado, sino una disciplina dinámica que se autorregula y mejora constantemente, lo que la sitúa dentro de las ciencias duras, con una resistencia epistémica que protege su integridad frente a presiones externas.
2.5. No se puede “corromper” a los científicos para hacerles decir algo contrario a la evidencia
Bruno Cossío sugiere que el 98-98% de los climatólogos están “comprados” o “corrompidos” por no se sabe bien quién ni cómo, para promover cierta agenda política o beneficiar a ciertos intereses económicos (veremos después que estas creencias tampoco están respaldadas en datos sólidos, sino que son meras especulaciones). Pero comprar o corromper al 99% de los climatólogos para que avalen una falsedad es, sencillamente, imposible, debido a la naturaleza del proceso científico y a la estructura misma de la comunidad científica.
Como vimos en la entrega anterior, el consenso en climatología – como en otras ciencias duras – no se construye a partir de la simple repetición de afirmaciones pagadas por intereses ocultos, sino mediante un proceso riguroso de verificación, crítica y reproducción independiente de resultados. Los científicos trabajan en instituciones diversas y competidoras en todo el mundo, a menudo en contextos y sistemas políticos diferentes, lo que dificulta cualquier intento coordinado y masivo de manipulación. Además, los resultados científicos son sometidos constantemente a la revisión por pares, debates abiertos y la confrontación con datos observacionales, lo que hace que cualquier dato o teoría falsa sea rápidamente detectada y refutada.
Por ello, si un número tan grande como el 99% de los expertos coincide en una conclusión, esto indica que dicha conclusión se apoya en una base sólida de evidencia, y no sobre una conspiración o manipulación. Afirmar que se puede corromper a prácticamente toda una comunidad científica es tan absurdo como decir que se podría convencer a esos mismos científicos de que la ley de la gravedad no existe, simplemente porque habría algún tipo de interés económico en que esto fuese así. Ambas afirmaciones niegan la existencia misma de la resistencia epistémica, que es la capacidad inherente de la ciencia para autocorregirse y protegerse contra el error, la mentira o la manipulación, independientemente de la presión política o económica.
2.6. La razón posmoderna, no comunista
Aunque suene a chiste, pues hubo una obra llamada La condición posmoderna (1979) del filósofo francés Jean-François Lyotard, la revista en la que se publicó el artículo de Cossío no debería haberse llamado La razón Comunista, sino más bien La razón posmoderna, y esto lo digo totalmente en serio. Porque, en el fondo, la esencia del argumento de Bruno Cossío se reduce a afirmar que “no se puede conocer la verdad objetiva”. Esta postura representa una ruptura radical con el materialismo histórico y dialéctico de Marx y Engels – tradición en la que supuestamente se inscribe dicha revista – que precisamente parte de la existencia de una realidad objetiva y de la posibilidad de conocerla mediante la ciencia y la praxis social.
Negar la verdad objetiva implica adoptar un relativismo epistemológico absoluto, que mina las bases mismas del conocimiento científico. Y esto no es materialismo, ni histórico, ni filosófico ni político, sino que es la expresión de una posmodernidad en estado puro, que pone en tela de juicio no sólo la ciencia sino también la posibilidad de acceder a una realidad independiente de los discursos y relaciones de poder. Al asumir esta perspectiva, Cossío se sitúa en el terreno del posmodernismo, que ha sido criticado por pensadores como Jean Bricmont y Alan Sokal por su impacto sobre el pensamiento racional y científico, en obras como Imposturas intelectuales (1997).
2.7. ¿Realmente es el consenso científico el que es corrompido con dinero?
Recordemos las palabras de Bruno Cossío: “Cuando alguien elabora una teoría que puede beneficiar a cierto grupo de poder, dicho grupo de poder financia más investigaciones en ese sentido.” Así, Cossío sugiere que las conclusiones del consenso científico en climatología son “dirigidas” por intereses que financian los estudios climáticos “para que sus conclusiones vayan en la dirección de lo que interesa”. ¿A quién? No se sabe muy bien, pero sobre esto volveremos más adelante.
La cuestión aquí que nos interesa es: ¿son realmente los científicos que sostienen la tesis del cambio climático antropogénico los que reciben más financiación?
De nuevo, estamos aquí ante un caso de proyección negativa, pues los hechos nos indican que lo que ocurre es lo contrario. Diversos estudios han analizado la distribución del financiamiento en torno al debate sobre el cambio climático, revelando que, contrariamente a lo que afirman algunos críticos, el movimiento negacionista ha recibido una cantidad desproporcionada de recursos financieros en comparación con la comunidad científica que respalda el consenso sobre el cambio climático. Un estudio exhaustivo del sociólogo Robert Brulle realizado por la organización Climate Investigations Center (CIC) encontró que entre 2003 y 2010, más de 900 millones de dólares fueron canalizados hacia grupos negacionistas principalmente vinculados a la industria de los combustibles fósiles, con el objetivo explícito de sembrar dudas sobre la ciencia climática y retrasar la acción política [5].
Posteriormente, en 2021, Brulle amplió su análisis hasta 2018. En ese estudio actualizó los datos e identificó que el financiamiento privado total hacia estas organizaciones alcanzó unos 2.650 millones de dólares, con contribuciones acumuladas totales de al menos 9.770 millones en ese período. De estos flujos, el 74 % correspondía a fondos no identificables [6]. Estos hallazgos consolidan la evidencia de que la mayor parte de la financiación dedicada a sembrar dudas sobre el cambio climático no procede de la comunidad científica, sino de intereses privados y de fundaciones probablemente vinculadas a las industrias de los combustibles fósiles.
En otro estudio de 2019 del sociólogo Justin Farrell publicado en la revista Environmental Research Letters [7], se analiza cómo ciertos sectores filantrópicos estadounidenses han financiado sistemáticamente la difusión de desinformación sobre el cambio climático. Mediante técnicas de procesamiento de lenguaje natural aplicadas a una gran base de datos de textos generados por organizaciones climáticas, Farrell detectó un crecimiento estructurado y coordinado en la producción de mensajes negacionistas en EE. UU. El estudio identifica a fundaciones privadas conservadoras – como la Koch Foundation o DonorsTrust – como financiadores clave de organizaciones que promueven la duda pública sobre el consenso científico del cambio climático antropogénico.
Lo más relevante es que el estudio demuestra que la desinformación climática no es un fenómeno espontáneo ni marginal, sino una estrategia organizada y financiada, orientada a obstaculizar políticas públicas de mitigación del cambio climático y a mantener la dependencia de los combustibles fósiles. Según el propio Farrell, esta red de financiación ha sido mucho más eficaz y persistente que los esfuerzos informativos provenientes del ámbito académico o gubernamental.
En un determinado momento de su artículo (quizás porque le traicione el subconsciente), Bruno Cossío dice lo siguiente:
“Quienes cuestionan la teoría del cambio climático antropogénico han sido calificados como negacionistas – equiparándolos a quienes niegan el Holocausto – y han sido acusados muchas veces de no ser verdaderos científicos, de estar a sueldo de petroleras y otras industrias energéticas, de pertenecer a la extrema derecha y de pecar de conspiranoicos.”
No decimos que Bruno Cossío esté a sueldo de petroleras, cosa que no pensamos en absoluto. Sin embargo, las tesis que él defiende sencillamente no existirían (o serían extremadamente marginales) si no fuera porque grandes petroleras han destinado millones de dólares para mantener a flote la tendencia negacionista. Esto no lo afirmamos a la ligera, sino basándonos en sus propios argumentos: si, según él, la ciencia es una institución tan corruptible como las demás porque recibe una financiación generosa para defender una cierta agenda política, luego, por una mera cuestión de matemáticas, el negacionismo es mucho más corrupto, puesto que recibe una cantidad de dinero inmensamente mayor.
3. “No hay alternativa”: cuando los neoreaccionarios claudican ante la izquierda indefinida
Otra cosa realmente sorprendente – y que no concierne a los neoreaccionarios en general, sino más bien a Bruno Cossío en particular (aunque váyanse ustedes a saber) – es que, siendo él un negacionista del cambio climático, al mismo tiempo afirme cosas como las que siguen:
“La energía nuclear es la mejor alternativa a los combustibles fósiles a la hora de producir electricidad, pero su implantación no sólo está frenada por diversos grupos de presión ecologistas, sino que conllevaría muchas décadas y una fuerte inversión inicial convertirla en la principal fuente energética del mundo. Además, los vehículos siguen dependiendo de los derivados del petróleo para funcionar y el coche eléctrico, al menos en su nivel actual de desarrollo, no es viable como medio de transporte para las masas y mucho menos es ecológico.”
Estas declaraciones, francamente, me dejan perplejo. El empecinamiento de Bruno Cossío en defender el uso continuado de combustibles fósiles – no sabemos si por pura cabezonería o porque, aunque él lo haya negado, recibe financiación de las corporaciones petroleras (cosa que, a estas alturas, no sería tan descabellada) – lo lleva, y esto es lo realmente desconcertante, a claudicar ante lo que la revista La razón comunista llama “izquierda indefinida”, retomando una expresión acuñada por Gustavo Bueno.
Quiero decir: tenemos una revista política, La razón comunista, con una línea editorial muy fuertemente influida por el pensamiento de Gustavo Bueno, que se presenta como un bastión contra la izquierda indefinida (también podríamos llamarla izquierda “progre”, izquierda “woke”, o “izquierda como estilo de vida”), la cual – tradicionalmente, y aún hoy en día en su inmensa mayoría – es abiertamente antinuclear.
Y ahora resulta que uno de sus autores, Bruno Cossío, no sólo compra parte del relato de esa misma izquierda indefinida al afirmar que la implantación de la energía nuclear “conllevaría muchas décadas y una fuerte inversión inicial”, sino que además sostiene que… ¡hay que claudicar ante ella a la hora de combatir por la energía nuclear, alegando que su implantación se vería “frenada por diversos grupos de presión ecologistas”! Grupos ecologistas que, por cierto, constituyen un ejemplo de manual de lo que Gustavo Bueno llamaba “izquierda extravagante”, una de las expresiones típicas de la izquierda indefinida) [8].
Este artículo no tiene como objetivo hacer divulgación sobre energía nuclear – para esto ya existe la encomiable labor de Alfredo García Martínez, alias Operador Nuclear, y la de Pablo Rodríguez, especialmente en lo que respecta a los avances en fusión nuclear – pero sí considero necesario aportar una serie de datos que sirvan, al menos, para poner en cuestión las afirmaciones de Bruno Cossío. Datos que, además, complementaremos con algunas nociones relativas a la Teoría Monetaria Moderna, que nos ayudarán a entender si la financiación de nuevas centrales nucleares es realmente inviable o no.
Mientras escribo estas líneas, en el mundo se están construyendo 61 centrales nucleares de tercera generación en 13 países [9]. De ellas, 28 están China, que no por casualidad es el mayor consumidor de carbón del planeta y uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero del planeta. Esto indica que, contrariamente a lo que insinúan los negacionistas, incluso los países con mayores emisiones se toman en serio la amenaza del cambio climático.
Paralelamente, están ahora en marcha seis proyectos piloto para desarrollar reactores de cuarta generación – es decir, reactores de neutrones rápidos capaces de reciclar residuos nucleares: – tres en China (HTRPM, CFR-600 y ACP100), dos en Rusia (BREST-300 y MBIR) y uno en Argentina (CAREM25). En Canadá, además, se proyecta construir este año un reactor modular (SMR y BWRX-300) cuya conexión a la red está prevista para 2028- [10].
Según el World Nuclear Industry Status Report 2023, el tiempo medio global de construcción de los reactores conectados a la red entre 2013 y 2022 – desde la colada del primer hormigón hasta su conexión eléctrica – es de 9,2 años, incluyendo los retrasos respecto de los plazos iniciales. Pero si observamos casos concretos por país, nos encontramos con cifras aún más ajustadas: por ejemplo, en China el tiempo de construcción del reactor Hualong One (HPR1000) oscila entre 5-6 años; en Corea del Sur, el del QPR-1400 se sitúa entre 6 y 7 años; y en Rusia, el del VVER-1200 va de 7 a 10 años [11]. Es decir, por enésima vez, queda claro que Bruno Cossío no tiene ni idea de lo que está hablando.
Es más, si retrocedemos unas décadas y observamos el caso de Francia – país donde, en 2024, la energía nuclear cubrió el 67% del mix energético nacional [12] –, vemos que incluso entonces no resultaba tan complicado edificar centrales. Entre 1957 y 1972, Francia construyó 9 reactores de primera generación de grafito (una tecnología hoy obsoleta y considerada poco segura). Posteriormente, entre 1977 y 1999, construyó nada menos que 58 reactores PWR (reactores de agua a presión, la misma tecnología presente en casi todas las centrales nucleares actuales de España) [13] . Si tenemos en cuenta los avances técnicos que se han producido desde entonces, está claro que la implantación de la energía nuclear no requeriría “décadas”, sino que es perfectamente viable en plazos razonables para mitigar los efectos del cambio climático.
El coste de construcción de una central nuclear varía en función del país, el tipo de reactor, el marco legal, la experiencia técnica y los imprevistos que pueden durante la obra. Sin embargo, si tomamos como referencia proyectos recientes, el coste medio de un reactor de tercera generación (entre 1000 y 1600 MW) oscila entre los 6000 y los 12.000 millones de euros. Sin duda, es una cantidad considerable, pero para quien tenga nociones básicas de Teoría Monetaria Moderna (TMM), semejante cifra está muy lejos de ser un problema.
Basta con poner el gasto en contexto. El coste total del Mundial de Fútbol de Qatar superó los 220.000 millones de dólares [14]. Los Juegos Olímpicos de París 2024 costaron – según la fuente que se consulte – entre 4380 y 6000 millones de euros [15]. Y en cuanto a gasto militar, ni siquiera hace falta irnos a los Estados Unidos: España destinó en 2024 un total de 19.723 millones de euros en defensa [16]. Y eso sin hablar de las políticas de expansión cuantitativa (quantitative easing) y otros programas como el PEPP, creado durante la pandemia de Covid-19, aplicadas por BCE. Entre 2015 y 2020, el BCE creó 4 billones de euros para comprar deuda soberana en los mercados secundarios [17]. ¿De verdad vamos a creer que no hay dinero para construir centrales nucleares?
La conclusión es clara: si un país tiene soberanía monetaria (lo cual no es el caso de los países que están en el euro) la cantidad de dinero jamás será un obstáculo para realizar inversiones estratégicas de gran escala, como el desarrollo nuclear. Un estado con soberanía monetaria no puede quedarse sin su propia moneda. El único límite real está en la disponibilidad de recursos físicos y humanos para construir esas infraestructuras, no en la financiación. En otras palabras: no se pueden construir miles de centrales nucleares simultáneamente, pero el dinero nunca será el problema a la hora de construir las centrales nucleares que sí hacen falta para mitigar los efectos del cambio climático.
Además, Bruno Cossío parece ignorar la existencia de los reactores modulares pequeños (SMR), una tecnología emergente con gran potencial. Se trata de reactores compactos y flexibles, con una capacidad de entre 50 y 300 MW, que pueden fabricarse en serie, transportarse en camión hasta el lugar de instalación e incluso desplegarse de forma escalonada, añadiendo unidades según crezca la demanda eléctrica [18]. Pueden, además, reutilizar la infraestructura eléctrica de antiguas centrales térmicas (de carbón o gas), lo que reduce aún más los costes. El coste estimado de cada unidad oscila entre los 1000 y los 2500 millones de euros, y su construcción puede completarse en 3 a 5 años. Una vez más, en lo que respecta a la implantación de la energía nuclear, el dinero no es el problema.
¿Y cómo no mencionar el caso del ITER, un reactor experimental de fusión nuclear que se está construyendo en Cadarache, Francia? En este proyecto participan la Unión Europea (con el mayor aporte económico), Estados Unidos, Rusia, China, India, Japón y Corea del Sur. Su objetivo es lograr ¿Y cómo no mencionar el caso del ITER, un reactor experimental de fusión nuclear que se está construyendo en Cadarache, Francia? En este proyecto participan la Unión Europea (con el mayor aporte económico), Estados Unidos, Rusia, China, India, Japón y Corea del Sur, y su objetivo poner en marcha un reactor de demostración experimental que siente las bases para un futuro reactor comercial, previsto para la década de 2040 [19]. Hasta la fecha, el coste estimado del ITER asciende a 22.000 millones de euros, es decir, aproximadamente un 10% de lo que costó el Mundial de Fútbol de Qatar. ¿Hace falta decir más? Si se quiere acelerar la transición energética, el dinero no falta. Sólo falta voluntad política, planificación, y la inversión necesaria.
A modo de conclusión de este apartado, cabe reconocer que Bruno Cossío acierta en un punto fundamental: la energía nuclear es la mejor alternativa a los combustibles fósiles para generar electricidad. Precisamente por eso, si todos los países del mundo apostaran por esta vía de forma coordinada, no harían falta décadas para implementarla a gran escala, y ello no supondría tampoco – ni mucho menos – un problema de financiación. Y aun en el caso hipotético de que el despliegue requiriera varias décadas, ello no constituiría un argumento válido para no hacerlo. Lo verdaderamente irresponsable sería no empezar nunca.
4. Conspiracionismo y argumentos “ad hoc”
4.1. Margaret Thatcher, “madrina” del calentamiento global
Como vimos anteriormente, una lectura simplista del marxismo puede derivar en una visión conspiracionista del mundo, que lleva a quien la adopta a creer que las clases dominantes son capaces de influir en absolutamente todos los acontecimientos, siempre que – según la lógica conspirativa – ello responda a sus intereses. De allí que no resulte nada extraño – y esto es solo un ejemplo entre otros muchos posibles – que durante la pandemia de Covid-19, se haya difundido la teoría de la “plandemia”, tanto desde grupos neonazis y sectores de la extrema derecha más radical, como desde ámbitos comunistas o procedentes del comunismo. Lo cual sería, para esos izquierdistas, motivo suficiente para hacérselo mirar.
¿Que el negacionismo del cambio climático sea sostenido por sectores de la extrema derecha y grupos neonazis también debería ser motivo de preocupación para los neoreaccionarios de izquierda? Sí, también. Sobre todo si lo que los lleva a ese tipo de conclusiones es el mismo razonamiento.
Ese ese mismo tipo de razonamiento el que lleva a Bruno Cossío a afirmar que, si no la totalidad del gran capital, al menos una parte de la burguesía globalista sería capaz de corromper a la práctica totalidad de los climatólogos para hacerles sostener la existencia de un cambio climático antropogénico que, según él, no existe.
Cossío lo justifica, entre otras razones, con afirmaciones como la siguiente:
“No es casualidad que fuese Margaret Thatcher la madrina política de esta teoría, la primera lideresa prominente en llevar la cuestión a la ONU y llamar a la acción de todos los países miembros. Una teoría científica que demonizaba el carbón era idónea para la mujer que aplastó con mano de hierro a los mineros del carbón. La lucha contra el cambio climático era y es perfectamente funcional a la globalización neoliberal y a la deslocalización industrial.”
Cierto es que Margaret Thatcher, que era química de formación, fue una de las primera líderes mundiales en mencionar públicamente el cambio climático como un problema serio en foros internacionales. Así lo hizo, por ejemplo, en 1988 en un discurso ante la Royal Society, en el que advirtió sobre los riesgos del calentamiento global, y también en su intervención ante la ONU en 1989, donde afirmó que el cambio climático podría “poner en peligro el futuro de la humanidad”.
Y es hasta posible que Thatcher haya hecho un uso oportunista de la cuestión climática para debilitar al movimiento obrero, en el marco de su encarnizada lucha contra los mineros del carbón. Pero en realidad, eso es irrelevante para la validez científica del problema. Como vimos en la entrega anterior, Thatcher no “inventó” la teoría del cambio climático antropogénico, puesto que para entonces la comunidad científica ya acumulaba desde los años 70 con una base sólida de evidencia que demostraba su existencia.
Podemos imaginar el argumento de los negacionistas – pues la falacia de Margaret Thatcher es recurrente en ellos –: “Si hasta Thatcher hablaba del cambio climático, es que debe ser propaganda.” Lo cual no es más que una burda falacia de asociación, que intenta desacreditar el consenso científico apelando a la figura de Thatcher, como si el cambio climático fuera una “creación del neoliberalismo globalista”.
Además, el supuesto compromiso de Thatcher con la causa del calentamiento global fue más bien puntual. Y algo que los negacionistas parecen ignorar – o fingen ignorar – es que tras dejar el cargo en 1990, Thatcher se distanció del tema. De hecho, Statecraft: Strategies for a Changing World, publicado en 2002, expresó un claro escepticismo hacia lo que consideraba un alarmismo climático, criticando a los movimientos ecologistas que advertían sobre el cambio climático por haberse pasado, según ella, a una suerte de ideología socialista. En el libro afirmaba, por ejemplo:
“El cambio climático ha sido tomado por algunos activistas como un pretexto para un control gubernamental aún mayor y políticas anticapitalistas.” [20]
Afirmación que, sin duda, llega a conclusiones diametralmente opuestas a las de Bruno Cossío, pese a que comparte con Margaret Thatcher el mismo negacionismo del cambio climático (si, porque, le guste o no, lo comparte con ella en ese escepticismo desde al menos 2002). Pero eso no es tan extraño, porque cuando alguien quiere creer a toda costa en una teoría disparatada por una cuestión de fe, se puede justificar absolutamente todo y también su contrario. Esto es, precisamente, la definición misma de argumento ad hoc: una explicación improvisada que se introduce para salvar una teoría frente una objeción concreta, sin contar con evidencia externa o independiente que la respalde.
4.2. Argumentos ad hoc: cuando se razona al revés de cómo se debería
Este tipo de argumento sólo se utiliza cuando se parte de una creencia que se quiere mantener a toda costa, y no de una certeza fundada en hechos o datos empíricos. Al igual que ocurre con los obsesos de la teoría de la conspiración, los negacionistas del cambio climático no parten de la realidad, sino de una voluntad: “quiero negar el cambio climático, porque me incitan a ello los progres, porque me gusta creer en conspiraciones o porque me resulta reconfortante pensar que no existe”. Y, a partir de allí, construyen los argumentos ad hoc, seleccionando datos a conveniencia (el cherry-picking), para justificar su pedrada. Pero no parten de hechos. Parten de una simple creencia.
Es más, en un momento dado de su artículo – justo antes de sus afirmaciones sobre Thatcher – como ya ha ocurrido en más de una ocasión, a Bruno Cossío le traiciona el subconsciente y termina diciendo lo siguiente (ruego que se fijen bien en lo subrayado, porque es muy revelador):
“La pregunta que surge tras recopilar toda esta serie de datos es evidente: ¿Por qué todo este alarmismo? ¿Hay algo de cierto? ¿Es una equivocación? ¿Una conspiración? No puedo afirmar lo que no puedo demostrar, pero puedo hablar de lo que intuyo por cómo funciona la sociedad capitalista en su conjunto. La teoría del calentamiento global (el término “cambio climático” fue posterior) resurgió en un momento muy conveniente para las élites estadounidense y europea: los años 80, en plena implantación del neoliberalismo en medio de grandes huelgas y una fuerte represión.”
Con esta declaraciones – que en realidad representan una confesión terrible – Bruno Cossío admite explícitamente que no puede demostrar lo que está afirmando, y que su tesis se basa, en última instancia, en una “intuición”. Entonces, si él mismo dice que no puede demostrar por qué habría un consenso científico manipulado para hacernos creer en un cambio climático inexistente, ¿qué sentido tiene escribir todo un artículo para convencernos de que el cambio climático antropogénico no existe?
Bueno, en primer lugar hay que decir que el hecho de saber o no saber, nunca ha representado un problema para los sofistas, pues su propósito no es alcanzar la verdad, sino influir en la opinión pública, sembrar dudas o, simplemente, “convencer”.
Pero además, el procedimiento engañoso de Bruno Cossío consiste en hacernos creer que sus teorías – insisto, teorías que son construcciones ad hoc – con las que intenta explicar por qué existiría todo ese supuesto “alarmismo” son la conclusión de un razonamiento objetivo. Pero en realidad es al revés: son el punto de partida de su razonamiento, no el punto de llegada. Como él mismo reconoce, parte de algo que en realidad no sabe con certeza: una intuición, una creencia – que probablemente le resulte cómoda o agradable – y, a partir de allí, construye toda una arquitectura argumental para intentar convencernos de que el cambio climático no existe.
Así es como funciona la mente conspiracionista: no parte de hechos que conducen a una conclusión, sino de una conclusión previa que exige buscar hechos que la sostengan, aunque haya que forzarlos, omitir otros o sacarlos de contexto.
4.3. ¿Todos los gobiernos en el ajo?
Como ya apunté anteriormente, el hecho de que la prácticamente todos los gobiernos del mundo suscriban la tesis antropogénica del cambio climático representa un problema serio para los negacionistas que pretenden que todo formaría parte de una enorme conspiración urdida por las “élites globalistas neoliberales”.
A un problema similar se enfrontaron quienes sostuvieron teorías conspirativas durante la pandemia de Covid-19. Cierto es que, durante aquel episodio, hubo diferentes niveles de conspiracionismo: desde los que sostenían que aquello fue utilizado como excusa para enriquecerse vendiendo vacunas ineficaces, hasta quienes creían que la pandemia fue un experimento global de control social, pasando por los que directamente afirmaban que el virus había sido creado en laboratorio con fines genocidas. Yo me refiero, sobre todo, a la versión más extrema de este delirio: aquella según la cual el virus fue fabricado en laboratorio, pero –curiosamente – en realidad no hubo ninguna pandemia, y todos los gobiernos del mundo se habían puesto de acuerdo para hacernos creer que sí la había… aunque no existiese.
Cuando semejantes delirios lo sostienen grupos neonazis completamente desconectados de la realidad, puede hasta parecer comprensible dentro de su universo mental. Lo verdaderamente llamativo es cuando estas ideas son adoptadas por izquierdistas provenientes del marxismo o del postcomunismo, que aseguran que todo formaba parte de una gran conspiración de las “élites globalistas”. Izquierdistas que, además, suelen simpatizar con gobiernos como los de Irán, Venezuela, Cuba, Siria o Rusia, por el hecho de no estar alineados geopolíticamente con los Estados Unidos.
Pero si estas personas son conscientes de que existen bloques geopolíticos enfrentados entre sí, ¿cómo pueden al mismo tiempo sostener que todos los países del mundo estaban metidos en el ajo? Porque, claro, toda teoría debe poder someterse a algún tipo de criterio de falsación, y cuando se les señalaba que resultaba como mínimo extraño que todos, absolutamente todos los gobiernos del mundo – desde Estados Unidos hasta China, pasando por Rusia, Cuba, Venezuela o Irán – estaban coordinados en una misma conspiración, lo habitual era que no supieran qué responder. A menos, claro está, que haciendo todo tipo de piruetas mentales, acabaran explicándonos que también los gobiernos de Cuba, Venezuela, Irán o Corea del Norte, por alguna razón inconfesable, estarían igualmente implicados en la conspiración globalista.
Es algo muy parecido a lo que ocurre con la teoría del falso alunizaje de la misión Apolo XI. Si bien es cierto que, en un contexto de Guerra Fría, la Unión Soviética no felicitó públicamente a los Estados Unidos, lo cierto es que nunca negó que los estadounidenses hubieran llegado a la Luna. De hecho, el diario Pravda mencionó el alunizaje de forma sobria en su edición del 22 de julio de 1969.
Esto, por supuesto, resulta tremendamente problemático para los teóricos de la conspiración, especialmente para aquellos que provienen del marxismo o incluso – porque sí, eso existe – se siguen definiendo como comunistas. ¿Cómo resuelven esta contradicción? Pues, de nuevo, recurriendo a argumentos ad hoc: o bien sostienen que la Unión Soviética también formaba parte de la conspiración, o bien dicen que, aunque los soviéticos sabían que el alunizaje era falso, decidieron no decir nada. ¿Y por qué? Porque patatas.
Lo importante aquí es el mecanismo mediante el cual razonan: cuando afirman este tipo de cosas, los teóricos de la conspiración no parten de hechos, ni de pruebas sólidas, sino que improvisan sobre la marcha, tanteando a ciegas con tal de sostener una teoría ya de por sí delirante… aunque para ello deban abrazar una explicación aún más absurda que la tesis inicial.
Entonces, volviendo al cambio climático, cabe preguntarse, ¿existe realmente una diferencia sustancial entre estas teorías disparatadas, y la teoría de la “gran conspiración” del consenso científico para hacernos creer en un cambio climático inexistente? Pues, si uno lo piensa con detenimiento, no hay ninguna diferencia. Porque esta última teoría supondría que, pese a tratarse – según sus defensores – de una conspiración de las “élites globalistas neoliberales” (con Margaret Thatcher a la cabeza, al menos según la versión neoreaccionaria de izquierdas), todos, absolutamente todos los gobiernos del mundo estarían alineados con ella. Todos, salvo, tal vez, el gobierno de Donald Trump, que curiosamente es un gobierno neoliberal.
Los gobiernos de China, Rusia, Irán, Venezuela, India, Vietnam, Cuba y Corea del Norte firmaron el Acuerdo de París, el tratado internacional sobre cambio climático adoptado el 12 de diciembre de 2015 durante la Conferencia de las Partes (COP21) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), y que entró en vigor el 4 de noviembre de 2016. Incluso Siria, gobernada en aquel entonces por el régimen de Bashar al-Assad, acabó adhiriéndose: si bien inicialmente no firmó el acuerdo, lo hizo en noviembre de 2017, ratificándolo poco después.
¿Cómo se explica esto si, como sostiene Bruno Cossío, la tesis del cambio climático antropogénico es una gran conspiración “perfectamente funcional a la globalización neoliberal y a la deslocalización industrial”? ¿Porque hay países como China que se han beneficiado de las deslocalizaciones? Pero esto no resiste el menor análisis. En primer lugar, las deslocalizaciones a países de Asia no han reducido las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que las han aumentado. Luego es insostenible afirmar que la tesis del cambio climático antropogénico es funcional a la globalización. En segundo lugar, esto sigue sin explicar por qué países como Cuba, Venezuela, Siria o Corea del Norte han asumido también la existencia del cambio climático antropogénico.
Es cierto que algunos países han firmado y ratificado el Acuerdo de París, como es el caso de Rusia, pero han expresado dudas acerca del origen antropogénico del cambio climático. Por ejemplo, en una conferencia de fin de año de diciembre de 2019, Putin afirmó que “el cambio climático es real y representa un gran impacto para Rusia” [21], pero también manifestó incertidumbre sobre su causa, señalando que “nadie sabe” si es de origen humano o natural [22]. Sin embargo, utilizar esta declaración como “argumento” para negar la responsabilidad humana en el cambio climático sería de nuevo incurrir en una falacia de autoridad de lo más estúpida, dado que – y esto no es ninguna novedad – Putin no es climatólogo.
En el caso de Irán ocurre algo parecido: aunque el país ha firmado el acuerdo, no lo ha ratificado. No obstante, su participación formal implica un reconocimiento explícito del fenómeno y de su importancia global.
Sin embargo, volviendo a Rusia, la Doctrina Climática de Rusia (aprobada en 2009 y actualizada en 2023 por mandato presidencial) describe el cambio climático como “uno de los problemas internacionales más importantes del siglo XXI”, y establece la necesidad de implementar medidas “para mitigar el impacto antropogénico” del clima [23]. Teniendo en cuenta que el hecho de aplicar dichas medidas no supone un coste cero, ¿por qué Rusia se molestaría en adoptarlas si no creyera en el cambio climático o no considerara que se debe a la actividad humana?
¿Acaso lo hace para evitar quedar más aislada internacionalmente? Muy bien, esa podría ser una explicación. Pero entonces, ¿cómo se explica que China, en cambio, no solo reconozca la existencia del cambio climático, sino que además afirme con claridad que su origen es la actividad humana? En la cumbre del 22 de abril de 2021, el presidente Xi Jinping declaró que “los recientes eventos – como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la desertificación y los fenómenos meteorológicos extremos – representan graves desafíos para la supervivencia y desarrollo humanos”, y subrayó la necesidad de “honrar la CMNUCC y el Acuerdo de París” [24].
En abril de 2025, durante una cumbre virtual de líderes, Xi Jinping subrayó que “independientemente de cómo cambie el mundo, China no desacelerará sus acciones climáticas” y reafirmó su papel activo en la gobernanza climática mundial [25]. De nuevo, ¿por qué China se tomaría tantas molestias en acelerar estas “acciones climáticas” si realmente creyese que el cambio climático es un bulo?
Frente a este problema, la magufada negacionista – especialmente la neorreaccionaria de izquierdas – sólo tiene dos opciones:
a) O bien la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo se chupan el dedo y se les ha hecho creer en un cambio climático inexistente, y los negacionistas que escriben en internet son más inteligentes que ellos;
b) O bien, en su fuero interno, no creen en el cambio climático, pero fingen ante la opinión pública que sí creen. Esa era, por ejemplo, la tesis defendida por Andrei Kononov (antiguo escritor para La Razón Comunista), quien aseguraba saber mejor que el propio Xi Jinping lo que hay en la cabeza de Xi Jinping.
Si resulta que optan por la segunda opción – lo más común, porque la primera se descarta de antemano, salvo que estemos ante personas que se han vuelto completamente locas – entonces vuelven a surgir los argumentos ad hoc. ¿Que Xi Jinping afirma que existe un cambio climático? “Le interesa reforzar esa narrativa porque así China puede vender más coches eléctricos” (argumento que he escuchado de forma recurrente). Pero, una vez más, es una explicación improvisada que no se basa en datos científicos reales sobre climatología, sino que parte de una creencia previa que luego se intenta justificar construyendo una narrativa “a medida”.
Esto es una falacia conocida como falacia de doble vinculación (double bind) o argumento infalsable: si Xi Jinping afirmara que no existe el cambio climático antropogénico, eso sería la “prueba” de que los negacionistas tienen razón; pero si afirma que sí existe… pues también es la “prueba” de que los negacionistas tienen razón. Esto es lo que en francés se llama “pile je gagne, face tu perds” (si sale cara, yo gano; si sale cruz, tú pierdes). Sea lo que sea lo que afirmen los dirigentes del mundo, con esta lógica disfuncional, los negacionistas siempre terminan teniendo la razón.
Ahora bien, incluso si se le concediera un mínimo de crédito a esta tesis – es decir, que muchos gobiernos del mundo afirman creer en el cambio climático antropogénico, aunque en realidad no creen en él – resulta difícil creer que, por dar un ejemplo, los gobiernos de Cuba, Rusia, Venezuela y China (véase Hungría o Eslovaquia) estén dispuestos a contradecir abiertamente a la mayoría de gobiernos occidentales en cuestiones tan sensibles como el conflicto en Ucrania –rechazando la narrativa de la OTAN–, pero al mismo tiempo acepten sumisamente la narrativa de esas mismas “élites occidentales neoliberales” sobre un cambio climático que supuestamente no existe. Defender la coherencia de algo tan disparatado es, cuanto menos, complicado.
4.4. El cui prodest como modo disfuncional de razonamiento
El argumento que involucra a Margaret Thatcher no es la única teoría conspirativa ad hoc empleada para negar la existencia del cambio climático. De hecho, al final de su artículo, Bruno Cossío enumera diversas explicaciones alternativas manejadas por el negacionismo, que iremos examinando una por una. Pero antes conviene detenernos en una herramienta retórica que los negacionistas – y en general los teóricos de la conspiración – suelen utilizar con frecuencia, que es la locución latina cui prodest? (también conocida como cui bono?).
En efecto, en su artículo hay todo un párrafo con una sucesión de explicaciones ad hoc que tratarían de explicar la «histeria alarmista» en torno a un cambio climático que, según él, sería inexistente. Este párrafo lleva precisamente por título la locución Cui Prodest?, expresión que proviene del derecho romano y cuyo uso más conocido se atribuye al orador y jurista romano Marco Tulio Cicerón (106–43 a.C.). Literalmente significa “¿a quién beneficia?” y se utiliza para sugerir que la responsabilidad de un hecho puede deducirse observando quién se beneficia de él.
Siguiendo esta lógica, Bruno Cossío sugiere que la teoría del cambio climático no sería más que una herramienta ideológica funcional a los intereses de las élites capitalistas, impulsada – según él – por figuras como Margaret Thatcher y utilizada como una suerte de “doctrina del shock” para justificar cierres industriales, saqueos fiscales y formas de neocolonialismo.
Pero este razonamiento parte de una aplicación burda y unilateral del principio cui prodest, muy habitual en el pensamiento conspirativo. Porque el problema es que preguntarse a quién beneficia una narrativa no basta para demostrar que dicha narrativa es falsa. También sería necesario refutar los datos empíricos y los modelos científicos que sostienen la existencia del cambio climático, cosa que Cossío no hace, como ya hemos mostrado anteriormente. Todo su discurso se reduce a una lectura política en clave puramente intencionalista: si quienes promueven una idea se benefician de ella, entonces dicha idea debe ser falsa o, al menos, sospechosa. Este es un error lógico de base, comparable al de afirmar que, como Pfizer gana dinero con las vacunas contra el Covid-19, entonces las vacunas no funcionan.
El cui prodest es, como mucho, una pista válida dentro de una investigación, pero de ningún modo constituye una prueba concluyente. Cuando se investiga un crimen, la policía puede partir de esta lógica para identificar un posible móvil, pero eso no la exime de reunir pruebas materiales, testimonios y una reconstrucción coherente de los hechos para imputar a alguien con fundamento. Por eso, cuando el cui prodest se emplea como único argumento, se incurre en lo que se conoce como falacia de causalidad interesada, o también reduccionismo intencionalista.
De hecho, el uso abusivo del cui prodest puede llevar fácilmente al absurdo. Basta con aplicar esta lógica a las teorías conspirativas surgidas durante la pandemia de Covid-19. Mientras que grandes empresas emblemáticas del capitalismo estadounidense – como J.Crew (ropa), J.C. Penney (grandes almacenes) o Hertz (alquiler de autos) – quebraron a raíz de la crisis sanitaria, otras, como las plataformas de entretenimiento digital (Netflix, Prime Video, HBO), muy probablemente se vieron beneficiadas por los confinamientos. Si siguiéramos el razonamiento implacable de los negacionistas (“¿a quién beneficia?”), podríamos llegar a sostener sin rubor que estas plataformas urdieron un complot global para hacer creer a la población en una pandemia ficticia, o que incluso contribuyeron a fabricar un virus en laboratorio con el objetivo de empujar a los gobiernos al confinamiento… y así aumentar suscriptores.
Es más, esta concepción simplista y conspirativa del cui prodest se aleja profundamente de la concepción materialista del mundo de Karl Marx, a pesar de que Bruno Cossío escribe en una revista, La razón comunista, que supuestamente reivindica su pensamiento. Es cierto que una lectura simplista del marxismo puede desembocar en un uso abusivo del cui prodest, pero Marx nunca utilizó literalmente esa expresión. Y su análisis de la historia y de las formaciones sociales no se basaba en sospechas intencionalistas, sino en el estudio riguroso de las estructuras materiales y de las relaciones de producción. Para Marx, la superestructura ideológica – el derecho, la moral, la religión, la política, etc. – está condicionada por la base económica, y por tanto, expresa, de forma históricamente determinada, los intereses de una clase dominante. Pero esto no equivale a decir que toda producción de saber es pura manipulación consciente diseñada por una élite.
Es más, esta concepción simplista y conspirativa del cui prodest se aleja profundamente de la concepción materialista del mundo de Karl Marx, a pesar de que Bruno Cossío escribe en una revista, La razón comunista, que supuestamente reivindica su pensamiento. Es cierto que una lectura simplista del marxismo puede desembocar en un uso abusivo del cui prodest, pero lo cierto es que Marx nunca utilizó literalmente esa expresión. Y su análisis de la historia y de las formaciones sociales no se basaba en sospechas intencionalistas, sino en el estudio riguroso de las estructuras materiales y de las relaciones de producción. De tal forma que para Marx, la superestructura ideológica (el derecho, la moral, la religión, la política, etc.) está condicionada por la base económica, y por tanto, expresa – de modo históricamente determinado – los intereses de una clase dominante. Pero esto no equivale a decir que toda producción de saber es pura manipulación consciente diseñada por una élite.
Y esa diferencia es crucial. Porque, en cambio, otros pensadores posmodernos como Michel Foucault y otros como Pierre Bourdieu o Thomas Kuhn – adoptaron versiones más elaboradas del cui prodest. De nuevo, aquí se hace evidente que la cosmovisión de ciertos neoreaccionarios de izquierdas se aproxima mucho más al posmodernismo que a una visión materialista y científica del mundo. Foucault, por ejemplo, se preguntaba a quiénes sirven determinados saberes como la medicina, la criminología, o la psiquiatría, entendidos como dispositivos de poder.
En ese marco, la ciencia no se concibe como un método para aproximarse a la verdad, sino como un constructo funcional a relaciones de poder. Una lectura crítica del conocimiento que guarda una estrecha afinidad con el ya mencionado Programa Fuerte de Edimburgo. Y es precisamente aquí donde la posición de Bruno Cossío coincide de lleno con los enfoques que, en teoría, pretende rechazar: su visión de la ciencia como una institución estructuralmente corrompible y al servicio de intereses económicos – intereses que, por cierto, nunca especifica con claridad – es perfectamente compatible con la crítica posmoderna a la idea de una ciencia objetiva.
Dicho esto, pasemos ahora a examinar uno por uno los argumentos ad hoc que enuncia Bruno Cossío en su artículo, y que supuestamente explicarían – según la lógica simplista y abusiva del cui prodest – por qué se habría intentado hacer creer al mundo en un cambio climático que, en realidad, no existiría.
a) “La teoría del calentamiento global resurgió en un momento muy conveniente para las élites estadounidense y europea: los años 80, en plena implantación del neoliberalismo en medio de grandes huelgas y una fuerte represión.”
Falso. Como ya hemos visto anteriormente, la tesis del cambio climático antropogénico tiene raíces científicas que se remontan al siglo XIX. En las décadas de los 50 y los 60, científicos como Charles Keeling comenzaron a medir concentraciones crecientes de CO2 en la atmósfera. Para los años 70, la climatología moderna ya estaba consolidada, con los primeros modelos climáticos computacionales y estudios interdisciplinarios sobre el impacto del aumento del CO2. En 1972, la Conferencia de Estocolmo sobre el Medio Ambiente Humano – auspiciada por la ONU – abordó por primera vez el cambio climático como un problema global. Y en 1979, el Informe Charney de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. advirtió de forma explícita sobre los riesgos del calentamiento global inducido por la actividad humana. Margaret Thatcher no tuvo absolutamente nada que ver con estos desarrollos científicos previos.
Además, correlación no implica causalidad: que los discursos políticos sobre el calentamiento global hayan coincidido con el auge del neoliberalismo no significa que uno haya sido causado por el otro. La lucha contra el cambio climático ha sido asumida tanto por gobiernos neoliberales como por gobiernos de muy distinto signo: neoliberales, socialdemócratas, o incluso comunistas (como el de China). De hecho, algunos de los grandes think tanks neoliberales – como el Heartland Institute [26], el Heritage Foundation [27] o el Cato Institute [28] – han financiado y promovido activamente el negacionismo climático durante décadas.
b) “Thatcher impulsó la lucha contra el cambio climático porque le convenía demonizar el carbón y aplastar a los mineros.”
Esta afirmación es históricamente insostenible. La guerra contra los mineros en Reino Unido (1984-85) tuvo motivaciones políticas y económicas muy concretas: debilitar los sindicatos, reducir el déficit fiscal y llevar a cabo una reconversión industrial orientada hacia una economía de mercado más “eficiente”. Thatcher no necesitaba en absoluto recurrir a un cambio climático como excusa para ese enfrentamiento.
Es cierto que su gobierno buscaba reducir la dependencia del carbón británico, porque resultaba más caro que el importado y además la industria minera era ampliamente deficitaria, algo inaceptable para la lógica neoliberal. Sin embargo, eso no impidió que su gobierno siguiera utilizando combustibles fósiles como el gas y el petróleo del Mar del Norte, que – como es evidente – también emiten gases de efecto invernadero. De hecho, Thatcher sustituyó gran parte del carbón británico por carbón importado de países como Colombia, Polonia, Sudáfrica y Australia [29]. Por tanto, la tesis de que el cambio climático fue un instrumento ideológico al servicio de su lucha contra la minería británica no se sostiene.
Es más, si el cambio climático hubiese sido una “mentira” útil a Thatcher, ¿cómo se explica que gran parte de la derecha británica – incluso dentro su propio partido – haya adoptado posturas negacionistas durante décadas? La mayoría de sus herederos ideológicos han rechazado o minimizado el problema climático. Además, las primeras declaraciones públicas de Thatcher sobre el cambio climático, incluido su discurso ante la ONU en 1989, son posteriores a la gran huelga minera de 1984-85. La cronología, nuevamente, desmiente la hipótesis conspirativa.
c) “El calentamiento global fue funcional a la globalización y deslocalización industrial.”
Este argumento incurre en una inversión de la lógica causa-efecto. La deslocalización industrial fue impulsada fundamentalmente por el abaratamiento de la producción, no por consideraciones ambientales. De hecho, muchas industrias trasladaron sus fábricas precisamente para eludir las regulaciones ambientales más estrictas en los países desarrollados. En los inicios de la globalización no hacía falta ser un genio para prever que el incremento de los intercambios comerciales y la deslocalización de la producción a miles de kilómetros iba a aumentar la emisión de gases de efecto invernadero. Luego, el calentamiento global no fue una excusa de la globalización, sino una de sus consecuencias más visibles.
d) “El calentamiento global surgió en una época en la que había quedado patente que la dependencia del petróleo podía ser un problema muy grave para Occidente, por lo que buscar alternativas era más un imperativo económico que ecológico.”
Con esta afirmación, Cossío sugiere que el discurso sobre el cambio climático apareció oportunamente para justificar la búsqueda de alternativas al petróleo, no por razones ecológicas reales, sino como una coartada económica y geopolítica. Esta idea puede tener una parte de verdad: efectivamente, hubo – y sigue habiendo – razones geoestratégicas para diversificar las fuentes de energía. Sin embargo, esto no invalida en absoluto la realidad del cambio climático, porque ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Que existan intereses económicos o políticos en el desarrollo de energías alternativas no significa que el cambio climático haya sido inventado para justificarlos. De hecho, la base científica del cambio climático es independiente de cualquier estrategia geopolítica. Los informes del IPCC y las investigaciones sobre el calentamiento global no provienen de think tanks, departamentos de Estado, ministerios de Asuntos Exteriores ni de la OPEP. Provienen de la labor de miles de científicos de todo el mundo, con estudios revisados por pares y publicados en revistas especializadas.
e) “El cambio climático es, además, una excelente forma de neocolonialismo: intentar penalizar y evitar que países en vías de desarrollo se electrifiquen.”
Aquí estamos ante una falacia de falso dilema: luchar contra el cambio climático y apoyar el desarrollo energético de los países del Sur global no son objetivos mutuamente excluyentes. De hecho, existen múltiples proyectos de electrificación en África basados en energías renovables – solar, eólica, hidráulica – que, además de ser más sostenibles, resultan incluso más baratas que los combustibles fósiles en muchas regiones. Además, mientras escribo estas líneas, distintos países en vías de desarrollo como Egipto, Sudáfrica, Nigeria, Bangladesh, Pakistán, India o Vietnam están construyendo centrales nucleares, precisamente con el objetivo de garantizar su soberanía energética a largo plazo.
Además, si la narrativa del cambio climático fuera realmente una herramienta neocolonial para frenar el desarrollo del Sur global, lo lógico sería que estos países se opusieran frontalmente a los acuerdos climáticos internacionales. Sin embargo, no es lo que ocurre. Lo que vemos en la práctica es que muchos de ellos no solo participan activamente en cumbres como los acuerdos de París o de Dubái, sino que también impulsan sus propias políticas climáticas y exigen recursos financieros, transferencia tecnológica y condiciones justas para avanzar en su transición energética.
A menos, claro está, que uno crea que todos los líderes del Sur global se chupan el dedo y se dejan engañar fácilmente por Occidente, mientras que Bruno Cossío, desde su teclado, ha descubierto la verdad que ningún gobierno del planeta ha logrado ver.
f) “Los impuestos indirectos al carbono y las subvenciones a lo ‘eco’, las energías renovables y otros agujeros de dinero público se están convirtiendo en una forma más de saqueo de la riqueza de los trabajadores para traspasar cada vez más a las grandes empresas.”
Este tipo de argumento confunde dos cosas distintos: el de la realidad del cambio climático y el de las políticas públicas para enfrentarlo. Que existan impuestos al carbono o subvenciones a las energías renovables no significa que el cambio climático sea un bulo. Del mismo modo que la existencia de impuestos sobre el tabaco no implica que el cáncer de pulmón sea una conspiración, las políticas fiscales en materia climática no son un argumento contra la existencia del calentamiento global. Son, como mucho, instrumentos económicos, discutibles o perfectibles, pero no son refutaciones científicas.
Es cierto que en muchos países estas políticas han sido objeto de críticas – por su regresividad, por problemas de eficiencia o por riesgo de “captura regulatoria” (cuando grandes empresas logran moldear políticas públicas a su favor). Pero esto no invalida ni la urgencia climática ni la necesidad de tomar medidas. Se trata, en todo caso, de un debate sobre cómo se distribuyen los costos y beneficios de la transición ecológica, no sobre la existencia misma del cambio climático es real. Es un debate político, no científico.
Además, para que el argumento de Bruno Cossío tuviera alguna coherencia, habría que suponer la existencia de una enorme conspiración que involucra a gobiernos, empresas de renovables, ONGs, científicos y organismos multilaterales, todos confabulados para “saquear a los trabajadores” usando el cambio climático como excusa. Esto resulta sumamente inverosímil, especialmente si se tiene en cuenta la diversidad de intereses, visiones ideológicas y conflictos abiertos en torno a estas políticas.
g) “Las petroleras, al contrario de lo que sostienen algunos, no están perdiendo dinero con esto, porque todo al final lo paga el usuario.”
Es cierto que las grandes petroleras no han desaparecido, y muchas siguen siendo altamente rentables. Pero esto no demuestra en absoluto que “el cambio climático sea un negocio para ellas”, ni que existan tensiones reales entre la descarbonización y el modelo fósil. Algunas empresas del sector – como Shell, Total Energies o BP – han comenzado a diversificarse e invertir en energías renovables o tecnologías “bajas en carbono”, para adaptarse en un mercado en transformación.
Que estas empresas busquen proteger sus beneficios no significa que “estén detrás” del discurso climático. De hecho, como vimos anteriormente, históricamente han sido algunos de los principales financiadores del negacionismo climático. Por otro lado, otras petroleras, como ExxonMobil [30] o Saudi Aramco [31], continúan apostando abiertamente por los combustibles fósiles y hacen lobby activo contra las políticas climáticas.
En cuanto a la afirmación de que “todo lo paga el usuario”, se trata de una generalización que omite matices clave. Es cierto que algunos costes de la transición energética pueden repercutirse sobre los consumidores si no hay mecanismos adecuados de justicia distributiva. Pero eso no es una fatalidad. Se pueden diseñar políticas concretas para redistribuir los costes y proteger a las clases populares: tarifas progresivas, ayudas a la rehabilitación energética, subsidios cruzados, reinversión de la fiscalidad verde en servicios públicos o en transferencias directas para los hogares más vulnerables, entre otras.
Lo que esta crítica evidencia no es que el cambio climático sea un “bulo”, sino que muchas políticas actuales deben mejorarse desde el punto de vista de la equidad social. Y eso es precisamente lo que reclaman quienes defienden la justicia climática. La respuesta no es negar la crisis climática ni resignarse al statu quo, como parece sugerir Bruno Cossío, sino luchar por una transición energética que sea más justa y democrática.
h) “El negocio montado en torno al cambio climático es ya de proporciones demasiado grandes para admitir dudas o incertidumbres.»
Este argumento cae en lo que se llama falacia conocida como “ad hominem estructural” y en un reduccionismo economicista conspirativo: se intenta desacreditar la validez de la ciencia climática basándose en quién se beneficiarían económicamente de ella, en lugar de discutir sus evidencias o méritos científicos.
¿Hay empresas que ganan dinero con la transición energética? Sí. ¿Significa acaso que el cambio climático no existe? Por supuesto que no. De manera análoga, que el éxito comercial de empresas como Pfizer-BioNTech, Moderna o AstraZeneca durante la pandemia de Covid-19 no demuestra que el coronavirus fuese un montaje. La rentabilidad de ciertos actores en el mercado de las tecnologías verdes no invalida décadas de investigación científica rigurosa sobre el calentamiento global.
Además, si realmente existiera un “negocio climático” tan monolítico y potente, ¿cómo se explica que sigan tantas resistencias y retrocesos en la acción contra el cambio climático? ¿Por qué un líder empresarial y político como Donald Trump, que no se pierde ninguna oportunidad de hacer negocios, mantenga posturas negacionistas pese a las supuestas oportunidades lucrativas de la transición ecológica?
¿Tal vez porque algunos sectores de la “oligarquía” sí ganan dinero con la lucha contra el cambio climático, mientras que otros no? Pero, en cualquier caso, eso no es un argumento contra la ciencia: al cambio climático le es indiferente quién gane o pierda dinero con él, de la misma manera que nosotros, como seres humanos, le somos del todo indiferentes al universo.
Finalmente, a modo de cierre de esta tercera entrega, comentaremos la última suposición que lanza Bruno Cossío al final de su artículo. Conviene subrayar que no es tan importante lo que dice, sino cómo lo dice:
“También es probable que haya influido a la hora de inflar esta burbuja de pánico el que todas las grandes potencias se beneficien de alguna manera del negocio del cambio climático. Son países que exportan gas, paneles solares, molinos de viento… Todos pueden encontrar una parcela en la que sacar beneficios temporalmente.”
Una vez más, estas afirmaciones no son más que una sarta de especulaciones vagas basadas en el uso abusivo del principio cui prodest – cosa a la cual ya hemos respondido extensamente –. Pero lo verdaderamente revelador está en el uso de expresiones como “es probable”, “de alguna manera”, “pueden encontrar”. Es decir, el propio Cossío está reconociendo, entre líneas, que no sabe si alguien se beneficia del supuesto negocio del cambio climático. Solo lanza hipótesis sin evidencia alguna.
Y si no sabe quién se beneficia, ni cómo ni por qué, entonces no tiene ninguna base sólida para sostener que el cambio climático no existe. No se puede refutar un consenso científico global con frases condicionales y suposiciones vagas. En resumen: quien no sabe nada sobre los supuestos beneficiarios del “negocio climático” tampoco está en condiciones de decir nada serio sobre la validez de la ciencia del clima.
Fuentes:
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Sociolog%C3%ADa_de_la_ciencia
[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Programa_fuerte
[4] El lysenkismo fue una doctrina pseudocientífica promovida en la Unión Soviética a partir de los años 30 por el agrónomo Trofim Lysenko, quien rechazaba la genética mendeliana (basada en la herencia genética y la biología molecular) y proponía en su lugar una versión distorsionada del lamarckismo, según la cual los rasgos adquiridos se heredan. Lysenko sostenía que su enfoque era una “ciencia proletaria”, en oposición a la “ciencia burguesa” representada por la genética moderna.
[5] https://ideas.repec.org/a/spr/climat/v122y2014i4p681-694.html
[6] https://cssn.org/wp-content/uploads/2020/10/Brulle2021_Article_ObstructingActionFoundationFun.pdf
[8] Según el pensamiento de Gustavo Bueno, plasmado en su obra El mito de la izquierda (2002), la “izquierda extravagante” está compuesta por ONG y movimientos sociales que se dedican exclusivamente a luchas parciales, normalmente en los márgenes del Estado, y que carecen de un proyecto político definido especto del mismo. A diferencia de la “izquierda políticamente definida”, que aspira a organizar el poder del Estado de una manera concreta, la izquierda extravagante opera como una constelación de causas fragmentarias desligadas de toda articulación estatal coherente.
[9] https://www.worldnuclearreport.org/Fewer-Countries-Building-New-Reactors
[11] https://www.worldnuclearreport.org/The-World-Nuclear-Industry-Status-Report-2023-HTML.html
[12] https://www.statista.com/statistics/1263396/share-of-electricity-capacity-france/
[13] https://inis.iaea.org/records/jrktb-c9792
[14] https://as.com/us/futbol/el-dinero-que-mueve-la-copa-mundial-de-qatar-2022-n/
[17] https://www.bruegel.org/news/finding-right-balance-sheet-quantitative-tightening-euro-area
[18] https://www.iaea.org/es/newscenter/news/que-son-los-reactores-modulares-pequenos-smr
[19] https://en.wikipedia.org/wiki/ITER
[20] Margaret Thatcher, Statecraft: Strategies for a Changing World, HarperCollins, 2002
[24] https://climatica.coop/presidente-china-no-detendran-medidas-climaticas/
[25] https://www.mfa.gov.cn/esp/zxxx/202504/t20250425_11604272.html
[27] https://www.mediamatters.org/rush-limbaugh/meet-climate-denial-machine
[28] https://www.desmog.com/cato-institute/








