De Ábalos a Lamine: la cultura del putero en diferentes formatos

0

Hay fiestas que acaban en resaca… y hay culturas que se arrastran como una resaca eterna: la del putero.

Autora: Maria Viu (Espai FIGA)

La abolición de la prostitución no es solo una manía del feminismo radical, ni una extravagancia moral. Es, sencillamente, la piedra de toque que separa el feminismo de la rendición. Y es que no se puede hablar de derechos de las mujeres mientras se permite —o se maquilla— un sistema global de explotación sexual que convierte nuestros cuerpos en mercancía. La prostitución no es el trabajo más antiguo del mundo: es la forma de violencia patriarcal más antigua y todavía hoy en día es una máquina muy bien engrasada donde se recicla el machismo con disfraces nuevos: desde la pornografía digital hasta las fiestas VIP con “chicas de imagen”.

Y hablemos claro: detrás de eufemismos como trabajo sexual, chicas de compañía o servicio de azafatas, lo que encontramos es la cosificación sistemática de las mujeres. Lo que hay es una realidad machista que convierte a las mujeres —especialmente a las jóvenes, pobres y migrantes— en bienes de consumo masculino. Lo que hay es una industria de la sumisión, de la desigualdad y de la violencia.

En las últimas semanas, dos ejemplos han dejado en evidencia hasta qué punto el sistema está podrido, pero también hasta dónde está normalizado. El primero es conocido: la investigación de la UCO que implica a políticos socialistas como Ábalos, Koldo o Cerdán en tramas corruptas inmersas de pleno en el sistema prostitucional. Políticos —y asesores— que se ponen la careta de progresistas, que hablan de igualdad en la tribuna del Congreso, y después acaban de puteros en clubes de carretera mientras negocian contratos. Es la hipocresía institucional de siempre: discursos modernos y prácticas patriarcales de toda la vida.

Pero el segundo caso es, al menos, igual de ilustrativo, y quizás todavía más lamentable: la fiesta de cumpleaños de Lamine Yamal, la joven promesa del Barça, celebrada en una masía con 200 invitados, música de moda, influencers y… “chicas de imagen”. Una expresión que apesta a patriarcado, pero que mucha gente todavía pronuncia con una sonrisa cómplice. Estas mujeres jóvenes y atractivas son contratadas para que “hagan bonito”, para que posen, sonrían y hagan más agradable el ambiente a los hombres. ¿Alguien sabe si había también “chicos de imagen” para alegrar la vista a las mujeres? No. Porque esto no va de paridad, sino de rol social: el hombre elige, la mujer decora. Se da la circunstancia de que para la fiesta también se contrataron ‘’personas con enanismo, y afortunadamente el gobierno del Estado ha reaccionado de prisa aprobando endurecer las sanciones contra la exposición de personas con acondroplasia u otra discapacidad en espectáculos… Por alguna razón la cosificación de las mujeres nunca es combatida con tanta eficacia ni contundencia.

Este tipo de prácticas no son neutrales. No es “una fiesta privada” sin consecuencias. Es cultura de la violación, pero con glamour. Es pornografía viva y en directo, basada en la desigualdad de género y en una normalización absoluta de la mujer como objeto de consumo. No es casual que estas “chicas” sean jóvenes, atractivas y sin ninguna función más que la de hacer de atrezzo. Es exactamente la misma lógica que opera en los prostíbulos, solo que pasada por un filtro de Instagram y música urbana. Cambia la música, pero el patriarcado baila igual.

Tras el maquillaje progresista, la vieja cara del patriarcado baila al ritmo del ‘reggaeton’ i negocia entre copas. ¿Aún hay quien piensa que son casos aislados?

Lamine Yamal es joven, es inmigrante y ha triunfado en un mundo dominado por la élite blanca. Es un símbolo para muchos. Pero esto no lo exime de responsabilidad. Porque cuando utilizas tu poder para rodearte de mujeres para tratarlas como objetos, estás colaborando activamente con el mismo sistema que nos quiere subordinadas. No hay diferencia estructural entre lo que hace Ábalos en un club y lo que hace Yamal en una fiesta: en los dos casos las mujeres son un recurso, un decorado, un instrumento de prestigio y placer masculino.

Y mientras ocurre esto, ¿qué hace el poder político? Pues absolutamente nada. La ministra de Igualdad haciendo equilibrios para no comprometerse claramente con la LOASP (Ley Orgánica Abolicionista del Sistema Prostitucional), como piden las asociaciones feministas desde hace años. El PSOE, que dice que defiende los derechos de las mujeres, tiene el armario lleno de puteros y cómplices del sistema. Y la derecha, como siempre, culpa al feminismo y aprovecha para criminalizar a las mujeres en situación de prostitución en vez de perseguir a los proxenetas y a los puteros.

Y encima, desde “la izquierda a la izquierda del PSOE”, la trampa del regulacionismo, además, está servida: nos quieren hacer creer que legalizar la prostitución es proteger a las mujeres, cuando en realidad es institucionalizar la explotación. Pero ninguna sociedad realmente igualitaria puede normalizar la idea de que unos tienen derecho a pagar para usar los cuerpos de otros. Eso no es libertad: es esclavitud disfrazada de contrato. Es colonialismo sexual. Y es, sobre todo, misoginia.

Todos estos discursos que nos hablan de “libre elección” olvidan que no hay libertad real en contextos de pobreza, de violencia o de discriminación. Que ninguna niña sueña con ser prostituta, ni con ser “chica de imagen” de un futbolista. Que la mayoría de mujeres que acaban en estas situaciones llegan a ellas por falta de alternativas, por presión social o por supervivencia.

El feminismo, por supuesto, no mira hacia otro lado: no se puede normalizar la cultura del putero con la excusa de que es “otra forma de sexualidad”, no se puede permitir que la pornografía continúe educando a generaciones de hombres en el desprecio y la violencia contra las mujeres, y, del mismo modo, no se puede aceptar que las instituciones se llenen la boca de derechos mientras tapan con silencio la realidad de miles de mujeres esclavizadas, explotadas y descartadas.

Es hora de decirlo alto y claro: no se puede ser feminista y defender la prostitución. No se puede luchar por la igualdad y, al mismo tiempo, justificar que una parte de las mujeres sean sacrificables para el placer de los hombres. No se puede construir una sociedad justa mientras continuamos considerando aceptable que las mujeres jóvenes sean contratadas para adornar las fiestas.

El abolicionismo no es solo una opción política: es una trinchera ética. Es la única postura que reconoce la dignidad innegociable de todas las mujeres. Y es la única que hace frente a todas las formas —viejas y nuevas— del patriarcado.

Porque el machismo no siempre tiene cara de Torrente. A veces juega en el Barça, cobra millones y sonríe a cámara. Pero si considera que las mujeres son reclamos, no es un héroe. Es, simplemente, un machista más con mejor campaña de marketing.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.