Por Candela Aguilar
Como ya avancé en el artículo anterior, la violencia obstétrica es un tipo de violencia que se da en diferentes etapas del embarazo, parto y crianza, aunque, como también señalé en el artículo anterior, yo incluiría las prácticas relacionadas con el IVE. Supone un trato paternalista o infantilización de la mujer, realizar prácticas violentas no consensuadas o no informadas.
En el primer artículo abordé el tema de la violencia en el momento del parto, hoy vamos a hablar de la violencia que sufrimos las mujeres en los primeros meses de crianza, una violencia incluso más invisible que la sufrida en el parto y que quizá nos puede llegar a afectar mucho más.
Durante mi embarazo escuché en infinidad de ocasiones la frase “disfrútalo, el embarazo fue el mejor momento de mi vida”, da la sensación que todo lo que envuelve a la maternidad es sagrado, tanto para lo bueno como para lo malo. En muchos casos, las defensoras de la maternidad, lo envuelven todo en un halo de misticismo y de “naturaleza”, dando la sensación de que todo lo relacionado con la maternidad y la crianza es un milagro maravilloso y el hecho de que puedas tener momentos en los que no puedes más ni está bien visto ni está aceptado. También hay quien ve en la maternidad el mayor de todos los males, un fracaso para las mujeres, el feminismo y la libertad. Quien se sitúa en esta posición juzga a las madres como débiles, como parte del problema.
Y la realidad es que entre estas dos posturas estamos la mayoría de las madres, sintiéndonos juzgadas por todo y por todos, viviendo la crianza como lo que es, algo increíblemente duro y maravilloso a la vez. Cuando das a luz y te ponen por primera vez a tu bebé encima empieza realmente la conexión con él o ella. A medida que van pasando los días os vais conociendo y adaptando a la nueva situación y poco a poco ese ser desconocido que ha salido de ti va convirtiéndose en el centro de tu vida. Pero no es algo mecánico y que pase de un momento a otro, necesita un tiempo y las mujeres necesitamos apoyo para poder vivir esa situación de la manera menos traumática posible.
Quizá, de toda esta etapa, la parte más dura sea la lactancia, y aquí sé que voy a abrir un melón muy delicado y que levanta ampollas. En la lactancia, como en la maternidad, se encuentran dos posturas muy enfrentadas, los defensores de la lactancia (sobre quienes la llevan al extremo al decir que la única lactancia válida es “a demanda” y hasta los dos o tres años) y los defensores de la idea de que la lactancia es una cárcel para las madres. Y como pasa también aquí, entre una postura y otra nos encontramos la mayoría de nosotras. Porque la realidad no es blanca ni negra, está llena de grises. Y lo peor es que muchas de las personas que te van a acompañar en el proceso también tienen su idea sobre la lactancia y van a intentar imponértela en vez de respetar todas tus decisiones. Porque cuando una mujer toma la decisión de no dar el pecho, o de comenzar una lactancia mixta o de seguir con el pecho hasta que quiera se va a encontrar en su camino a infinidad de personas que la van a juzgar y le van a hacer sentir la peor madre del mundo.
La lactancia no es un proceso fácil aunque sea un “proceso natural”. Y es natural en tanto y cuanto somos mamíferos, pero que sea natural no quiere decir que sea un camino de rosas. Tendemos a mitificar todo lo relativo a la maternidad, incluida la lactancia, y cuando mitificamos una cosa, ignoramos las partes negativas o más duras y, al hacerlo, desinformamos a las mujeres que se sienten malas madres porque no son capaces ni de hacer algo tan sencillo como es alimentar a sus hijos e hijas (sencillo dicen).
Y para colmo, en este arduo camino que es la crianza, nos vamos encontrando con profesionales que en vez de acompañarnos sin juzgarnos intentan imponernos su idea de la maternidad ideal. Con esto no quiero decir que no hayamos avanzado y que cada vez las profesionales encargadas de realizar dicho acompañamiento sean más respetuosas y estén más sensibilizadas, pero aun así, como en todo, nos queda mucho camino por andar. Muchas mujeres que no quieren o no pueden dar el pecho se sienten juzgadas y empujadas a hacerlo, o lo que es peor, a dejarlo pero sin ningún acompañamiento. Las que quieren amamantar se enfrentan a comentarios como “tu leche no sirve”, “tu leche no alimenta” o “¿pero aún le das el pecho?”. Si lo haces porque lo haces, si no lo haces porque no lo haces. Si lo sostienes en el tiempo te fiscalizan, si lo dejas pronto también. Da la sensación de que escojamos lo que escojamos lo estamos haciendo mal, y si encima el bebé no tiene ningún problema y es la madre que la ya no puede más, peor aún porque nosotras no tenemos ningún derecho. En el momento de ser madre pasamos a un segundo plano y si no es así y te preocupas por tu bienestar eres un ser desnaturalizado que no debería haberse reproducido.
Cuando te dan el alta y te vas a casa con un bebé que depende al l00% de ti y al que no conoces, recuperándote del parto e intentando establecer la lactancia, es uno de los momentos más duros y estresantes en la vida de una mujer. Y si a esto le sumamos las horas sin dormir, el poco acompañamiento que tenemos y que éste en muchas ocasiones no respeta ni valida los sentimientos de la mujer, creamos un cóctel molotov que puede acabar con la salud mental y física de las madres. Aunque resulte sorprendente no son pocas las mujeres atendidas por depresión post-parto después de dar a luz, entre un 10% y un 20% según los últimos y escasos estudios que tenemos al respecto. Es un hecho que te puede marcar tanto física como psicológicamente, llegando a sufrir, sin el apoyo o el acompañamiento necesario, un deterioro profundo de la salud mental. Pero no solo eso, sino que la Depresión Post-parto está muy invisibilizada y las listas de espera para atender a una mujer que la sufre son larguísimas, por lo que cuando llega la ayuda muchas veces es demasiado tarde y el sufrimiento generado se vuelve crónico.
Es por ello que debemos cambiar nuestra mirada sobre la maternidad y la violencia obstétrica, porque solo a través del camino del reconocimiento podremos exigir soluciones. La salud de las mujeres sigue siendo invisible, la lucha por una salud diferencial y el reconocimiento de nuestros derechos debe ser una parte fundamental del feminismo.








