Por Adriana Flórez
A quien piensa distinto
La pregunta “¿Qué es una mujer?” llega al Tribunal Supremo
En el 2020, una organización feminista escocesa, For Women Scotland, lanzó una impugnación en torno a la interpretación legal de las palabras “hombre”, “mujer” y “sexo”. El pasado 16 de abril de 2025, el Tribunal Supremo de Reino Unido dictaminó que la palabra “mujer” es un concepto jurídico que dentro de la ley de igualdad entre hombres y mujeres de 2010, remite a una realidad material biológica: significa “hembra de la especie humana”.
Se trata de un hito de enorme relevancia en el ya demasiado largo transcurrir de las guerras del género. Según el transactivismo hegemónico, significa la eliminación de los derechos de las “personas trans”. Mientras que, para el feminismo abolicionista y también para eltransactivismo disidente, no anula ningún derecho y significará, no “sólo” la recuperación de los derechos de las mujeres (la mitad de la humanidad), sino también, la protección de los menores y una mejor situación para todas las personas que tienen algún malestar o inquietud en relación con “el género” o con su cuerpo sexuado, en particular, para las “personas trans” y para los y las destransicionadoras, por razones que se pondrán a la consideración del lector en secciones posteriores de este texto.
YZ
¿Irá la palabra “genero” también a los más altos tribunales?, ¿acaso también “patologización”, “terapia de conversión” y “feminismo”?
Que las palabras acudan en su defensa a los tribunales en medio de las llamadas guerras del género, ¿ayuda a sofocar el fuego o por el contrario, le echa más leña? ⎯alguien podría preguntar⎯. Pero, sobre todo: ¿qué las ha llevado a esos extremos?
“El odio” es la respuesta que se dan algunos.
En si aciertan o erran, no, pero en que es una respuesta breve, todos podemos estar de acuerdo. También lo estamos en que quisiéramos que estas guerras no existieran. Sobre todo dentro de una izquierda a la que más que nunca le urge la unidad. ¿Por qué no conseguimos pararlas? ¿Qué las alimenta?
“El odio”, se vuelve a escuchar, concisa, la respuesta. Pero, ¿qué odio?
¿Dónde está el odio?
Con esta pregunta tiene que ver la anécdota alrededor de la cual gira, con desvíos aparentes, esta segunda sección de La palabras van a juicio: del odio al amor platónico. En la sección anterior ⎯preámbulo e introducción⎯ se dijo que no se hablaría del amor platónico ⎯no directamente⎯, sino en secciones posteriores ⎯será al parecer en la IV⎯, que solo se hablaría de Eros y Thanatos, pero ¡tampoco se hizo! En esta sección, en cambio, ellos son los protagonistas. Lo es, sobre todo, Thanatos.
La anécdota que le dio el protagonismo en la escena madrileña a tan notable personaje, tiene a su vez otras dos protagonistas: dos escritoras españolas conocidas, una afín y otra crítica del transactivismo hegemónico.
Aunque en sí misma lamentable, la anécdota ofrece una oportunidad muy valiosa: permite poner bajo la lupa e ilustrar lo que, en mayor o menor medida, nos puede pasar a todos y a todas con el odio (pulsión de muerte). No por otra cosa, sino porque somos seres humanos; ningún misterio.
⎯Qué, ¿en serio?, ¡no me digas que las dos escritoras se pelearon!
⎯No exactamente.
⎯Entonces ¿qué pasó?
⎯Esa es la pregunta, a ver a ti que te parece. Pero sobre todo: ¿qué nos está pasando o nos puede pasar a todos?.
Antes, para que hablar de lo ocurrido nos lleve a algún lado ⎯aunque ya lo hice con mayor amplitud en un texto anterior a propósito de las olimpiadas El <laissez faire> de Paris o quien cabalga por el Sena⎯ tengo que dedicarle a Eros (pulsión de vida) y a Thanatos (pulsión de muerte) ⎯aquí también⎯ algunas líneas:
La distinción entre instinto y pulsión es fundamental para el psicoanálisis y, desde la perspectiva que éste aporta, para contar con una noción profunda de la naturaleza humana desde la cual ⎯por cierto⎯ se puede desmontar la idea de que la subjetividad podrá algún día ser substituida por la inteligencia artificial. Pero de esto último no hablaremos en esta ocasión.
Aunque el instinto animal es siempre de sobrevivencia, en el ser humano se encuentra trastocado; eso no es noticia. Lo está, paradójicamente, por nuestra pertenencia a la cultura, al mundo simbólico del lenguaje. Somos, por lo mismo, susceptibles a la influencia de la pulsión de muerte y de la pulsión de vida; ambas, fuerzas ausentes en el reino animal. Porque, no es la pulsión de muerte ni el odio, sino el instinto de sobrevivencia lo que lleva a los animales a atacarse. En los animales no hay crueldad, no practican la tortura, tampoco se enamoran.
Las pulsiones humanas, si son de muerte, están representadas por Thanatos y nos llevan a la guerra, apuntan a la extinción; si son de vida, están representadas por Eros y nos llevan a la unión, a tejer lazos.
La pulsión de vida (humana) implica muchas más cosas que el instinto de sobrevivencia (animal), implica al deseoque, aunque se puede relacionar con la necesidad, es distinto de ella. A diferencia del instinto, la pulsión de vida opera en la dimensión subjetiva que, aunque se puede apoyar en la biología, la trasciende. Lo mismo ocurre con la pulsión de muerte, con el odio, con “el hervir de la sangre”: es humano, a todos nos atañe, nadie tiene en eso la exclusiva. Y, en la posibilidad de reconocerlo se cifra la esperanza, la posibilidad de que Eros pueda, si no vencer, al menos sí contener a Thanatos, mantenerlo a raya. Hacer como que es algo ajeno a nosotros, pensar que el odio sólo está en el otro, el “y tú más”, le asegura en cambio la victoria.
Así las cosas, en la contienda eterna entre estos dos titanes, Eros y Thanatos, no pudiendo suprimir del todo al mortífero, su represión puede marcar la diferencia. Por eso, la represión, no la de la policía, sino la constitutiva del psiquismo, es imprescindible, sin ella todos seríamos psicópatas. Pero en ocasiones es un arma de doble filo: dependiendo del lugar subjetivo del que venga, queriendo contener a Thanatos, puede devenir, ella misma, thanática; de ahí la neurosis.
Existe ⎯no obstante⎯ una vía alternativa a la represión: la sublimación. Una vía a la que se accede a través del arte cuando consigue convertir nuestras pulsiones, incluso las más oscuras, destructivas y auto destructivas, en belleza edificante. Incluso como espectadores, cuando salimos de una obra que nos conmueve, algo pasa. Cabe mencionarlo ⎯entre otras cosas⎯ porque la anécdota a la que me voy a referir tuvo por escenario una performance en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. ¿Sublimatoria? Creo que al menos esa era su ambiciosa intención, sin ser una cuestión menor lo que pondría sobre la mesa. Lo verá usted querido o querida lectora.
Un poco de represión y mucha sublimación quizás sería lo que mejor nos vendría a todos, pero no es algo que dependa, no tanto como quisiéramos, de nuestra voluntad; una vez más, ese es otro tema
Vamos entonces, ahora sí, a la anécdota, empezando por su telón de fondo, la performance.
Del encuentros al desencuentro en el Círculo de Bellas Artes
El 1 de abril de 2025, una primaveral tarde madrileña, el performer Abel Azcona nos invitó a presenciar el primer encuentro entre él y su madre biológica. Ese día Abel cumplía 37 años de haber nacido y de ser abandonado por su madre, quien entonces tenía 18 años y se encontraba en una situación extrema marcada por la heroína y la prostitución. Desde entonces madre e hijo no habían vuelto a estar en un mismo espacio. Hace muy poco que se habían localizado, pero fue en el escenario de la sala de columnas del Círculo de Bellas Artes donde después de 37 años volvieron a coincidir por primera vez. Ahí, frente a un numeroso publico, se vieron y se tomaron de la mano. “Solo” con eso, el performer y su madre consiguieron que guardáramos la hora de silencio con que acompañamos aquél gesto de sus manos mientras permanecieron entrelazadas. Un hora de un silencio que podría haber durado más, todo lo que ellos hubieran querido.
Abel se había referido a los intentos de aborto de su madre como “actos de amor” que de algún modo lo reconciliaba con ella. La vida ha sido para él ⎯arte aparte⎯ un infierno. Después de intentos fracasados de suicidio, tenía planificada ya la fecha para una muerte segura, pero ha cambiado de idea. No era la primera vez que Abel hacía partícipe a la ciudad de su tragedia personal, devolviéndole su dimensión social. Lo mismo ocurrió aquella tarde, sin embargo, en esta ocasión lo hizo a través de lo que tal vez podría considerarse, un acto sublimatorio de resistencia contra el odio, contra Thanatos, contra la pulsión de muerte. Quién sabe. Hay experiencias humanas para las que no alcanzan ni las palabras ni el silencio.
⎯Ya, pero ¿qué tiene que ver esto con las guerras del género? Yo vine aquí por eso, ¡esto es un timo! ¿Por qué nos cuenta todo esto la autora? Se está yendo por las ramas, para mí que se equivocó de texto.
⎯¿Será? Yo creo que no. Tal vez nos lo cuenta por aquello de que ojalá podamos acabar con esas guerras, ponerle a Thanatos coto, sublimar todo este mal rollo de alguna manera. O, ¡espera!, ahora que lo pienso, tal vez también porque la performance alude a un caso en el que queda particularmente claro lo que es la violencia contra las mujeres por el hecho de serlo, es decir, la violencia basada en nuestro sexo, en nuestras capacidades reproductivas.
⎯Ya te veo, ¡siempre llevando el agua a tu molino!
El hecho es que el encuentro de Abel con su madre, a su vez, dotó a la anécdota a la que me quiero referir de un telón de fondo inmejorable, por contraste la puso de relieve: el encuentro estuvo del lado de la vida, en cambio la anécdota…
Resulta que en aquél evento tan especial nos vimos reunidas personas que pensamos distinto en torno a la “identidad de género”. Estuvimos ahí, ocupando sillas contiguas, tan contiguas que, alguien me dijo juguetón: “os vi, si hubierais estado en una misa tendríais que haberos dado la mano”. “La paz sea contigo” ⎯creo que se dice⎯ “y con tu espíritu” ⎯contesta el otro⎯, ¿cierto?
La cuestión fue que, no sé si llevada por la atmosfera de un evento tan singular, o porque ella es así (amiguera, de las que les gusta tender puentes), una escritora conocida crítica del transgenerismo hegemónicoque ⎯me consta⎯, sin ser la Madre Teresa apuesta por el diálogo, se acercó a otra escritora conocida afín al transactivismo hegemónicopara saludarla. (De ella no digo más, porque no la conozco).
Como creo que un análisis impersonal favorece el diálogo, y las dos protagonistas de la anécdota son escritoras, creadoras de opinión y literatas, y sólo una de ellas, la segunda, es periodista, me referiré a quien tuvo la iniciativa en el saludo como escritora y a quien lo recibió, como periodista.
Y bien, cabe mencionar que es por todos conocido el enorme compromiso que tiene la periodista en la lucha en contra de la violencia sexual contra las mujeres. La escritora, también afín a dicho compromiso, recientemente ⎯por ello⎯ relató un episodio en el que ella misma fue víctima de abuso sexual, tiene una novela donde relata el tiempo en el que permaneció en una situación de cierto grado de violencia patriarcal, antes de su divorcio, etc. Y por cierto, a los pocos días de haber saludado a la periodista en el Círculo, la reconoció citándola en su artículo del 5 de abril en la Vanguardia. El caso es que aquél día, además de saludarla, la escritora le preguntó a la periodista, que se encuentra tan implicada con la temática: “¿qué es lo que hace que las mujeres se queden allí?, ¿por qué aun recibiendo violencia cotidiana no se van?”
Cabe mencionar, también, que ⎯flash back⎯: antes de subir a la sala de columnas del Círculo, en la cafetería, la escritora, otra amiga y yo estuvimos hablando de la dimensión política, del carácter de denuncia que tenía el acontecimiento que íbamos a presenciar. No había faltado quien lo tachara de exhibicionismo, pero para nosotras se trataba del encuentro entre dos víctimas del patriarcado cuya violencia contra las mujeres explica tragedias como las de Abel y su madre, tragedias que muchos y muchas prefieren no mirar. Se trataba de dos víctimas interpelando a su ciudad.
Así, hablando sobre la violencia contra las mujeres en contextos de prostitución, matrimonio o no, por deformación profesional, yo mencioné lo que podría aportar un espacio de escucha, una por una: “en él, las interesadas, además de superar el estrés pos traumático, adquirir consciencia feminista, y etc., pueden elaborar, en nombre propio, los aspectos subjetivos que marcaron y marcan de manera más personal el modo de vivir su historia, aquellos que son irreductiblemente singulares. Eso es lo que les puede permitir recuperarse a sí mismas como sujeto a un nivel aún más profundo, abandonar del todo, en términos psíquicos, el lugar de objeto”.
Pero estuvimos las tres de acuerdo con que, de cara a la toma de consciencia feminista de todas ellas, ellos y la sociedad en su conjunto, la proliferación y difusión de denuncias que hace que emerja con claridad lo común a todos los casos y por ello, el carácter eminentemente social del fenómeno, era de gran valor.
También comentamos que para explicar cómo es que tantas mujeres permanecen por tanto tiempo en una situación de violencia cotidiana, era fundamental caracterizar concienzudamente los factores sociopolíticos y económicos, los modos de violencia que recaen sobre las mujeres, en qué se cimentan y cómo se articulan. Que eso era imprescindible para definir una agenda feminista coherente desde la que poder luchar a nivel estructural contra la violencia que recae en las mujeres por el hecho de serlo, es decir, contra el patriarcado.
⎯En cualquier caso, ya está bien, hay que quitarle el reflector de encima a las mujeres, es necesario “alumbrar” a los hombre agresores, ¡¿qué les pasa?! ⎯dijo Julia, la otra amiga⎯ Imaginaros el caso de la madre de Abel: es insoportable. ¿Cómo puede un hombre aprovecharse de la vulnerabilidad de una mujer adicta a la heroína casi menor de edad?, ¿cómo puede aprovechar una circunstancia tan desgraciada para acceder con dinero sexualmente a su cuerpo; y, sabiendo que la podía embarazar, actuar como si ese solo fuera problema de ella y, eventualmente ⎯como de hecho fue⎯ el de su hijo producto de su abuso? Además, esa violencia que recae directamente en las mujeres prostituidas, aunque indirectamente, nos afecta a todas; eso es lo que poca gente entiende, hay que hacer pedagogía. Pero vamos ya, que se nos hace tarde.
¿Qué ocurrió entonces, ya en la sala de columnas del Círculo, (además del gran acontecimiento, además del encuentro con Abel y su madre), con la escritora y la periodista? Pues, que ante el saludo y pregunta de la escritora: “¿qué es lo que hace que las mujeres se queden allí?, ¿por qué toleran la violencia?”, la periodista… Mejor leamos sus palabras:
“Me quedé estupefacta. Sentí un golpe seco de violencia, de violencia machista. Siempre cuento que cuando mi entonces pareja me envió la frase de ‘esta noche va a haber sangre’, la violencia de aquello tuvo unos efectos físicos que he vivido en más ocasiones […] En menor medida, pero la pregunta de aquella autora me produjo sensaciones físicas similares. Es la respuesta del cuerpo a la violencia macho, y al cuerpo hay que prestarle mucha atención en estos asuntos. Ni siquiera recuerdo qué le respondí a esa tránsfoba cuya brutalidad me echó a temblar.” (Aquí su escritura).
Y bien, querido lector o lectora, se podrá usted imaginar nuestra perplejidad. ¡Tanto qué decir! Pero todavía hay más.
Análisis del odio y su pasaje al acto
¿De qué estuvieron hablando la periodista y sus amigas en la cafetería del Círculo antes de subir a presenciar el encuentro de Abel y su madre? ⎯cabe, metafóricamente, preguntar⎯. Todo parece indicar, en cualquier caso, que la escritora (autora de «Queridas compañeras») y la periodista, al momento de su encuentro en la sala de columnas (encuentro para una, desencuentro para la otra), venían de lugares muy distintos.
Nada nuevo bajo el sol, todos tenemos un mal día, pero el pasaje a la escritura en Público de la periodista, habla de algo distinto que merece ser interrogado. Pero no para poner sobre su persona el foco, no es en absoluto eso lo que aquí importa, no tendría ningún sentido. Se trata de interrogarnos a propósito de una dinámica social en la que de un modo u otro, desde lugares distintos, todos estamos atrapados.
De hecho, si he traído a cuento la anécdota es porque el “mal entendido” podría ser el de la humanidad entera, y porque ⎯como ya dije⎯ nos permite observar de cerca el odio y su modo de operar, cuando se pasa a los actos; en este caso, bajo la forma de escritura. También porque deja en evidencia que, aquello de que “hablando se entiende la gente”, es muy relativo, sobre todo en ciertas circunstancias.
Más aún, lejos de incidir en lo personal, creo que si de responsabilidad se trata, es menester, antes, orientar el foco hacia otro lado. Pues, echando a volar la imaginación:¿qué habría pasado si en la cafetería del Círculo se hubiera dispuesto una gran mesa redonda?, ¿qué, si antes de subir a la sala de columnas, al rededor de esa mesa hubiéramos estado tomando café, dialogando de manera pausada ⎯sin interrumpirnos⎯ entre quienes pensamos distinto en torno a las “guerras del género”?
⎯Con un cuarteto de cuerdas al fondo y pastelillos variados ⎯dices⎯ ¿no?
Efectiva y evidentemente, la pregunta es otra: ¿Qué habría pasado si ese diálogo no se hubiera escatimado?, ¿qué, si desde hace años se hubiese propiciado desde las instituciones a nivel púbico?, ¿qué, si más allá de los programas espectáculo superficiales, se le hubiera reservado a ese debate espacios como el salón de columnas del Círculo de Bellas Artes; o, ya que la cuestión va de “palabras”, como el Instituto Cervantes que, con su Caja de las Letras, es uno de sus baluartes?, ¿qué, si se hubiera realizado una consulta y un debate en condiciones entre expertos con visiones diversas, antes de la aprobación de la ley trans? Y sobre todo: ¿por qué no se hizo?, ¿por qué no se está haciendo ahora?
Esa es la pregunta pues, parte de lo que les está pasando a las palabras es eso: no se les dio ni se les está dando lugar, se les negó y se les niega, y eso, se está viendo, no es sin consecuencias. (La palabra o la muerte se llama el libro de Safouan, un psicoanalista).
Ahora bien, volviendo a la reacción escrita de la periodista: queda claro ⎯estoy muy de acuerdo con ella⎯, “al cuerpo hay que prestarle mucha atención en estos asuntos” pero, es tanto o más importante tener presente que el cuerpo se puede equivocar. Sin embargo, al parecer, la periodista piensa de otro modo: tomó la reacción de su cuerpo ante el saludo y pregunta de la escritora como evidencia incontestable de encontrarse frente a lo que llama “violencia macho”, tanto así, que reaccionó en consecuencia.
“Desconcertante”, diríamos, pues se sabe cuan peligroso es tomar las sensaciones del cuerpo o los sentimientos, acríticamente, como principio de realidad y partir de ahí como certeza para actuar. “Desconcertante”, diríamos, sin no fuera porque es justamente ese modus operandi el que se está exacerbando a nivel social.
De manera que todo esto tiene que ver no solo con el odio, un sentimiento que a todos nos puede habitar ⎯reconocerlo, ya lo dije, es condición sine qua non para la paz⎯ sino con algo más peligroso: su puesta en acto, que a veces se origina, justamente, en su falta de reconocimiento autocrítico, introspectivo. “No reconozco mi odio por eso lo actúo”, se podría titular la escena.
Cualquier certeza absoluta de “lo que le pasa al otro” es ya de por sí violenta. Y quien sin indicios concluyentes (como podría serlo, al extremo, una amenaza de muerte), por una predisposición previa, atribuye con certeza odio al otro vía proyección, puede estar poniendo en acto su propio odio sin saber y sin querer; y, peor aún, llevarle a otros actos todavía más concretos. Por ejemplo, llevarle a publicar un texto difamatorio de la persona en cuestión: “esa tránsfoba cuya brutalidad me echó a temblar”.
Nuestro análisis es en realidad tan simple como el “tú lo serás” de los niños, o como “el león juzga por su condición” de toda la vida. Pero, precisamente por lo dicho, para no caer en lo que se critica, o al menos intentarlo,es muy importante huir de la certeza, también a la hora de atribuir “proyección” o de endilgar cualesquier otra interpretación psicológica a una persona. En este caso a la periodista. Permanecer en el registro hipotético, cuando se trata del psiquismo, es un principio ético fundamental. Si no se observa no hacemos sino atizar el odio, claro está. Es material muy delicado, tremendamente explosivo. Cualquier psicoanalista lo tiene claro.
De hecho, para Freud lo inconsciente no era sino una hipótesis a-científica. Pero, no obstante, coherente y racional. Una hipótesis que es además necesaria, a menos que prefiramos el esoterismo o la ignorancia en relación con ciertos fenómenos de la subjetividad que, por su naturaleza, no son accesibles a la ciencia, porque lejos de la posibilidad de generalización que ésta exige, pertenecen al ámbito de lo irreductiblemente singular.
De manera que, “un puro a veces es solo un puro” ⎯también decía Freud⎯: existen los malos entendidos, los errores insignificantes, y el azar. A ciencia cierta, no podemos saber lo que le ocurrió a la periodista. Tal vez un día quiera contárnoslo y podamos entenderla mejor. Nos gustaría.
Y a propósito de puros, el que para celebrar el dictamen del Tribunal Supremo del Reino Unido se fumó J.K. Rowling, evidentemente no era “sólo un puro”. Fue, entre otras cosas, en su alarde de placer y opulencia, una peineta. ¿Para qué negarlo? Pero, no contra una minoría discriminada y vulnerable a quien la literata quiera ver bajo la bota del agresor, sino contra quienes, durante años, se dedicaron a insultarla y amenazarla de muerte sistemática e impunemente, y también contra quienes desde el poder se encargaron, por ejemplo, de excluirla de la celebración de su propia obra.
Y bien, además de por la referencia freudiana a los puros, si traigo a cuento la imagen del brindis escocés de Rowling y su amplia semántica, es también, porque con esa imagen se ilustró en Diario Público, el texto del que estamos hablando, el de la periodista a quién ⎯según sus palabras⎯ dejó temblando, con su brutalidad, el saludo de una “tránsfoba”, la escritora.
(De cancelación y amenazas de muerte a feministas abolicionistas críticas con el transactivismo hegemónico, hablaremos en otra parte.)
El odio, el lazo social y el patriarcado
En cualquier caso, ¿a quién no le ha pasado? ¿Quién no ha atribuido a otro, al menos por un momento, el origen de todos los males? Es una característica de nuestra humana condición y aunque nos pese, cumple con una función en el lazo social que requiere, como los conjuntos en matemáticas, de un tercero excluido. “Contra Franco vivíamos mejor”. ¿Quién lo puede negar?: ¿quién no ha gozado de alguna broma “inocente” sobre quien piensa distinto, aquí entre nos?, ¡cuánto nos puede hacer reír!, ¿a quién no le han alegrado, al menos alguna vez por un momento la tarde? Y sobre todo, más allá del goce, ¿quién lo pondría en duda?: ¡cuánto une!
Se trata de un mecanismo que nos une, sí, pero que también nos separa, definiendo un “nosotros” en función de la diferencia con los otros. No queda claro hasta qué punto podemos prescindir de él, pero mientras tanto, reconocerlo operando en nosotros puede marcar la diferencia, alejarnos de la inconsciencia al respecto, nos permite ponerle un límite, simbolizarlo, elaborarlo, matizarlo.
No es lo mismo ver en el otro al Diablo y exterminarlo, que separarse de él. Y no es lo mismo separarse sin palabras que “hablarlo”, como se suele decir, e incluso seguir hablándose, no negarle su espacio a la palabra en su más alto sentido. No la que vehiculiza un intercambio de insultos o de manipulaciones verbales retóricas ⎯no tendría entonces sentido⎯, sino la que posibilita un diálogo honesto o un debate acalorado, pero respetuoso. Las palabras a veces no alcanzan, no lo pueden todo, pero es lo único que tenemos, son la única alternativa a la guerra, al odio.
Con que mandar a callar a una de las partes de un conflicto, censurando artículos argumentados y respetuosos como el de Barbijaeputa a propósito de la sentencia del Tribunal Supremo de RU, por ejemplo, no parece lo indicado. Pero se está haciendo y para justificarlo: 1) se banaliza lo que está en juego, adjudicando a una supuesta “fobia”, al odio o a la necedad, el origen del desacuerdo, y 2) se esgrime la necesidad imperiosa de proteger a una población vulnerable, las “personas trans”, a quienes se usa como escudos humanos contra el cuestionamiento, de un modo que ⎯lo veremos en otra sección de este texto⎯ para ellas mismas resulta contraproducente.
Pero, volviendo al flash back de la cafetería del Círculo de Bellas Artes. Eso en juego, que se quiere banalizar, tiene que ver con lo que la escritora (que reseñó el libro de Nathalie Heinich), Julia y yo, estuvimos hablando antes de subir al salón de columnas para presenciar el encuentro de Abel con su madre: tiene que ver con la caracterización de aquello en lo que se cimenta la opresión de las mujeres y de la comprensión estructural de su funcionamiento.
Como hasta hace no demasiado tiempo para todo el mundo, para el feminismo abolicionista y el transactivismo disidente, ser mujer no es un dato de la subjetividad, sino un dato material biológico: ser o haber sido, en potencia o acto, productora de gametos grandes. Y, sin negar la participación de factores subjetivos en su mecanismo, es precisamente en eso en lo que se cimenta su opresión.
⎯Eso es biologismo.
⎯Más allá de slogans y de la etiqueta que se le ponga a un análisis, hay que debatir su validez con argumentos racionales y articularlo con sus consecuencias, ¿no crees?. Tal vez merezca la pena preguntarnos, ¿qué función está teniendo la introducción de una nueva acepción de la palabra “mujer”?, ¿en qué contexto ha surgido?, ¿qué efectos está teniendo?
⎯Pues, mira, qué quieres que te diga, yo estoy de acuerdo con lo que escribió en su columna de El País Nuria Labari, “Qué es ser tránsfoba, o por qué hay mujeres que odian a mujeres”: “Pedir que exista una ley que privilegie a las mujeres por el hecho de serlo biológicamente es como pedir leyes distintas para personas blancas. Su postura es jurídica y políticamente reaccionaria.”
⎯Sí, eso escribió y, ¡a ver ahora como sale ella, tú y quien le compre la mercancía, de ese charco! En serio, dado que se trata de la relación entre las dos grandes mitades de la humanidad, no entiendo por qué “feminismo”, no es una asignatura más como matemáticas o al menos como filosofía. O bueno, no, en realidad miento: sí que lo entiendo.
La definición de “mujer” en las leyes de igualdad entre hombres y mujeres, en función de sus capacidades reproductivas (en potencia o acto), donde ser mujer es ser hembra de la especie humana, es crucial; pues, más allá de otras intersecciones, son precisamente esas capacidades las que explican el porqué, el para qué y el cómo de la opresión histórica de las mujeres; tal como lo dejaba ver, hasta hace muy poco, el sentido común y una amplia bibliografía. Para combatir esa opresión tan específica y no otra, están hechas las leyes de igualdad entre hombres y mujeres. Si cambias el significado de la palabra “mujer”, automáticamente las desvirtúas y las desactivas. Eso fue lo que concluyó por unanimidad el Tribunal Supremo de RU.
El cimiento material más profundo del patriarcado es el control sexual reproductivo sobre las mujeres. Nadie ejerce control sexual reproductivo sobre los “transfemeninos” o “mujeres trans”. La violencia machista contra ellos está dirigida a su disidencia frente a la masculinidad. Dice poco más o menos Sonia Mauriz en Twitter. En principio, (aunque por lo que está ocurriendo, eso, en algunos casos no es tan claro e incluso parece lo contrario), los transmasculinos se desmarcarían simbólicamente de la fratria de los hombres basada en la violencia contra las mujeres, del lazo social entre los hombres sostenido a partir de la exclusión de las mujeres. Esto se discutirá en otra sección del texto, pero en principio ⎯decíamos⎯ sufrirían, como las lesbianas y los gays, discriminación, pero no opresión estructural. Y, mas allá de la visión interseccional, que bien aplicada no debiera llevar a equívocos, no son iguales las políticas públicas que deben aplicarse para combatir la opresión y la discriminación, obedecen a distintas condiciones y modos de funcionar. Es necesario hacer distinciones, ya que, “si conceptualizamos mal, politizamos mal”, dice también Mauriz.
Podemos o no compartir este análisis pero no es odio, merece ser considerado, discutido. Dada su importancia, no parece razonable impedir un debate al respecto.
⎯Pero qué más da, eso es muy rebuscado, ya de entrada, no tiene sentido excluir a nadie, un feminismo inclusivo no es solo más justo, sino más potente. ¿Por qué excluir a las mujeres trans? Eso solo se puede entender por la transfobia. Deberías de escuchar a Samantha Hudson, que con sencillez y frescura lo explica todo tan bien en las tertulias de Carne Cruda.
⎯¿Crees que no lo he hecho? Ya hablaremos, todo se andará, pero te adelanto sobre Samantha que tengo debilidad tanto por su carisma como por sus dientes torcidos y su particular belleza, lo que pasa es que su estrategia retórica… ya hablaremos.
⎯Ya hablaremos, dices. Vas muy de sabionda, pero deberías de tomar nota: hay académicas feministas connotadas que están de acuerdo conmigo.
⎯Y otras que no. De la academia también tenemos que hablar, es un cocido que se ha ido haciendo a fuego lento desde hace muchos años, y en buena medida con la mejor voluntad, pero… eso, ya hablaremos. Mientras te recomiendo que te des una vuelta por las Jornadas contra el borrado de las mujeres, verás que hay una mesa sobre el tema con varias ponencias al respecto, aunque, si eso, yo me asomaría a las tres mesas.
⎯Sería perder el tiempo, nada me va a convencer de excluir a las mujeres trans.
⎯Oye, pero ese es el punto. No se trata de excluir a nadie. No escuchar y hablar en esos términos, apelar a los sentimientos en este contexto cancela el debate de raíz. El problema es querer hacer sentar en una misma silla problemáticas distintas. Al final, aunque en sentidos diferentes, perjudica a ambas partes. No crees que ya va siendo hora de preguntarnos, entonces, ¿a quién beneficia?
⎯¿Lo ves?, ¿no te digo?, te puede, cuando no la transfobia, la conspiranoia.
El hecho es que ⎯volviendo a la anécdota del Círculo de Bellas Artes⎯ con aquella sorprendente expresión de su escritura “esa tránsfoba cuya brutalidad me echó a temblar”, la periodista a quien hemos estado haciendo referencia, deshumanizó a una escritora que (quince días antes de la sentencia del Tribunal Supremo de RU) la fue a saludar con ocasión del cumpleaños y reencuentro de Abel Azcona con su madre.
La deshumanizó y la desconoció estigmatizándola, pues lanzó una advertencia asombrosa. Asombrosa, por a quién se refería y por pretender combatir el odio incitando a él. Pues, dime cómo describes a tu “enemigo” y te diré lo que estás invitando a hacer con él: gente como ella ⎯la escritora⎯ es un peligro real “contra las lesbianas, contra las negras, contra las feministas, contra las prostitutas, contra las investigadoras de estudios de género”. Una advertencia sorprendente decía, también porque personas como la escritora, críticas del generismo, somos: feministas, lesbianas, investigadoras de estudios de género, y algunas también, negras.
“Resulta todo tan disparatado que da miedo. Sí, miedo”, escribió además la periodista. Lo cual es tremendamente importante, porque, el miedo ⎯con razón⎯ también ¡da miedo! y así, at infinitum.
Pero, pienso que nadie tendríamos tanto miedo si pulsáramos el interruptor de nuestros prejuicios y de nuestro propio odio ⎯que insisto, no es patrimonio de nadie⎯, para viéndole a los ojos, escuchar con respeto a quien piensa distinto. O, ¿acaso es a eso a lo que tenemos tanto miedo? Creo que sí, y una vez más, se trata de algo humano. Demasiado, pero reconocerlo nos podría ayudar a superarlo o al menos a atemperarlo. Estoy segura de que hay muchas personas dispuestas a intentarlo, a hacer ese enorme esfuerzo. Seamos sinceros: toda una acrobacia. Pero, si bien, estoy convencida de que muchos y muchas estarían dispuestas, al menos por ahora, no parece ser el caso de la periodista. Todo se andará, quiero pensar.
No obstante, por ahora, nos hemos encontrado con que, en un material audiovisual posterior a su escrito, vuelve a incurrir en aquella adjudicación de odio acompañada de certeza absoluta, sobre quien piensa distinto, que, como hemos estado analizando, lleva al peor pronóstico: en dicho material, confiere ⎯a mi parecer con gran demagogia⎯ un afán de atacar a la “población trans” por parte de quienes creemos que el género es una herramienta de opresión patriarcal y no identidad, y somos, en esa medida críticas de la ley trans; no, en ningún caso, contrarias a los derechos de las “personas trans” ni de ningunas otras. Defendemos los derechos humanos. Examinaremos esto con detalle en otra sección.
Pero más grave aún, en dicho material audiovisual, la periodista argumenta en contra de la argumentación en sí misma, en contra de un posible diálogo con nosotras, niega, directamente, nuestra dignidad para la interlocución:
“el odio puede tener argumentos y puede ser fuente de ley. Nos hemos equivocado a veces al responder con argumentos a las tránsfobas y a los tránsfobos. Creo que no se pueden validar los argumentos del odio [interactuando con ellos de manera racional, debatiendo, dialogando]. Porque previo a los argumentos es el odio.” (Aquí el material).
“No tomes ese caramelo, que ya lo chupó el diablo”, se les decía antiguamente a los niños cuando se encontraban alguno por el camino; o, en versión escatológica, “que es caca”.
“Nos hemos equivocado a veces al responder con argumentos a las tránsfobas y a los tránsfobos”. Entonces, ¿qué hacer con esa gente? Saque usted mismo, querido lector o lectora, sus conclusiones. Si a partir de la atribución de odio que con inconmovible certeza se proyecta sobre nosotras (críticas del generismo), se niega todo valor a nuestra palabra: además de no escucharnos y de taparnos la boca de mil maneras, ¿qué habría de hacerse con nosotras? Porque, segundo spoiler: no nos vamos a callar.
No, por el bien de los menores, de las mujeres y de la sociedad en general. Por todo y porque ⎯como alguien dijo en la sección anterior de este texto⎯ el asunto tiene una proyección más profunda de lo que se puede apreciar a simple vista: más allá de lo que implica borrar la materialidad del sexo, hace al modo de entender nuestra humanidad en sí misma.
Otra cosa sería que en un diálogo, en un debate razonado, se nos hiciera cambiar algunas posiciones. Creo que quien tuviera argumentos contundentes capaces de incidir en ese sentido, tendría que ser el primer interesado en dialogar. ¿Qué deja ver, en cambio, la apuesta por la censura?
Y, querido lector o lectora, es eso lo que estamos viendo: la convicción de que el camino es la cancelación, la censura. No sé cuál sea su experiencia. Por mi parte, no pensaba que la situación fuera tan explícita, tan extrema. Pero, paradójicamente, darnos cuenta de ello es lo que a muchas ⎯como nunca antes⎯ nos lleva a hablar, a escribir.
A todo esto, mientras la periodista define en el video su posición a favor de la censura (que nos preocupa porque no es solo de ella), se ve, entre otras, a una de tantas mujeres profesionales (filósofas, antropólogas, psicólogas, psicoanalistas) que se han empeñado en argumentar su postura, Helen Joyce. Periodista y matemática. Pero, como, por inteligentes que sean, se supone en el odio el origen de sus razonamientos, no es que tengamos que molestarnos en posicionarnos frente a ellos, tal vez en contra, con argumentos; simple y sencillamente, no deben de ser considerados. No hace falta ni escucharla ni rebatirla (ni a ella ni a otras tantas).
Y una vez más, hablando de incitación al odio: sólo hace falta mostrar su imagen celebrando la sentencia del Tribunal Supremo de su país con la botella de champán en la mano, y acompañarla con un discurso que invita a ver en su alegría la muestra irrefutable de su profunda maldad (mujer cis blanca privilegiada). Ni hablar de asomarse a su libro Trans: When Ideology Meets Reality en el que se puede apreciar, se esté o no de acuerdo con ella, que tanto sus razonamientos como su alegría ante la sentencia, beben de una fuente muy distinta a la que se le quiere adjudicar.
Tampoco se considera necesario asomarse al libro de la filósofas Laura Lecuona, “Cuando lo trans no es transgresor” de publicación reciente; ni al de la filósofa analítica de la Universidad de Sussex (universidad contra la que después de años de cancelación acaba de ganar un juicio por no defender su libertad de expresión) “Material Girls, por qué la realidad es importante para el feminismo”; ni al de la antropólogaSilvia Carrasco y demás coautoras, “La coeducación secuestrada”; ni a tantos otros. Tampoco se cree oportuno conocer la investigación y el testimonio de Laura Favaro; ni escuchar a Alda Facio, jurista feminista que entre otros muchos desempeños participó en la redacción del Protocolo Facultativo de la CEDAW y fue nombrada asesora del Secretario General de la ONU para el Estudio a profundidad de la violencia contra las mujeres; ni hacernos con la información que nos aporta Noé Cornago a propósito del desmantelamiento de los derechos humanos; ni escuchar o leer a otras tantas pensadoras y pensadores que opinan distinto, antes de satanizarlos.
Su postura, la de todos ellos y ellas, como cualquier otra, puede ser cuestionada con argumentos, precisamente porque, a diferencia de lo que ocurre con un dogma, es con argumentos que se ha puesto sobre la mesa.
Algo no va bien cuando se supone que estar del lado correcto de la historia consiste en dar por sentado, que nada de lo que en ella se sostenga debe de ser considerado, no a profundidad, y por una razón que además, no es epistemológica sino moral, porque por juicio sumarísimo ya se ha determinado que proviene del odio.
¿A dónde puede llevarnos una postura como esta? Y, ¿de dónde proviene? ¿Dónde está el odio?
Es desolador.
Pero, volviendo a la sala de columnas del Círculo de Bellas Artes, ya para terminar. Hubo incluso quien ⎯sobre el miedo de la periodista⎯ dijo que, tal vez,en realidad, lo suyo no fue miedo a la escritora que la saludó, que lo que la hizo temblar provenía de otro sitio, que su miedo quizás podría leerse mejor en clave de la Psicología de las masas. Que (una vez que se vio públicamente expuesta por el saludo de la escritora, que encima después quiso reconocerla citándola en su artículo de la Vanguardia), su miedo tal vez podía responder, más bien, no a la “brutalidad de la tránsfoba esa”, sino al temor de ser expulsada de algún grupo. Que su reacción escrita podría obedecer a la necesidad apremiante de reafirmar su pertenencia, mostrando su acuerdo sin fisuras con un grupo que no querría la desconociera, exhibiendo a todas luces su rechazo, en cuerpo y alma, hacia quien piensa distinto y fue a saludarla. No fuera a ser que a ella también le pusieran el sambenito.
De ser el caso, y sólo de ser el caso, además de dibujarse un lugar en el que a nadie le gustaría estar, esa necesidad, en sí misma, pero sobre todo el cómo de su satisfacción, ¿de qué nos hablaría?
¿Qué características habría de tener un grupo que exigiera para pertenecer a él ese rechazo tan absoluto, ese modo de expresión deshumanizante de quien piensa distinto; cuáles para tener que renegar a ese grado de quien te extiende la mano, cual si fuera la de la peste?, ¿cuáles como para tener que descalificar taxativamente la palabra, los argumentos del otro, dando por sentado con certeza absoluta que, más allá de su posible racionalidad y validez, provienen del odio?
¿Dónde está el odio?
Mulier sum; humani nihil a me alienum, pero…
¿Acaso el odio está, más o menos, en todas partes, pero sobre todo ahí ⎯y en su modalidad más peligrosa, la que lleva a los actos⎯ donde se cree que no, que sólo está en el otro?…
(Continuará con II. El odio y los baños).








