Discípulos aventajados de Orwell

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Por Pilar Aguilar Carrasco

En su novela 1984, George Orwell, explica que un pilar esencial de cualquier régimen totalitario consiste en crear e imponer una neolengua. Orwell le dedica todo un apéndice: Los principios de la neolengua.

La neolengua se basa en una simplificación extrema del inglés (o de la legua a la que se traduzca la obra). Al simplificar la lengua, se simplifica el pensamiento convirtiéndolo en primario, acrítico, bobo. 

1984 me interesó mucho cuando la leí, allá por mi juventud, porque vivíamos en el fascismo que, como cualquier régimen dictatorial, seguía normas de la neolengua. Vigilaba estrechamente lo que se podía decir y lo que no y manipulaba el significado de algunos vocablos. Ejemplo: aquel lema franquista “España, Una, Grande y Libre”. Los que ya éramos “criminales de pensamiento y de palabra» (primer paso para convertirnos luego en criminales de obra), comentábamos: “Sí, Una, claro, porque si hubiera dos, todos nos iríamos a la otra; Grande porque cabemos nosotros y los americanos (teníamos cuatro bases militares de USA, de las que actualmente permanecen dos) y Libre porque se puede ser del Sevilla o del Betis”. 

Pues ahora, y en un plis plas, los transactivistas nos ha impuesto una versión muy “mejorada” de la distopia de Orwell. No en vano la flor y nata de los Spin Doctors está al servicio del holding clínico-farmacéutico.

Así, cuando proclaman, por ejemplo, que “no hay que patologizar”, usan un truco clave de la neolengua: pervertir una palabra para que signifique todo lo contrario: “no patologizar” consiste en convertir cuerpos sanos en cuerpos amputados y medicados de por vida. Un contrasentido radical, pero que cuela. No colaría sin la tremenda y constante campaña de manipulación ideológica que obtura el pensamiento y lo sustituye por slogans hueros que apelan al sentimentalismo acrítico. De hecho, cuando no se da esa manipulación, el truco no funciona. Por ejemplo, si una persona que mide 180cm y pesa 50k sostiene que se ve gorda, nadie dirá que, para no “patologizarla” hay que hacerle una reducción de estómago y prescribirle benzfetamina, fendimetrazina, Dietilpropión, etc. Pero, cuando alguien se mira al espejo, ve sus genitales sexuados y, sin embargo, afirma que es del otro sexo (cosa genéticamente imposible) no debemos cuestionar esa percepción ni indagar dónde reside tal rechazo a su propio cuerpo. No podemos preguntar ¿qué dice realmente un niño que formula tal cosa? ¿que es homosexual y no lo acepta? ¿que siendo varón no gusta de la brutalidad viril y sí gusta de lentejuelas y colorines ¿que quiere ser como su mamá porque la admira o quiere que su papá le haga caso? Y una niña ¿qué dice? ¿que no quiere dedicarse a complacer a otros? ¿que se niega a “ponerse guapa”? ¿que desea una vida libre y sin miedo? 

Pero, como es imposible negar totalmente la realidad, la neolengua usa el doblepensar (doublethink), habilidad que consiste en hacer que cohabiten en la cabeza dos pensamientos contradictorios: uno realista, opuesto, claro está, a la doctrina del Partido, y otro fiel a dicha doctrina. Aunque, a la hora de actuar, hay que hacerlo de acuerdo con lo que dictamine el Partido, no con la realidad.

Ejemplo de doblepensar: pillas desprevenidos a un grupo de creyentes transactivistas, les comentas como si nada que los hombres son más grandes y más fuertes que las mujeres. No lo negarán. Pero, luego, sí negarán la injusticia y el juego sucio de los trans que compiten contra mujeres en los deportes. 

Les dices que los sentimientos no pueden ser ley y se indignan. Añades ¿y los sentimientos de las mujeres que ven a un maromo entrando en las duchas y vestuarios? ¡ah!, te dirán, esos sentimientos no valen porque ellas son unas tránsfobas.

Otro truco astuto: el negroblanco (blackwhite). Consiste en afirmar descaradamente que lo negro es blanco, contradiciendo sin tapujos la evidencia. Así, vemos tipos que gozan de privilegios que nadie más tiene: se autodiagnostican, acceden a puestos de trabajo solo por “sentirse” del sexo opuesto, reclaman impunemente en carteles y camisetas la muerte de las feministas, expulsan y acosan a profesoras críticas con la doctrina queer, tienen a su servicio prácticamente a todos los medios y al poder político, viven encumbrados solo por ser trans… pero se quejan de “sufrir una tremenda discriminación”. 

Siguiendo otra norma de la neolengua, el transactivismo simplifica el pensamiento. Así, vemos a cientos de feministas argumentando minuciosamente desde todos los puntos de vista, mientras que el transactivismo se limita a anatematizar usando neopalabrejas. Por ejemplo, transfobia. Pecar de transfobia no requiere agredir de palabra u obra a un transexual. Basta con cuestionar las creencias queer. Ocurre como cuando criticas al estado de Israel y te acusan de antisemita. Ocurre como ocurría en los “buenos tiempos” con la iglesia católica: lo que ellos consideraban pecados debían ser castigados como delitos. 

Y, por eso, quien intente saltarse los mandamientos queer comete «crimen del pensamiento» o idea-crimen. Al crimentalhay que reprimirlo duramente. Véase Ana Redondo reclamando más penas (más de las que ya existen) contra la transfobia.   

Las similitudes entre 1984 y el transactivismo impresionan, pero por no alargarme en exceso, concluyo: 

  • Si Orwell levantara la cabeza se quedaría con la boca abierta al ver su distopía plasmada en la realidad.
  • no hay nada más peligroso que una alianza entre neoliberalismo, capitalismo y patriarcado. 
  • Menos mal que las feministas existimos.

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