Una encerrona en 59 segundos

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Por Karina Castelao

Hoy voy a ser breve.


El otro día asistimos a un vergonzoso y lamentable espectáculo de machismo y misoginia en RTVE protagonizado por un abyecto Pablo Iglesias y un histrión Samantha Hudson con la complacencia de la conductora del programa «59 segundos», Gemma Nierga.

Oportunamente el programa ha pasado a La 2. Y digo oportunamente porque el tema a tratar, entre otros, era la identidad de género y sus consecuencias en el deporte femenino, y ese es un asunto que siempre se intenta despachar desde la televisión pública con rapidez y celeridad para evitar el debate. Porque con este tema nunca hay debate. Y mucho menos honesto.

En Televisión Española todo lo que atañe a los derechos de las mujeres es tratable o debatible. Por ejemplo, la mal llamada gestación subrogada, que aunque prohibida por nuestra legislación y definida en la última reforma de la ley del aborto como una forma de violencia reproductiva equiparable a las esterilizaciones forzosas, no hay quien ponga en tela de juicio habiendo incluso trabajadores del ente público que han acudido a ella. Recordemos las horas y horas de informativos y tertulias dedicados a Ana Obregón tras explotar a una mujer para fabricarse una nieta y en los que en ningún momento se cuestionó lo que hizo, sino únicamente cómo lo hizo o que fuera ella quien lo hizo.

Lo mismo ocurre con la prostitución. La prostitución es una actividad alegal en nuestro país pero sobre la cual existe legislación en contra de su promoción, siendo ésta constitutiva de delito. Aun así, el programa Repor decía hace un par de temporadas que la discusión sobre si hay que regular la prostitución o abolirla «está más viva que nunca» y le dedicaba un capítulo al asunto bajo el título El debate más antiguo del mundo, en el que intervenían personas con mensajes captadores de víctimas del sistema prostituyente junto a feministas abolicionistas.

O más recientemente sobre la pornografía, cuyo acceso está obviamente prohibido a menores, pero que en Gen Playz XL, y a raíz del estreno de un documental sobre los peligros del porno para la juventud dirigido por Mabel Lozano, se abría debate entre quienes están en contra de limitar su acceso en Internet solo a mayores de edad y quienes argumentan sin pudor que eso es censura.

Es decir, en la televisión pública, en esa que financiamos todos los españoles con nuestros impuestos, se puede debatir sobre si es admisible o no cualquier forma de explotación sexual o reproductiva de las mujeres (aun existiendo legislación que la prohibe explícitamente) incluso con quienes la defienden, pero bajo ningún concepto se puede debatir o hablar sobre los derechos de las mujeres basados en sexo porque eso es discurso de odio. O si se hace es de manera furtiva en un programa relegado a La 2 -tras ser un fracaso de audiencia en la primera cadena-, lo que garantiza que el mensaje va a alcanzar una repercusión mínima.

Porque lo ocurrido el pasado jueves en el programa de debate «59 segundos» no fue un debate sino una encerrona a Tasia Aranguez y al discurso feminista con una evidente doble finalidad: demonizarlo y acallarlo.

Por eso, ante el argumento de que el diferencial biológico es lo que ha permitido y permite todas las formas de opresión y discriminación que sufren las mujeres en la sociedad patriarcal -y que por tanto ha de ser también la base sobre la que se ha de sustentar las políticas de equidad que permiten la igualdad de derechos entre hombres y mujeres-, demonizar y acallar es la razón de que la contraargumentación de Pablo Iglesias pase por calificar tales afirmaciones como discurso nazi y delictivo, conminando a la censura y a la denuncia, al mismo tiempo que la contraargumentación de Samantha Hudson sea exigir el silencio de la feministas mientras cuenta con el inestimable apoyo de la moderadora del debate y del más que aleccionado público.

Seamos sinceros.
Nadie, absolutamente nadie, ni tan siquiera quienes lo afirman vehementemente como Iglesias o Hudson, cree que el sexo se pueda realmente cambiar más que a nivel legal mediante una ficción jurídica que lo permite. Ni que ser mujer sea algo a lo que se puede llegar habiendo nacido biológicamente varón (y mucho menos tras haber vivido adolescencia, juventud y parte de la vida adulta como tal). Pero tampoco hay quien quiera en España decir, al menos por el momento, que “el emperador va desnudo”, no vaya a ser que le traiga consecuencias indeseadas. Y total, como dice el exvicepresidente del gobierno, por algo tan intrascendente como «esa mierda del deporte» femenino.

No debería de ser debatible que la biología es fundamental a la hora de establecer las políticas que garantizan nuestros derechos, esos que nos ha costado siglos conquistar y que van desde los espacios públicos exclusivos para mujeres a las categorías femeninas en el deporte. Pero no porque sea discurso de odio ya que no hay odio alguno en admitir que existe el diferencial sexual (como contempla toda la legislación española incluida la propia Ley Trans), sino porque tal debate es inexistente al igual que tampoco existe debate alguno sobre la redondez de la Tierra fuera de la marginalidad friki de las redes sociales.

Sin embargo el «no debate» sobre si el sexo biológico es relevante a la hora de hacer políticas que garanticen los derechos de las mujeres, sigue ahí y no por un interés sincero en Televisión Española de confrontar posturas en un debate honesto. Ese «no debate» está presente por la necesidad de asfixiarlo, ya que para la televisión que pagamos todos y todas también son más importantes los sentimientos de los hombres que los derechos de las mujeres. 

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