Por Mª Pilar Cambra Brown
Dijo recientemente (13 febrero 2025) Pablo Iglesias en un programa de televisión pública que: “Decir que una mujer trans no es mujer es violencia y no se debería permitir en un medio público”.
Además, claro, lo dijo perdiendo los estribos y de mala manera y tachando de Nazis, trumpistas y tránsfobas cualquier mujer que disintiera. Por desgracia, estamos ya muy acostumbradas a ser los sujetos de estos lugares comunes del insulto por la izquierda.
Para ello, se escuda en la nefasta Ley Trans que con tejemanejes y saltando los procesos debidos, por su “urgencia”, su pareja y la madre de sus hijos consiguió encaramar como un mal bicho, un garabato incoherente, en el derecho español. Una ley que entroniza la fantasía subjetiva del género por encima de la realidad y la objetividad del sexo, una ley que no distingue las motivaciones por las que una persona pueda desear cambiar su designación sexual y por tanto trata igual al violador criminal, el embustero embaucador y la niña más confundida. Como decimos las feministas “el fraude es la ley”. Pero por supuesto, no sólo hace eso; contiene cláusulas mordaza que suprimen la libertad de expresión de tal forma que decir que un hombre es un hombre puede ser clasificado de discurso de odio y acarrear juicio y multa, que es a lo que se refería Pablo en su discursito.
Pero si a las mujeres no se nos permite hablar de lo que es, o no es, una mujer en los medios públicos ¿de qué podemos hablar? ¿quizás de las flores? ¿de “nuestros labores”? ¿de ropita y maquillaje? También es notable que a las mujeres nunca se nos deja enfadarnos y expresar nuestra rabia y nuestra pasión sin censura y, sin embargo, los machirulos, tan chulitos ellos, se permiten hacerlo todo el rato.
Casi se diría que esto es el truqui de los reyes de la selva de la izquierda que, han encontrado (¡por fin!), la fórmula mágica para hacer desaparecer las mujeres del campo de la política; truqui que por décadas ha eludido a la derecha.
Porque si no se puede hablar, o si no se puede hablar de lo que se es, y, por extensión, de lo que no se es, no hay discurso, y si no hay discurso, no hay entidad, ni en Afganistán ni en España.
Pablo y Iñigo a estas alturas del siglo XXI, os hemos visto el plumaje; el rancio plumaje del macho de siempre, sea de derechas o de izquierdas, hipócrita y peneportante.
Da asco.








