Por Karina Castelao
Trump es desde hace unas semanas presidente de los Estados Unidos nuevamente. Pero esta vez con un poder absoluto que parece sacado de la película de Clint Eastwood.
En su, como diría alguna dirigente de Podemos, «diarrea» legislativa, o más bien ejecutiva, se ha puesto a firmar órdenes federales como si no hubiera un mañana con la clara finalidad revanchista de desarticular todas las políticas de su predecesor demócrata. Entre ellas hay unas sin posibilidad alguna de recorrido, como la de anular el derecho constitucional de nacionalidad por nacimiento en territorio estadounidense. Y otras de carácter populista y simbólico, como la del cambio de nombre del Golfo de México por Golfo de América. Sin embargo hay algunas de sus órdenes ejecutivas que no son tan inocuas y sí tienen implicaciones serias tanto dentro como fuera del país, como serían las subidas arancelarias o las nuevas medidas anti-imigratorias que pasan por criminalizar a los inmigrantes sin papeles tratándolos de delincuentes y deportándolos masivamente.
Por otra parte, Trump también ha prometido el fin de las políticas sociales como las de apoyo explícito al colectivo LGTBIQ+, sobre todo al transgenerismo, y de las cuales la administración Biden-Harris había hecho su punta de lanza. En concreto, la prohibición de las terapias de afirmación de género, bloqueadores de la pubertad, hormonación cruzada y cirugías de “reasignación de género” (mastectomías, vaginoplastias y faloplastias) en jóvenes menores de 19 años. Asimismo ha instado a eliminar toda subvención federal a este tipo de tratamientos para cualquier persona. Y por último, ha eliminado la posibilidad de que ningún nacido hombre pueda participar en competiciones deportivas femeninas de cualquier nivel y ha prohibido los espectáculos de drag queen a menores de edad.
Las medidas que ordenan la prohibición de las terapias afirmativas de género- así como el impedimento a participar en categorías femeninas a deportistas varones o la limitación de los espectáculos drag queen a público adulto- son objetivamente positivas en tanto en cuanto suponen un beneficio para la infancia y para los preadolescentes y adolescentes con disforia de género, bien evitando la aplicación de tratamientos experimentales que pongan en peligro su salud (incluida la sexual) y comprometan su fertilidad, bien evitando la toma de decisiones irreversibles que impidan el natural desarrollo de la pubertad, proceso que está demostrado elimina la disforia de género en casi un 90% de los casos. Lo que igual no es tan positivo y Trump no ha aclarado, es qué va a ocurrir con los menores que ya hayan iniciado dichas terapias –habida cuenta de que en EEUU las clínicas pediátricas de género han sufrido un incremento de más del 10.000% en la última década- y si todos ellos van a poder recibir alguna ayuda que, no solo los alivie del sufrimiento que les produce la disforia, sino que los saque del estado de alienación en el que se encuentran.
Donald Tump también ha ordenado la expulsión del ejército y de la armada de las personas transgénero.
Pero de entre todos sus flamantes mandatos hay uno que afecta directamente a las mujeres y que parece haber seducido a alguna feminista despistada al igual que los cantos de sirena sedujeron a Ulises hasta estrellarlo contra las rocas: la orden titulada “Defender a las mujeres del extremismo de la ideología de género y restaurar la verdad biológica en el gobierno federal». Mediante esta orden Trump pretende erradicar cualquier intento de clasificación de las personas fuera de los estándares binarios masculino y femenino.
Para ello ha definido “por ley” los conceptos de “hombre” y “mujer” (como si fuera necesaria su definición), estableciendo que:
“Mujeres” o “mujer” y “niñas” o “niña” significarán hembras humanas adultas y jóvenes, respectivamente.
“Hombres” u “hombre” y “niños” o “niño” significarán varones humanos adultos y jóvenes, respectivamente.
“Mujer” significa una persona que pertenece, en el momento de la concepción, al sexo que produce la célula reproductora grande.
“Hombre” significa una persona que pertenece, en el momento de la concepción, al sexo que produce la pequeña célula reproductora.
En una primera lectura o una lectura rápida a estas “definiciones” no se les puede poner pega alguna. Pero en una lectura más detallada, definir “hombre” o “mujer” como “persona que pertenece, en el momento de la concepción, al sexo que produce la célula reproductora grande” o “pequeña”, además de no ser cierto ya que ningún cigoto contiene células reproductivas (que se desarrollan en el feto a partir de la décima semana), significa establecer por ley que se es persona desde el momento de la concepción, lo que es clave a la hora de aplicar medidas contra el aborto.
Además, en las definiciones de hombre y mujer de Trump no existe la diferenciación entre sexo y género aunque especifique que no son aplicables al concepto de «identidad de género». Esta confusión, que proviene de una interpretación puritana de la palabra sexo con género -entendido el primero como característica orgánica que diferencia los machos de las hembras de las especies con reproducción sexual y el segundo como conjunto de estereotipos, roles y mandatos diferentes impuestos socialmente a los individuos de cada sexo desde su nacimiento- mediante la palabra inglesa “gender”, es en este caso deliberada ya que ni Trump ni su administración creen que ambos términos describan realidades distintas.
Dicho de otro modo. Que la redefinición de lo que es mujer por la administración Trump no tiene como finalidad proteger a las mujeres frente al borrado de la categoría mujer propiciado por las leyes identitarias de género ni blindar sus derechos adquiridos por sexo sino más bien, y como es fácilmente deducible, volver al modelo de familia patriarcal donde el papel de la mujer se reduce al ámbito de lo privado como madre y esposa cuidadora (las actualmente populares tradwife) y del hombre como padre y esposo proveedor. De ahí el interés en definir con claridad lo que es mujer meramente como hembra de la especie humana (lo cual es cierto pero que no contempla su definición como grupo social oprimido), especificando que lo es desde el momento de la concepción y que sus roles sociales también forman parte de dicha definición. Es más, una última orden ejecutiva exige la eliminación de las palabra “mujer”, “feminidad” y derivadas de cualquier paper científico, por considerarlos términos y especificaciones directamente relacionados con la “ideología de género”.
Aunque pueda parecer lo contrario, cualquier tentación desde el feminismo de aproximación a la extrema derecha es muy peligrosa porque sus intenciones siempre son espurias. Y ello lo escarmentó el feminismo radical norteamericano de hace 40 años cuando la administración Reagan casi acaba con él.
Corría el año 1981 cuando Ronald Reagan jura su cargo como presidente de los Estados Unidos. Dos años antes Janice Raymond, contemporánea de feministas de la talla de Mary Daly (su mentora), Sheila Jeffreys, Germaine Greer o Adrienne Rich. había publicado “The transexual empire: the making of the shemale”, donde Raymond habla por primera vez de la transexualidad (en aquella época no existía el transgenerismo) como una fantasía masculina (las personas transmasculinas nunca supusieron un problema feminista al ser también víctimas y sujeto del feminismo) y de las “mujeres trans” como caballos de Troya del patriarcado que se infiltran en espacios femeninos para controlarlos y desarticularlos desde dentro (como al final ha ocurrido). Raymond también dice que la fantasía de la transexualidad avoca irremediablemente a transformaciones médico quirúrgicas que no son más que cirugías plásticas y mutilaciones. La autora señala para concluir que la disforia es reforzada por es sistema patriarcal y ha de ser tratada psicológicamente con fines de conseguir su alivio y desaparición.
En 1980 el gabinete del recién elegido presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, se relame con el exitoso libro con aval científico que, tergiversándolo, encaja espuriamente con sus intereses reaccionarios y capitalistas y encarga a Raymond un documento para la Division of Medical and Scientific Evaluation titulado: “Technology on the Social and Ethical Aspects of Transsexual Surgery” en el que se propone un plan de intervención en personas transexuales encarceladas o en situación de exclusión y/o de prostitución que consiste principalmente en atención psicológica y que descarta la hormonación y las cirugías, recomendando de paso a las aseguradoras que sigan este modelo de intervención pero ocultando las verdaderas intenciones que no son otras que economizar en tratamientos más caros y prolongados.
Nada más pisar la Casa Blanca, Reagan aplica las recomendaciones de Raymond pero extendidas a la población LGTB al completo, a todas las mujeres en situación de prostitución y personas en situación de sinhogarismo.
Es también en 1981 cuando se le pone nombre al Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA). El SIDA fue vendido por la ideología conservadora como un castigo divino y una especie de limpieza para drogadictos, prostitutas, gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. Reagan, gran protector de la familia nuclear, blanca, heterosexual y creyente, jamás tuvo intención de atender a las personas enfermas de SIDA y el documento de Raymond permitió articular legalmente esa intención. Como consecuencia, las mujeres en situación de prostitución son casi exterminadas por la enfermedad. Mueren en la calle sin más atención médica que la de alguna organización caritativa. Incluso una década después y con investigaciones más avanzadas para el control de los anticuerpos, siguen muriendo personas del colectivo LGTB y mujeres vulnerables que con la adecuada atención médica hubieran podido salvarse.
Como quien no conoce la historia está condenado a repetirla, hay feministas que desconocen que tras cualquier iniciativa disfrazada de “feminista” proveniente de la extrema derecha se oculta siempre la traición a las mujeres.
De hecho en Italia hay quien parece no tener memoria y olvidar hasta dónde la extrema derecha es capaz de llegar y ve con buenos ojos algunas medidas tomadas por Georgia Meloni, como son la eliminación de las transiciones de género médico quirúrgicas en menores o la más atractiva prohibición de los vientres de alquiler (incluso en el extranjero) para cualquier ciudadano italiano, al tiempo que ignoran que la finalidad de esta última orden no es otra que la de impedir que las personas homosexuales puedan acceder a la gestación subrogada pero extendiéndola al impedimento a las lesbianas de filiación de sus propios hijos. Y todo ello mientras sigue con su campaña incansable contra el aborto al mismo tiempo que nombra a Marina Terragni, periodista de prestigio y feminista radical crítica de género, como Autorità garante per l’infanzia e l’adolescenza (equivalente a «Defensora del Menor/Infancia y Adolescencia»), el órgano independiente que vigila que el Estado italiano cumpla con las obligaciones adquiridas al ratificar la Convención de los Derechos del Niño aprobada por las Naciones Unidas.
Incluso aquí en España hace un par de años hubo alguna feminista de amplia trayectoria que no dudó en tontear con organizaciones ultracatólicas y partidos de extrema derecha llegando a compartir mesa y mantel para defender ex aequo la realidad biológica del sexo, y con la fatal consecuencia para las feministas de ser instrumentalizadas para defender posicionamientos homófobos en el propio parlamento. De estas reuniones entre el feminismo y la extrema derecha solo quedó el inevitable “ad hominem” de asimilarnos a las posturas reaccionarias que casi nos destroza como movimiento, y por el cual las feministas nos vimos atrapadas con esa comparación en lo que Carola López Moya bautizó como “pinza misógina” entre el transgenerismo y la extrema derecha.
La administración Biden-Harris pretendía un nuevo Panem con una élite diversa, transgresora y libertina, mientras la masa trabajadora estaría ahí para abastecerla y mantenerla.
La administración Trump-Vance pretende un nuevo Gilead con una élite homogénea, conservadora y puritana, mientras el pueblo le suministra mano de obra y futuros consumidores.
Sea como sea, a la extrema derecha, ni agua. Su discurso misógino hay que combatirlo igual que se combate el del transgenerismo. Porque igual de malo es para las mujeres negar la existencia del sexo como la del Patriarcado.








