por Emmanuel Moya
«Occidente se delata perpetuando la violencia contra la mujer en gran parte del mundo cuando legitima a regímenes de un machismo recalcitrante».
Este miércoles nos enteramos de la designación definitiva de Arabia Saudí como próxima sede FIFA para el Mundial de 2034, hecho que coincide prácticamente en el tiempo con los sucesos acaecidos en Siria, donde el régimen de Al Assad cayó a manos de brigadas paramilitares y grupos yihadistas. El hecho de que haya asistido un esfuerzo genuino e interesado por parte de un gran sector de la prensa internacional para blanquear a estos grupos salafistas, haciéndolos pasar por «rebeldes» y «moderados» –yihadistas prodiversidad, llegó a escribir Telegraph–, y legitimándolos continuamente al citarlos como «oposición», muestra a las claras como una gran parte del periodismo occidental no tiene reparos en dejar de lado la higiene deontológica cuando los intereses económicos o geopolíticos están de por medio.
Ambos sucesos coinciden en la línea temporal y muestran a las claras como las democracias liberales y las entidades internacionales del eje occidental –y la FIFA, aunque institución privada, es uno de ellos– traicionan sistemáticamente los valores que dicen enarbolar, premiando a aquellos regímenes y organizaciones que tienen incardinado en su ADN el desprecio absoluto a los más elementales derechos humanos.
De entre las muchas cuestiones que se vulneran a diario en este mundo patológico está una que afecta ni más ni menos que al cincuenta por ciento de la población absoluta del planeta: hablamos de los derechos de la mujer. Y cuando hablo de esto me refiero a cuestiones básicas, como son el derecho a la educación, el acceso a la sanidad, a la igualdad legal respecto al hombre, a la libertad de elección sexual, y en el caso de determinados países, la urgencia es más acuciante y se trata ya simplemente de garantizar algo tan básico como que la mujer no sea sistemáticamente mutilada, violada, esclavizada o vendida como mercancía.
Occidente ha dominado durante siglos el globo, pero siempre centrado en la extracción sistemática de recursos, por lo que jamás prestó atención a nada que ocurriera a nivel social en los territorios que gestionaba. Y tampoco estaba para dar lecciones de nada, por otro lado. La evolución y el progreso legal, político y cultural en materia de derechos humanos que se produjo en occidente a lo largo de las décadas no fue un logro del sistema, sino un logro de las luchas sociales a pesar del sistema, por más que ahora el capitalismo quiera arrogarse el mérito civilizador y la bandera de ser vanguardia de civilización y libertad.
Pero dado que Occidente monopolizó a las instituciones internacionales que en teoría deben abanderar el progreso humano a nivel global, como la ONU y tantas otras, debería ser consecuente con la responsabilidad adquirida y, como mínimo, no premiar con favores políticos, apoyo militar y relaciones económicas privilegiadas a regímenes que vulneran sistemáticamente y de forma obscena los más elementales derechos de la mujer.
Es una completa incongruencia que el capitalismo intente travestirse de feminista para blanquearse y resultar atractivo entre la población del primer mundo, al tiempo que hace negocios y sostiene a teocracias que lapidan a mujeres por ‘adulteras’, que tienen contemplada la poligamia en sus códigos legales, que protegen al agresor machista en los casos de violencia doméstica o incluso de violación, que obligan a la mujer a cubrir parte o gran parte de su cuerpo, y que le restringen el acceso al mercado laboral y la educación reglada.
Y no se trata de imponer una visión etnocentrista, como argumentan los estúpidos defensores del relativismo cultural. Nadie está pidiendo una invasión. Simplemente se trata de no favorecer económicamente y de no fortalecer políticamente a este tipo de regímenes. Arabia Saudí tiene un auténtico máster en violar sistemáticamente todos los derechos humanos posibles conocidos, amén de ser uno de los principales patrocinadores del terrorismo salafista y de las escuelas de pensamiento wahabistas que tanto han hecho crecer el integrismo islámico y el fundamentalismo yihadista, que ha costado y cuesta muchos miles de vidas. A pesar de ello y a pesar de marginar, reprimir y degradar sistemáticamente a la mujer, que representa el cincuenta por ciento de su población total, Occidente premia continuamente a los saudíes con todo tipo de prebendas, y lo que es peor, fomenta que la propia prensa europea y anglosajona lleve a cabo un blanqueamiento repugnante y sistemático de sus socios árabes solamente porque les interesan.
Socios estratégicos occidentales verdaderamente surrealistas en materia de derechos de la mujer no son sólo los saudíes, sino todo el orbe de teocracias del golfo y numerosas dictaduras y regímenes dudosos en África que presentan unas tasas escandalosas de ablación de clítoris, llevándose la palma nuestro gran y estrecho aliado en el Mediterráneo, Egipto, donde se calcula que al 90% de las mujeres se les han mutilado sus genitales. Al tiempo que los líderes occidentales te hablan de feminismo y las empresas lo usan masivamente como un recurso de marketing para mejorar su imagen, jamás nadie ni del sector público ni mucho menos del privado ha condicionado ningún tipo de apoyo o colaboración a ninguno de estos regímenes supeditándolos a que tomen medidas para garantizar el respeto y la protección de la mujer.
Esto se debe a que subliminalmente Occidente sigue conservando una «radix» inequívocamente misógina, que se retroalimenta con la misantropía general del capitalismo. La visión interna respecto de la hembra sigue siendo desdeñosa, y si en el primer mundo se ha abrazado la bandera del feminismo es porque al sector productivo le interesó en su momento incorporar a la mujer al mercado laboral y para ello debía garantizarle una serie de derechos, no porque realmente a nivel humano le importara lo más mínimo su bienestar. Luego ya fue simplemente cuestión de convertirlo en un producto de mercadotecnia, que no aplica cuando se trata de una mujer que está fuera de los límites de nuestra jurisdicción y no pertenece a nuestra propia cadena de consumo y explotación.
La misoginia geopolítica es, pues, la expresión del desprecio absoluto a lo que representa la mujer. Puedes encumbrar, legitimar y blanquear a quien sea sabiendo perfectamente que ese alguien odia a la mujer, odia su libertad, su cuerpo y teme su libertad. Occidente lo hace una y otra vez, de forma consciente y deliberada, porque en el fondo considera una completa molestia el cosmos femenino, sus necesidades vitales y existenciales. Al capitalismo depredador y a su expresión intelectualizada, que es el liberalismo, les irrita profundamente que la productividad o el orden geopolítico puedan verse condicionados por algo tan nimio para ellos como son los derechos fundamentales de la mujer.
Por supuesto esto trasciende hacia una misantropía generalizada que es extensiva al desprecio de los derechos humanos en sí mismos: nunca debemos dejar de tener una perspectiva general del problema, pues supone caer en la tentación de olvidar que las luchas sectoriales carecen de sentido si pierden de vista la perspectiva de clase y el enfoque humanista global.








