¿Un retroceso innecesario o un avance necesario?

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Por Amparo Mañés Barbé

El editorial del País de 4 de diciembre, con el título «Un retroceso innecesario» se dedica a cuestionar dos enmiendas aprobados en el 41º Congreso del PSOE. En una semana con 5 asesinatos de mujeres y de un menor de 2 años, lo que a El País le inquieta es que las «mujeres trans» no sean aceptadas en competiciones deportivas. Bueno, matizo, que no puedan competir en competiciones deportivas femeninas, porque en las masculinas claro que pueden… pero no les interesa, que ahí no se comen un rosco. 

Así, comienza el editorial explicando que una de las enmiendas aprobadas “propone excluir a las mujeres trans de las competiciones deportivas femeninas”. De manera que la invasión del deporte femenino, protagonizada por varones “que dicen” sentirse mujeres, es reconceptualizada como exclusión. Afirmación tanto más grave cuando todo el mundo sabe, a estas alturas, que el problema es justo el contrario: que los varones autodeclarados mujeres están excluyendo de pódiums, medalleros y becas deportivas a las mujeres en las competiciones reservadas a su sexo, no a identidades sentidas. Y que, de seguir así, el deporte femenino desaparecerá, quedando en una pantomima al servicio de varones  mediocres que solo así pueden conseguir un tramposo reconocimiento. 

Continúa el editorial indicando lo preocupados que están en la redacción por el hecho de que el PSOE no incluya la “Q” y el “+” en el acrónimo del colectivo LGTBI. En realidad, lo que a mucha gente le preocupa es no saber qué demonios significan esas dos siglas. Yo se lo explico: La letra Q, de queer, representa “lo extraño”, “lo raro”. La palabra “queer” era un insulto dirigido a las orientaciones sexuales, pretendidamente “resignificado” para desactivar tal insulto. Pero ahora, cuando todo el mundo sabe que nuestro Estado garantiza el respeto a las orientaciones sexuales, no cabe tal resignificación y, como insulto que es, lo que debe hacerse el eliminarlo por completo de nuestro vocabulario y de cualquier sigla.

Por lo que respecta al “+” este signo matemático refleja con claridad meridiana la impotencia para definir a un colectivo caracterizado precisamente, por ser indefinible e indefinido, fluctuante, fluido, elástico, y, en general, inclusivo de cualquier ocurrencia de narcisistas necesitados de “casito” que ven ahí la oportunidad para sus 15 minutos de gloria.

Que no se preocupe el diario El País ni se inquieten quienes lean este artículo. Como es obvio y justo, los derechos humanos de todas esas personas tienen la misma cobertura en nuestro Estado que cualquier otra. Porque, si de lo que hablamos es de que algún colectivo los considere  vulnerados, que se ponga a la cola: muchas, demasiadas mujeres pierden, debido a su sexo, el derecho a una vida digna; y algunas de ellas, hasta el más sagrado de los derechos humanos, el derecho a la vida; sin que los redactores de El País parezcan inmutarse demasiado por ello.

Prosigue el editorial indicando que “el PSOE pone innecesariamente límites a su compromiso con la igualdad. Quiebra de este modo su historia de alianzas con el feminismo y oposición a todas las formas de discriminación, incluidas las relacionadas con el género. Las feministas que promovieron las citadas enmiendas —y que han criticado al feminismo queer por acotar su ideario a la política de la identidad— parecen haber reducido ellas mismas toda su lucha a una sola cuestión: la defensa de la materialidad del sexo frente al género como una construcción vivida o elegida. La insistencia en ese único asunto —que disocia el sexo del sentido social del mismo y que piensa que el género es algo opuesto al feminismo— se entiende todavía menos en un momento de reacción ultra en todo el mundo, cuando proliferan leyes y proyectos destinados a perseguir a los miembros de un colectivo tan vulnerable como la comunidad LGTBIQ+”.

Semejante parrafada aconseja que vayamos por partes:

En realidad, con esta decisión de su 41º Congreso, lo que hace el PSOE es poner necesarios límites a su compromiso con la diversidad en contra de la igualdad, y con ello se pone en camino de recuperar “su historia de alianzas con el feminismo”, siempre que siga esa senda, porque a estas alturas las feministas recelamos de los ya conocidos bandazos socialistas en la materia.

La acusación de que las feministas reducimos toda nuestra lucha a una sola cuestión, la materialidad del sexo, es directamente, mentir. Muy por el contrario, actuamos en numerosos ámbitos de opresión y discriminación por causa, eso sí, de nuestro sexo: en la persistente desigualdad efectiva de derechos a pesar de la igualdad formal; en la violencia de pareja, la violencia sexual, la prostitución, la pornografía, la venta de óvulos, los vientres de alquiler, la brecha salarial, de pensiones, de tiempo, de cuidados…; en la coeducación, en la feminización de la pobreza…. 

Y, a pesar de ello, las feministas somos conscientes de que también hemos de luchar con un ámbito sobrevenido: el de convertir el género, la principal herramienta de opresión patriarcal, en lo que el editorial denomina identidades “elegidas” o “vividas”. Identidades que, de paso, están permitiendo pulverizar numerosos derechos que a las feministas nos ha costado, y nos sigue costando garantizar para las mujeres, por el simple hecho de haber tenido “la mala suerte” de nacer con el “segundo sexo”. Al precio, para varones reconvertidos mágicamente en mujeres, de ponerse sostén y bragas. Y al de someterse a la carnicería de dobles mastectomías a las mujeres que reniegan del elevadísimo coste de la femineidad: porque puede haber mujeres con pene, pero es inadmisible que haya varones con tetas.

Y  es que el género no es, como se pretende este editorial, una realidad elegida o vivida; al contrario, el género es una imposición patriarcal para oprimir a las mujeres discriminando, además, a quienes (varones y mujeres) se salgan del canon establecido para cada sexo por el grupo dominante. O, lo que es lo mismo, el género es una herramienta que se opone frontalmente a uno de los DDHH más conocido: la libre configuración de la personalidad. Así es que, al contrario de lo sostenido en el editorial, no queremos disociar sexo y género. Lo que queremos es abolir este último para liberarnos de los estereotipos que impone a cada uno de los sexos con el directo objetivo de subordinar a las mujeres y privilegiar a los varones.

Porque, ¿cómo se puede legitimar que el género construya identidades, ignorando olímpicamente que es herramienta de opresión y discriminación? No, señoras y señores de El País: el género solo cabe erradicarlo. Especialmente porque -en su nombre- se han justificado, y se siguen justificando, todas y cada una de las opresiones de las mujeres, así como la violencia necesaria para mantenerlas. 

Y es precisamente en este el punto donde debemos también traducir la expresión “feminismo queer” a lo que realmente es: un fraudulento entrismo en el feminismo para, desde dentro -como vulgar caballo de Troya- intentar legitimar todas y cada una de las instituciones patriarcales que el feminismo exige abolir: el género, la prostitución, la pornografía, la donación de óvulos y los vientres de alquiler. 

«Feminismo queer» es, por tanto, un oxímoron, ya que -por sus fines los conoceréis- se trata de un “Feminismo patriarcal” que no tiene cabida en el feminismo, por mucho que lo hayan pretendido, intentando colocar una “S” tramposa al final del nombre de nuestro noble y justo movimiento: No, no hay tal cosa como “Los FeminismoS”. Porque, claro que puede haber corrientes en el feminismo; pero la meta es única: la liberación de las mujeres de su opresión, y no su refuerzo y consolidación. 

Prosigue el editorial afirmando que el PSOE se acerca de forma preocupante a la caricatura reaccionaria que presenta el género como una “ideología”. Pero, ¡señores de El País!, claro que el género es ideología! De hecho, es pura ideología patriarcal. Y su validación no se limita a un solo lado del espectro político. Porque, mientras los movimientos reaccionarios de derechas lo validar diciendo que a las mujeres nos tiene que gustar el rosa, los de la izquierda neoliberal (otro oxímoron, por cierto), lo defienden diciendo que si te gusta el rosa eres mujer. Las dos caras de la misma moneda.

Y, en efecto, ampliar los derechos (¿elegir sexo es un derecho?) de una minoría no debería implicar recortar los de la mayoría. Pero es que, es precisamente eso lo que pretende la descarada estrategia patriarcal del queerismo: Recortar nuestros derechos deportivos, nuestro derecho a espacios segregados por sexo para garantizar nuestra seguridad, intimidad, etc. ante las agresiones de los varones; o, sencillamente, para discutir nuestra opresión fuera del alcance de quienes nos oprimen. Recortar nuestro acceso a premios y reconocimientos (porque ya saben: la mejor mujer, un varón). Se manifiesta también en la cada vez más generalizada distorsión estadística de los datos por sexo, que «casualmente» eran la principal herramienta feminista para demostrar la opresión de las mujeres.

La guinda del pastel de los despropósitos llega hacia el final del artículo, cuando afirma que «Tal actitud no solamente es contraria a los postulados del feminismo, que utiliza el concepto de género para mermar un determinismo biológico que tradicionalmente servía como excusa para justificar y naturalizar una sociedad desigual«. ¿Están queriendo decir que el feminismo considera el género como una herramienta «valiosa», en la medida  en que ha permitido reducir las limitaciones atribuidas fraudulentamente  a nuestro sexo? No salgo de mi asombro ante tal analfabetismo funcional feminista.

Por último, me permito observar, no sin cierto regocijo, lo mal que le ha sentado a la redacción de El País que, por una vez, las mujeres del partido socialista hayan hecho prosperar dos tímidas enmiendas que casi ni rozan el auténtico objetivo feminista de derogar la Ley Trans. Y, aun así, les parece demasiada osadía y por eso, desde el editorial, reclaman que el varonil patriarcado socialista ponga orden en su casa. Las feministas -les dicen- o sumisas… o calladas. 

Salvo que se trate de esas «feministas» que defienden todos y cada uno de los intereses patriarcales. Entonces, El País, y los otros medios de comunicación al servicio de los intereses patriarcal- capitalistas, se apresura a darles voz de manera incansable, mientras silencia y censura las voces auténticamente feministas. ¿Qué más prueba quieren de la naturaleza patriarcal del feminismo queer?

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