Por M. Engracia Martín Valdunciel (Abolicionistas Aragón)
Con Soy Nevenka, Icíar Bollaín ofrece al público una película que aúna compromiso y sensibilidad al abordar un grave problema social como es la violencia machista. En este caso, la directora focaliza el desarrollo de la trama en el acoso sexual filmando una historia basada en hechos ocurridos al filo de cambio de siglo en el consistorio de Ponferrada. Un caso que se saldó con el primer político condenado por acoso sexual en nuestro país, delito que desde 1999 recogía el Código Penal; y no por casualidad, sino gracias al feminismo que tiene entre sus objetivos nombrar la realidad machista para combatirla: en el crimen pasional de antaño reconocemos actualmente la violencia machista, del mismo modo que en el coqueteo frívolo puede esconderse el acoso sexual, figuras ambas que forman parte del mismo sistema de poder.
Se cumple con Icíar Bollaín, también con otras directoras, el pronóstico de críticas de ficción audiovisual, entre ellas Pilar Aguilar en nuestro país, que vienen planteando desde hace décadas la necesidad de la presencia de directoras de cine. Auguraban las analistas la posibilidad de que, de su mano, pudieran derivarse textos fílmicos —no necesariamente feministas— que contaran la experiencia de las mujeres para equilibrar la hegemonía de la mirada masculina en el cine, una mirada que habitualmente cosifica a las mujeres. El ideal sería contar con directoras, guionistas, productoras, etc., que pudieran llevar a la pantalla relatos en los que aquellas no sean representadas como objetos sino como seres humanos y asumir puntos de vista más acordes con la realidad material de las mujeres, una realidad más compleja de lo que la mirada masculina es capaz de reproducir en la industria cinematográfica. Se requerirían, en definitiva, otras ópticas para modificar un discurso patriarcal a menudo cómplice con la cultura machista. Como ocurre, por ejemplo, a través del culto al mito de la “puta feliz” que han prodigado directores de diferentes tendencias, desde Luis Buñuel a Billy Wilder, de Blake Edwards a Garry Marshall, etc., o al trivializar diferentes formas de violencia sobre las mujeres, como la crítica de ficción audiovisual citada viene señalando en películas de directores como Pedro Almodovar o Fernando León, por citar nombres conocidos.
Hace más de 20 años la directora de También la lluvia diseccionó de forma rigurosa la violencia masculina en la pareja en una historia cruda y sin concesiones al morbo, Te doy mis ojos, del año 2003. En Soy Nevenka, Icíar Bollaín lleva a cabo la anatomía del acoso sexual a una joven concejala, Nevenka Fernández, por parte del alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez. La película cuenta con un guion certero y preciso cuyo resultado es un film que oscila entre documental-ficción; están cuidados el desarrollo de la historia y la evolución de unos personajes llenos de matices y claroscuros que interpretan dos actores de forma notable, Mireia Oriol y Urko Olazabal, a quienes vemos desplegar diferentes registros a lo largo del film. La cineasta se enfrenta a la complejidad del asunto primero documentándose ampliamente sobre la historia y los principales protagonistas y segundo en una puesta en escena sobria que sin embargo no escatima dureza en el tratamiento del ejercicio del abuso de poder. Y hablamos de abuso de poder porque, efectivamente, la posición de los protagonistas, o su autoridad, es desigual como veremos: Ismael Álvarez como hombre, primero, como persona mayor que la joven Nevenka Fernández, en segundo lugar, y como alcalde y empresario frente a una subordinada, permiten hablar en esos términos.
A nuestro entender, la credibilidad de una mujer, el respeto a su palabra, es clave en la película. Temas de actualidad cuando la ley de libertad sexual del 2022, conocida como sólo sí es sí, coloca el consentimiento en primer plano al plantearlo como eje para valorar y, en su caso, penalizar la conducta sexual de los hombres; situación que ha levantado un cúmulo de acertadas críticas por diferentes razones. Entre ellas porque esa categoría hace recaer, perversamente, el peso y la responsabilidad de la relación sobre las mujeres; además, el uso del concepto y las normas que lo toman en consideración no tiene en cuenta la realidad asimétrica entre los sexos. El consentimiento se basa en una falacia, la igualdad entre hombres y mujeres, y en una ilusión, que las voces de unos y otras gozan de la misma credibilidad en nuestra sociedad. Por tanto, ¿qué legitimidad puede darse al consentimiento en una situación de dominación y desigualdad estructural? Se apela a una decisión individual que enmascara una cruda realidad: el machismo es un problema de dimensiones más amplias. Hay que recordar que los patriarcados encaminan a las mujeres a consentir, a ceder frente a deseos, ambiciones, aspiraciones, etc., de otros. Se socializa a las mujeres impidiéndoles, a menudo, identificar sus propios objetivos vitales para que, en definitiva, asuman la ley del agrado, una ley no escrita que sigue vigente para la mitad de la sociedad. Por consiguiente, el consentimiento, ese ceder a requerimientos ajenos, de todo tipo, está viciado de antemano y no parece que pueda convertirse en llave para comprender la violencia sexual. En nuestra opinión, la película tiene mucho que ver con esta problemática —con sujetos y relaciones de poder— en la que se percibe el esfuerzo por situar al espectador para que pueda posicionarse: éste se enfrenta a un contexto social, político, cultural, etc., en el que los protagonistas de la historia, seres normales —ni Ismael Álvarez es un monstruo ni Nevenka Fernández una pusilánime— están claramente condicionados por las diferentes posiciones que ocupan y que marcan las posibilidades o los límites de sus actuaciones.
Efectivamente, no somos sólo individuos, como pregonaba la señora Thatcher, formamos parte de entornos de poder complejos que limitan o expanden nuestro desarrollo personal y nuestra capacidad de iniciativa. En esta línea, la directora retrata el marco en que se desarrolla la trama que nos permite captar algunas de esas claves. Estamos en la España del todo va bien del prepotente José María Aznar, del triunfo del Partido Popular en las elecciones del 2000, partido al que pertenecen Nevenka e Ismael. Nos encontramos, la película lo refleja, en un contexto de burbujas urbanísticas, malversación de fondos, mangoneos e irregularidades de diferente tipo en la administración local que crean redes de vasallaje y, por tanto, de silencio y sumisión, en el entorno del cacique y los beneficiarios… Están presentes, por otra parte, las siempre complejas relaciones familiares: recordemos que los padres animan a su hija a trabajar en el ayuntamiento al tiempo que advierten a la joven del peligro… porque el alcalde tiene fama de mujeriego. La historia transcurre en un momento en el que los partidos van asumiendo exigencias del feminismo, como la presencia de mujeres en sus filas… aunque, de facto, estas sean consideradas poco más que floreros… Se encuentran también en la historia las legítimas ambiciones profesionales de una joven licenciada, etc.
La película problematiza la idea de que consentir una relación en un determinado momento impida que quepa hablar de acoso sexual cuando una parte decide finalizar la relación y la situación cambia. Como si ese consentir marcara a una mujer para siempre. Efectivamente, al parecer, Nevenka consiente inicialmente la relación con Ismael Álvarez. Y podemos analizar y debatir, como se ha indicado, cómo se produce, el grado de legitimidad o validez en una sociedad patriarcal. Estimamos que la película proporciona elementos que pueden propiciar ese debate. Pero lo que parece que no ofrece mayor discusión, o no debería tenerla, es el hecho de que si una mujer decide poner fin a una relación su palabra debería ser respetada; sin embargo, cuando la concejala cambia de idea su voz no tiene peso, es respondida con un proceso de hostigamiento. Esta situación inadmisible es la que daría lugar a la posterior denuncia y juicio por acoso laboral y sexual en el que, de nuevo, la palabra de la joven estuvo en juego. Ante la negativa de Nevenka Fernández Ismael Álvarez pudo poner en marcha un dispositivo de violencia que se extendió a ámbitos profesionales, públicos o de carácter privado. El espectador es testigo de las agresiones — sutiles o brutales— que el acosador modula; el mirar sin ver del entornos harán el resto para minar la estabilidad mental y psicológica de la joven enfrentada a una situación que la desborda pero sin que quiera, inicialmente, admitir que la supera; sin decidirse a tirar la toalla porque entiende que están en juego su dignidad y su credibilidad profesional, como luego manifestaría en el juicio. Observamos en escenas muy logradas cómo la mujer animosa y cordial del principio se va apagando al sufrir la soledad y el vacío. En este punto se echa en falta algo importante que la consulta a la hemeroteca pone de manifiesto y que la película no refleja, el apoyo de grupos feministas de la región a Nevenka Fernández, bajo lemas como Ningún agresor en cargos públicos.
La historia es conocida. Nevenka Fernández tras un calvario termina renunciando a su cargo en la administración municipal y formula, finalmente, una denuncia por acoso sexual y laboral. El alcalde fue declarado culpable y multado. Lo indignante del relato de esta mujer — y de tantas otras— es que se dudó de su palabra tanto en el marco de la justicia como en la sociedad, que se puso del lado del agresor. Porque fue Nevenka quien, dado el ambiente hostil que se extendió en su ciudad, se fue al extranjero para poder continuar con su vida. Mientras, el alcalde permaneció en Ponferrada, recibió el apoyo de su partido, de periodistas, medios de comunicación, conciudadanos, etc., y, aunque fue expulsado del PP una vez condenado, consiguió presentarse a las elecciones municipales años más tarde…Todo lo cual constata que el problema y la clave del cambio debe ser social: los acosadores o los violadores encuentran en la sociedad un humus, un sustrato de valores, que ampara su violencia, que normaliza situaciones insostenibles y tremendamente injustas para las mujeres. Una situación que la película pone de manifiesto y que es preciso modificar: el miedo, la vergüenza, la culpabilidad deben cambiar de bando. Quizá desconocemos todavía o no valoramos de forma suficiente el esfuerzo y el coste personal de tantas mujeres que tuvieron que ir abriendo camino en diferentes ámbitos de la esfera pública, un contexto que los hombres han considerado, y consideran, espacio privativo en el que nada tienen que justificar mientras las mujeres son sospechosas, de entrada, por salir del ámbito privado.
La película recoge unas declaraciones de Nevenka Fernández al final del juicio en las que anima a mujeres en situaciones similares a no callarse. Parece fundamental, como denunciar, para dar visibilidad a la violencia machista, para concienciar a la sociedad del sufrimiento de muchas mujeres pero, ¿en qué condiciones, con qué riesgos, con qué coste psicológico o profesional si la justicia y la sociedad se posicionan del lado del poder? Hechos como el que recoge la película no son casos aislados: forman parte del terrorismo patriarcal y como problema político que es hay que enfrentarlo. Si fue posible encarar el terrorismo de ETA, ¿por qué no se hace lo propio con el terror machista? … ¿A qué estamos esperando las mujeres para dar la espalda a partidos políticos que no nos defienden y apostar por formaciones feministas, como PFAC?








