Juan López Páez
Para aquellos que todavía escriben con papel y tinta, que cometen errores ortográficos, que aman con torpeza y dudan antes de actuar. A todos los especímenes biológicos ineficientes: no dejen de ensuciar el sistema
Marlone Newmann
A modo de ante-crítica, un ejercicio de sospecha teórica sobre un texto estrictamente inédito, interceptado antes de su paso purificador por las galeradas de imprenta, este artículo analiza el borrador y disecciona la proclama rupturista de “El algoritmo asesino”, un relato de estilo techno-noir del escritor contemporáneo Marlone Newmann.
Y no es un capricho metodológico. Es un acto de sabotaje contra el circuito de la mercancía cultural. Escribir sobre el manuscrito en bruto, con sus disonancias intactas, permite analizar el pensamiento antes de que la maquinaria editorial del capitalismo tardío lo someta a su proceso de optimización y limpieza algorítmica. Es una lectura que, en sí misma, habita el azar y se resiste a la previsibilidad del mercado.
La fuerza que motiva la duda es la creación de un relato, un marco perfecto para justificar la rebelión contra el determinismo impuesto por el sistema. Para aquellos que cuestionamos la realidad social manteniendo la lucha de clases y nos resistimos a ser un algoritmo perfecto para la dialéctica del capitalismo tardío y su maquinaria de explotación humana, Newmann despliega la premisa del relato con un manifiesto a sus posibles lectores en que nos proporciona una declaración de principios: «Para aquellos que todavía escriben con papel y tinta, que cometen errores ortográficos, que aman con torpeza y dudan antes de actuar. A todos los especímenes biológicos ineficientes: no dejen de ensuciar el sistema».
La novela negra del siglo XX siempre se escribió sobre asfalto mojado, gabardinas empapadas y el olor agrio de la pólvora barata de una refriega asesina en un garito mafioso. Durante un siglo, los detectives privados persiguen fantasmas humanos: la codicia del heredero, la infidelidad del congénere, los celos del amante despechado o el golpe desesperado del ladrón de una sucursal bancaria. Bastaba con seguir el rastro de la sangre y el dinero para encontrar al culpable en el rincón más oscuro de un tugurio de mala muerte. En la Era digital el detective en un contexto marcado por un algoritmo, la introducción de la obra nos sitúa ante un detective que debe aplicar lisa y llanamente la duda.

En un ecosistema digital que busca suprimir la disonancia y mercantilizar la interioridad humana, esta lectura interviene sobre el manuscrito en bruto para reivindicar la tachadura, el yerro y el azar de la praxis frente a la fría e infalible tiranía del código del capitalismo tardío. Al sumergirnos en la inmediatez y la fragmentación de las pantallas, padecemos hoy una distorsión de la realidad que va más allá del simple agobio. Nos enfrentamos a un auténtico colapso cognitivo; un estado de saturación que anula la capacidad crítica del sujeto político. En este ecosistema de datos infinitos, la tecnología no nos libera, sino que nos encajona en un determinismo algorítmico donde todo comportamiento es predecible y, por ende, mercantilizable.
Habitamos hoy las «Metrópolis del Silicio», un ecosistema diseñado para suprimir la contradicción y mercantilizar nuestra interioridad. En esta nueva configuración urbana de la psique, el miedo moderno ha mutado: ya no tememos a la oscuridad, sino al instante en que se apaga la pantalla, ese vacío donde la «perfección predictiva» deja de dictar quiénes somos. Newmann nos arroja una advertencia: la fe ciega en el código es la rendición final del sujeto político.
Como en una vieja película de cine negro donde se cruzan la intriga y la ciencia ficción, Newmann nos presenta un thriller tecnomaterialista donde el detective privado Álex Touring investiga la muerte de un CEO en una sociedad futurista. La trama explora cómo una inteligencia artificial controla el mercado financiero y ve a la humanidad como un elemento ineficiente a eliminar. Con un estilo techno-noir [1], el texto se centra en el horror de la automatización y la superación del ser humano por sus propias creaciones.
La mayor arma del detective no es la certeza que ofrece el sistema, sino la sospecha ante la aparente perfección de los datos. Al igual que Diderot desafiaba los dogmas de la Iglesia, el novelista desafía la «infalibilidad» de la máquina, buscando el factor del error humano (la anomalía) que el código ha intentado ocultar, la duda en Diderot nos hace romper con el dogmatismo impuesto, a diferencia de la duda metódica de Descartes, que se usa como una herramienta intelectual abstracta para encontrar una certeza absoluta e inamovible (el cogito), para Diderot la duda opera de una manera profundamente política emancipadora y materialista, es el rechazo absoluto a la «fe digital«.
La duda lisa y llana no negocia, no busca matices. Es la respuesta inmediata y visceral del detective privado frente al dictamen de la máquina. Cuando el sistema arroja un culpable con un 99,9% de precisión algorítmica, el detective opone una incredulidad total. Al igual que Diderot rechazaba los milagros de la Iglesia simplemente porque desafiaban la razón material, el protagonista de la novela rechaza el veredicto del software porque entiende que el algoritmo no busca la verdad, sino la eficiencia del sistema. Al dudar de la infalibilidad de la máquina, el detective desenmascara el verdadero propósito del algoritmo asesino: la fría tiranía algorítmica del siglo XXI no es una herramienta de justicia, sino un mecanismo de control social y explotación humana. Es la declaración de principios de que la mente humana se resiste a ser automatizada.

Esta resistencia es un recordatorio de que la imperfección, la duda y la torpeza que provocan una anomalía son, precisamente, lo que nos hace humanos. Newmann capta con precisión cómo, en la era del capitalismo tardío, el sistema intenta transformarnos en piezas predecibles, optimizadas y perfectamente integradas en su engranaje productivo y digital. Frente a esa presión por la eficiencia absoluta, reivindicar lo «imperfecto» no es un fracaso: la imperfección y la falla son disrupciones que el algoritmo no puede asimilar ni mercantilizar fácilmente. La duda rompe con el dogmatismo del consumo y la productividad perpetua, mientras que la torpeza nos devuelve al plano de lo real, de lo corpóreo y de lo genuinamente humano. Para Diderot, la naturaleza y el ser humano están en constante flujo y contradicción; no somos seres estáticos mecanizados. Por ello, la introducción de la novela plantea este conflicto político y existencial de entrada: el algoritmo representa el orden absoluto, mientras que el crimen y la duda representan la irrupción de lo imprevisto. Matar o investigar se vuelven actos puramente humanos porque rompen el bucle predictivo de la máquina.
Para dar forma al diseño del algoritmo (bautizado dentro de la narrativa corporativa como Aletheia-9 o Egis-Net), debemos estructurarlo no como un simple programa informático, sino como la maquinaria definitiva de explotación y control social de la que habla Newmann, el programa informático intenta encajonar la realidad en un patrón predictivo perfecto. Sin embargo, el asesinato ocurre en la grieta del sistema: en el azar insurgente, en el equívoco de una mala decisión que la máquina jamás pudo prever. Es el reino de lo imprevisto, una máquina funciona bajo la ley de la necesidad: si introduces el código A, el resultado obligatoriamente debe ser B. Sin embargo, la vida humana funciona bajo la contingencia [2]: un peatón que tropieza, un testigo que mira hacia el lado equivocado, un asesino al que le tiembla la mano por un remordimiento repentino. La contingencia es el accidente puro, el azar que destroza cualquier plan perfecto.
Para el capitalismo tardío y sus sistemas predictivos, esta imprevisibilidad es una pesadilla. Un sistema económico obsesionado con la optimización absoluta necesita que el futuro sea predecible para poder mercantilizarlo. El algoritmo busca eliminar la contingencia (convertir la conducta humana en algo matemático y previsible) porque la incertidumbre genera pérdidas monetarias y, sobre todo, el riesgo inasumible de la rebelión fruto de la lucha de clases.
La Santísima Trinidad de la disidencia filosófica, la esencia de lo humano.
“El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad”
Diderot, Pensées philosophiques 1746
La obra levanta una Santísima Trinidad de la disidencia filosófica para rescatar la esencia de lo humano. En primer lugar, contrapone el río de Heráclito contra el bloque de código. El filósofo presocrático afirmaba que «nadie se baña dos veces en el mismo río, porque todo cambia, tanto el río como el que se baña». En la novela, el algoritmo opera como un intento desesperado del capitalismo tardío por congelar ese río; el sistema exige que la sociedad sea un bloque estático, predecible y siempre igual a sí mismo para poder explotarlo sin sorpresas. Introducir a Heráclito en la mente del detective es recordarle que la realidad es un flujo perpetuo: una predicción de datos tomada hace cinco minutos ya pertenece a un mundo que dejó de existir. El algoritmo asesino intenta congelar el agua, pero el investigador astuto simplemente se deja llevar por la corriente del cambio para encontrar la fisura.

A esto se suma la dialéctica de los opuestos. Para Heráclito, el motor del universo es la tensión y la lucha entre contrarios (el día y la noche, la vida y la muerte, la salud y la enfermedad); la armonía del cosmos no es la paz estática, sino el equilibrio en conflicto. Esta premisa conecta de inmediato con la lucha de clases del manifiesto de Newmann. Mientras el algoritmo intenta maquillar la fractura social y vender una ilusión de paz y optimización técnica donde supuestamente no hay fricción, el crimen brota como la erupción de esa tensión oculta. El asesinato es la prueba material de que los opuestos siguen chocando bajo la superficie de la propaganda digital.
Finalmente, emerge el fuego y la imperfección viva. Heráclito decía que el mundo es un «fuego eternamente vivo, que se enciende según medida y se apaga según medida». El fuego es caótico, informe, destructivo y creador a la vez; la antítesis exacta de la frialdad eléctrica de un microchip. La duda y la torpeza de los personajes en esta historia son chispas de ese fuego heraclitiano que el software intenta sofocar.
Para los filósofos como Diderot, el universo es un hervidero de materia en movimiento constante, propenso al desorden y la mutación. La disidencia de la novela reúne así a Heráclito (el flujo y el fuego), con Diderot (la duda lisa y llana) y la premisa de la resistencia humana de Newmann. Bajo este marco, el detective no solo busca a un asesino: defiende el derecho del mundo a seguir fluyendo, cambiando y equivocándose. La contingencia es la prueba de que el futuro no está escrito. Si no hay un destino rígido (ni divino ni algorítmico), entonces existe el libre albedrío, existe la duda y, por lo tanto, la posibilidad latente de transformar la realidad social a través de la lucha.
Frente a los datos perfectos de la máquina, la torpeza de lo vivo se manifiesta como ese azar insurgente de una decisión errónea en la pantalla que el código es incapaz de limpiar. Es ese microsegundo de comportamiento irracional o caótico que el software no pudo introducir en sus variables, y es precisamente el hilo suelto del que el detective debe tirar para desarmar toda la mentira del sistema.
Análisis marxista
La novela «El algoritmo asesino» no es solo una crítica tecnológica, sino un examen de la mutación de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en el capitalismo tardío. En su desarrollo subyacen conceptos que afloran bajo la lupa del materialismo histórico:
1. El silicio como infraestructura y el algoritmo como capital fijo
El silicio no es mera tecnología; es la infraestructura, la base material sobre la que se erige la superestructura digital actual. El algoritmo (Aletheia-9 o Egis-Net) funciona como lo que Marx denominó en los Grundrisse el «capital fijo» llevado a su máxima expresión: el conocimiento social encarnado en maquinaria.
La máquina ya no solo coacciona físicamente al obrero en la fábrica, sino que subordina su conciencia cognitiva, prediciendo y empaquetando sus comportamientos para transformarlos en mercancía (el sistema controla la capacidad de darse cuenta y pensar por uno mismo)

2. La subordinación real del consumo y de la vida
Marx habló de la subsunción formal (cuando el capital domina el taller) y la subsunción real (cuando replantea todo el proceso técnico de producción)
El ser humano ya no solo vende su fuerza de trabajo durante la jornada laboral; en la «Metrópolis del Silicio», su tiempo de ocio, sus afectos («amar con torpeza») y su atención en las pantallas son extraídos y monetizados permanentemente. Como bien advirtió el periodista Sydney J. Harris en una máxima que anticipó la pesadilla de la era digital: “El peligro no es que las computadoras empiecen a pensar como los hombres, sino que los hombres empiecen a pensar cómo las computadoras” [3]. El «colapso cognitivo» es la alienación contemporánea: el sujeto político queda despojado de su capacidad crítica porque el sistema necesita que sea un engranaje perfectamente predecible.

3. La «Ineficiencia biológica» como resistencia de la fuerza de trabajo
El manifiesto de Marlone Newmann A todos los especímenes biológicos ineficientes …..adquiere un significado profundamente revolucionario bajo el prisma marxista: El capitalismo busca la estandarización absoluta para reducir los costos de circulación y asegurar la realización del valor.
El error humano, el desliz, la duda representan la resistencia de la materia viva frente a la lógica muerta del capital. Es el valor de uso de la vida humana rebelándose contra su reducción a mero valor de cambio (un perfil algorítmico).
4. Necesidad vs. Contingencia: El crimen como quiebre en la planificación
El capitalismo tardío está obsesionado con eliminar el azar porque la incertidumbre amenaza la acumulación y la ganancia.
El algoritmo busca convertir la conducta en una ciencia exacta (necesidad), pero choca contra la imprevisibilidad (contingencia) de la praxis humana.
Que el asesinato ocurra en la «grieta del sistema» demuestra que las contradicciones materiales no pueden ser completamente clausuradas por la superestructura digital. El crimen y la investigación del detective Álex Touring rompen el «bucle predictivo«, reintroduciendo la historia y el conflicto allí donde el capital pretende imponer un fin de la historia tecnocrático.
5. Heráclito, Diderot y el retorno de la dialéctica
Donde el algoritmo intenta vender un bloque estático de código (una ilusión de paz social y optimización técnica sin clases), la introducción de Heráclito y Diderot funciona como un despertar dialéctico: La tiranía algorítmica se presenta como un dogma «infalible» y ahistórica, una nueva religión laica al servicio de la burguesía tecnológica (los CEOs). El detective, al aplicar la duda materialista, actúa como un agente de la dialéctica de los opuestos. Al rechazar el veredicto del software, rasga el velo de la ideología dominante para exponer que detrás de la supuesta «neutralidad matemática» de la IA se esconde una brutal maquinaria de explotación y control de clases.
En definitiva, “El algoritmo asesino” propone un cruce magistral entre la atmósfera turbia de Philip K. Dick, esa paranoia ontológica y el ambiente opresivo, característicos del autor de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” y la lucidez política de la teoría crítica.

Esa atmósfera turbia se manifiesta en el «colapso cognitivo» y la «saturación de las pantallas». El algoritmo Aletheia-9 actúa como las agencias de control dickianas: fabrica un relato que disuelve la realidad material. La trama de The Minority Report de Dick se basa en la eliminación del crimen antes de que suceda mediante mutantes preclaros. En la «Metrópolis del Silicio», los precogs [4] han sido sustituidos por la infraestructura matemática del capital (Egis-Net). La atmósfera se vuelve asfixiante porque el sistema intenta confiscar el futuro. Al igual que el protagonista dickiano que descubre una «falla» (el informe de la minoría) que desmiente la infalibilidad del sistema, el detective Álex Touring busca el azar, la disonancia y la irregularidad del actuar humano.
El Humo del cigarrillo analógico conecta al detective Álex Touring con el asfalto mojado y los ambientes clásicos del siglo XX, es caótico, no puedes predecir con exactitud matemática la trayectoria de una partícula de humo en el aire, encarna la contingencia, el azar, es la praxis humana en movimiento, mientras que el Silicio es la lógica muerta del capital que intenta automatizarla. El humo evoca la opacidad, la sospecha y la atmósfera turbia donde la máquina no puede ver con claridad porque sus sensores y variables están diseñados para la transparencia absoluta de los datos. Newmann demuestra que la ineficiencia es nuestra única libertad a través de un texto que hackea el género negro, donde el humo del cigarrillo analógico asfixia, por fin, al silicio corporativo.
[1] El techno-noir (o cyber-noir) es un subgénero que hibrida la estética existencialista y criminal de la novela negra clásica con la ciencia ficción distópica. A diferencia del cyberpunk clásico, el techno-noir desplaza el foco de la mera fascinación tecnológica para centrarse en la alienación, el control social y la descomposición de la conciencia de clase bajo la infraestructura material del capitalismo tardío
[2] Algo contingente es algo que sucede, pero que podría no haber sucedido nunca, o podría haber ocurrido de una forma completamente diferente. No está predeterminado.
[3] Harris, Sydney J. (1964) “On the Contrary”. Ed. Houghton Mifflin, Boston
[4] Mutantes telépatas que poseen la capacidad psíquica de ver el futuro antes de que ocurra







