Lo que sabemos realmente de la invasión de Ceuta

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Cronología, mentiras y el estrecho que nadie quiere nombrar

Llevo semanas dándole vueltas a esto. No es fácil escribir sobre Ceuta sin que te tachen de algo — de alarmista, de conspiranoico, de guerrerista del teclado. Pero después de cruzar más de sesenta fuentes una por una, de leer sentencias del Tribunal Supremo y comunicados de AFRICOM, de revisar lo que dijo cada ministro y lo que no dijo, de comprobar fechas, creo que hay un relato que merece contarse con la distancia que da el paso de las semanas. No es el relato de un tertuliano ni el de un tuitero. Es el que construyen los papeles.

Esta no es una opinión disfrazada de artículo. Es lo que he podido verificar, lo que he tenido que corregir y lo que, honestamente, sigue sin cuadrar. Lo dejo aquí para que cada uno saque sus conclusiones.

Los antecedentes que nadie contó

Todo empieza, como casi siempre, bastante antes de que las cámaras llegaran.

El 29 de junio de 2026 el Tribunal Supremo emitió la sentencia 814/2026, que se haría pública el 8 de julio. La sentencia decía algo aparentamente técnico pero con consecuencias enormes: cuando una persona entra a nado por la frontera de Ceuta o Melilla, no se le puede aplicar la devolución en caliente del artículo 21 de la Ley de Extranjería. Hay que seguir el procedimiento ordinario de expulsión. Es decir: si te tiras al agua, no te pueden devolver directamente. Te tienen que tramitar un expediente.

Eso cambió las reglas del juego en la frontera. Y todos lo sabían.

La Operación Paso del Estrecho de 2026 había arrancado el 15 de junio. Para finales de mes, ya funcionaba a pleno rendimiento, con miles de personas cruzando cada día por el puerto de Tarifa y Algeciras.

El 9 de julio la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) pidió por escrito instrucciones sobre cómo aplicar la nueva sentencia. A día 20 de julio, Interior solo había cubierto 3 de las 20 plazas de refuerzo policial solicitadas para Ceuta. Tres. De veinte. Eso no es un despiste. Es una negligencia.

El 20 de julio, Pedro Sánchez viajó a Argelia para negociar el suministro de gas. Marruecos miraba con atención el encuentro, especialmente tras el cierre del histórico gasoducto Magreb-Europa en 2021, lo que convirtió al gasoducto submarino Medgaz —que conecta directamente a Argelia con España sin pasar por territorio marroquí— en la única vía de entrada del gas argelino a la Península.

El 26 de julio, el consejero de Presidencia de Ceuta, Alberto Gaitán, le pidió a la secretaria de Estado de Seguridad, Aina Calvo, barreras antiintrusión para el Tarajal. La petición fue rechazada.

Y el 27 de julio todo empezó a irse de las manos.

El 27 de julio

Ese lunes, Ceuta declaró la emergencia migratoria. El Área de Menores alertó de que tenía 52 niños sin documentación esperando en la frontera, una cifra que no tenía precedentes. Juan Jesús Vivas, el presidente de la ciudad autónoma, llamó a la Moncloa. Según fuentes del PP, Sánchez no le cogió el teléfono. El jefe de gabinete, Diego Rubio, supuestamente le dijo a Vivas que «no se preocupara». El Gobierno ha desmentido esta versión.

Lo que sí es público es que tanto TheObjective como Euronews publicaron después de la crisis que el CNI había enviado avisos a Interior en los días previos advirtiendo de una entrada masiva inminente. Marlaska ha negado rotundamente haber recibido ningún informe, aviso ni publicación del Centro Nacional de Inteligencia.

Alguien miente. O no se están contando todas las capas del aviso.

El 30 de julio

A las once de la mañana del miércoles 30 de julio, miles de personas empezaron a cruzar la valla del Tarajal. No fue espontáneo. Testigos y medios como The New York Times y The Telegraph documentaron que agentes de la policía marroquí alentaban el cruce desde el lado sur. El operativo usó la playa del Tarajal como vía principal y generó una distracción simultánea en el paso de Benzú para dividir a los pocos efectivos españoles.

¿Cuántos efectivos tenía España en la frontera ese día? Cuatro guardias civiles. Eso es lo que documentó TheObjective. No cuarenta y ocho, como se dijo en un vídeo que dio la vuelta. Cuatro personas frente a una avalancha.

¿Y los refuerzos? El propio Vivas declaró que tardaron horas en llegar. Algunos analistas habla de ocho horas. No he encontrado esa cifra en ningún medio; tampoco la he podido desmentir. Lo que sí es un hecho es que la respuesta fue tardía y desproporcionada frente a la escala de lo que ocurría.

El balance que dio Marlaska el 4 de agosto: 72.000 entradas y 70.000 retornados. Vivas habló de 60.000. Otras estimaciones sitúan la cifra en torno a 80.000. Da igual cuál sea exacta: fue la mayor entrada masiva registrada en una frontera europea en décadas.

Los muertos: aquí las cifras varían porque dependen de quién cuente. El Gobierno español cifró en 18 los fallecidos al cierre del día 30. A primeros de agosto la cifra oficial subió a 57, luego a 72 (RTVE, 2 de agosto). El presidente de Ceuta habló de «cerca de cien». Las ONG marroquíes y la plataforma Caminando Fronteras elevaron la cifra a 141. Unas y otras manejan metodologías distintas; lo seguro es que decenas de personas murieron en la frontera o en el mar.

Ilustración editorial del estrecho de Gibraltar al anochecer, en formato panorámico para una cabecera de Substack.

Los satélites

Este es quizá el dato más inquietante de todo lo que he podido documentar. Y es también el que tiene una fuente única, lo cual obliga a ser cautos.

El 4 de agosto, TheObjective publicó una investigación exclusiva sobre los satélites que sobrevolaron la zona antes, durante y después del asalto. Según ese reportaje, los satélites militares marroquíes Mohamed VI-A y Mohamed VI-B realizaron once pasadas sobre Ceuta entre el 26 y el 30 de julio. Una de esas pasadas — la del satélite A — se produjo a las 10:57 del miércoles 30. Tres minutos antes de las once, la hora a la que empezó el asalto.

Durante ese mismo periodo, el satélite español Paz (del Ministerio de Defensa) registró una sola pasada sobre la zona.

Mientras tanto, en Madrid

El 30 de julio, mientras Ceuta se desbordaba, la embajada de Marruecos en Madrid celebraba la Fiesta del Trono. Esto es un hecho, no una invención. Lo confirman ABC y El Economista, que publicaron la lista de asistentes y las fotografías del evento.

Lo que sí es falso — y aquí hay que ser contundente — es la versión que circuló en redes de que Fernando Grande-Marlaska, Carmen Calvo, Teresa Ribera y la entonces ministra de Defensa estaban en esa fiesta. Maldita.es lo desmintió con pruebas: las imágenes que supuestamente los situaban allí correspondían a ediciones anteriores de la misma recepción, concretamente la de 2024 y 2025. La Moncloa confirmó que el único ministro del Gobierno español presente fue el de Agricultura, Luis Planas, que además fue abucheado al entrar.

Lo que sí estuvieron: Felipe González, el exdirector del CNI Félix Sanz Roldán y el periodista Nacho Abad. En un evento diplomático de Marruecos, celebrado exactamente el día que Marruecos lanzaba una operación sin precedentes contra la frontera española.

No hace falta ser conspiranoico para encontrar esto, como mínimo, simbólicamente perturbador.

Mohamed VI y el Trono

Ese mismo 30 de julio, Mohamed VI presidió la recepción oficial de la Fiesta del Trono en la prefectura de M’diq-Fnideq, a unos 35 o 40 kilómetros de Ceuta. La coincidencia geográfica del 30 de julio es un hecho: el rey de Marruecos estaba celebrando su fiesta nacional a cuarenta kilómetros de la mayor crisis fronteriza de la historia reciente de España. Cada uno que saque sus propias conclusiones.

Los días siguientes

El 31 de julio la situación era caótica. Ceuta tenía el CETI — el centro de estancia temporal de inmigrantes, con 512 plazas — colapsado. Los comercios del centro cerraron por miedo a saqueos. El sistema de protección de menores se vino abajo: 862 niños y adolescentes no acompañados esperaban atención frente a 29 plazas específicas para ellos. Escribir esos números da vértigo.

También el 31 de julio, el embajador de Israel en la ONU, Danny Danon, tuiteó que Ceuta y Melilla eran «enclaves coloniales» y que debían ser devueltos a Marruecos. Lo hizo desde la cuenta oficial de la misión de Israel. Lo curioso es que la embajadora de Israel en España, Dana Erlich, salió a desautorizar a su propio colega diciendo que «no representa la posición del Estado de Israel». El ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, se mofó de Sánchez y sugirió que acogiera a los gazatíes. El PP pidió la expulsión de la embajadora. Óscar Puente, desde Transportes, sugirió la implicación israelí sin decirlo explícitamente.

El 1 de agosto, Marruecos cerró unilateralmente la frontera de Nador con Melilla alegando razones de seguridad. El 4 de agosto, Marlaska dio el balance oficial: 70.000 de los 72.000 habían sido retornados. Quedaban entre 3.000 y 5.000 personas en Ceuta, de las cuales más de 850 eran menores no acompañados. La Policía y la Guardia Civil habían detectado «una decena» de personas expulsadas con vínculos con el yihadismo. Y se identificaron presuntos agentes de la inteligencia marroquí infiltrados entre los que cruzaron.

El 3 de agosto, el Gobierno cesó «con carácter fulminante» a la responsable de comunicación del Departamento de Seguridad Nacional español por haber publicado la cifra de 49.000 entradas antes de que el Gobierno diera su versión oficial.

El 6 de agosto, Felipe VI recibió a Juan Jesús Vivas en el Palacio de Marivent, en Palma de Mallorca. Tres días antes, el rey había estrenado el Hispania, el nuevo velero de regatas de la Armada Española.

Europa responde

La reacción europea fue rápida y dura. Italia, con Giorgia Meloni al frente, suspendió el acuerdo de Schengen con España el 31 de julio — un mes para las fronteras aéreas y marítimas. Francia reintrodujo controles. Finlandia preparó los suyos. Veintidós jefes de Gobierno, en una carta liderada por Italia y Dinamarca, acusaron a España de ser un «factor de atracción» migratorio.

Bruselas, por su parte, abrió una investigación sobre si Rusia había lanzado una campaña de desinformación aprovechando la crisis. El excomisario Thierry Breton pidió una investigación formal. The Guardian encontró cuentas vinculadas a Rusia que difundían narrativas de extrema derecha sobre lo ocurrido. Yvonne Brunner, la comisaria europea de Migración, habló de «redes de trata de personas» y de «desinformación rusa», y ofreció el apoyo de Frontex.

El lado estadounidense

Aquí es donde las piezas empiezan a encajar de una forma que incomoda.

En abril de 2026, el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó un informe (H.Rept. 119-631) que incluía 40 millones de dólares en ayuda de seguridad para Marruecos y, en su texto, describía Ceuta y Melilla como «ciudades administradas por España en territorio marroquí». Eso no es una opinión de un congresista aislado. Es lenguaje oficial del Congreso de Estados Unidos.

Mario Díaz-Balart, el congresista republicano de Florida — cubano de origen, muy cercano a Marco Rubio —, lleva meses repitiendo que Ceuta y Melilla «no están en España sino en Marruecos». Después de la crisis, Díaz-Balart tuvo que desmentir que esa fuera la posición oficial del Gobierno estadounidense. Pero el informe del Congreso sigue ahí.

El congresista Thomas Massie denunció la «hipocresía republicana» en este asunto (Newsweek, 1 de agosto).

El 14 de julio de 2026, AFRICOM — el Mando de Estados Unidos para África, con sede en Stuttgart — comunicó que Marruecos y Estados Unidos habían firmado un memorando de entendimiento para crear el AMTEC: el African Multidomain Training and Experimentation Center. Un centro de entrenamiento multidominio con academia de drones y laboratorio de innovación, en Tan-Tan (Marruecos), con horizonte operativo de 2030. DefenseScoop lo publicó ese mismo día.

El 5 de enero de 2026, Israel y Marruecos habían firmado en Tel Aviv su tercer plan de trabajo militar conjunto desde la normalización de 2020. Israel es ya el tercer proveedor de armamento de Marruecos. Los Acuerdos de Abraham, por cierto, no los firmó primero Marruecos — fueron los Emiratos Árabes Unidos y Baréin en septiembre de 2020; Marruecos se incorporó en diciembre. Un detalle pequeño pero revelador de cómo funcionan estas cosas: el orden importa, y Marruecos no era la prioridad inicial.

Michael Rubin, analista del American Enterprise Institute y colaborador del Middle East Forum, publicó en septiembre de 2025 un artículo titulado literalmente «Marruecos debería lanzar una nueva Marcha Verde hacia Ceuta y Melilla». En marzo de 2026 lo reiteró en Middle East Forum. Esto no es un think tank marginal. El American Enterprise Imstitute es uno de los centros de política más influyentes de Washington.

La hipótesis del estrecho

Llego aquí con cuidado, porque sé el terreno que piso.

La hipótesis es que la operación del 30 de julio fue diseñada o al menos consentida por un entendimiento entre Estados Unidos, Israel y Marruecos, con el objetivo de presionar a España y, a medio plazo, cambiar el statu quo del control del estrecho de Gibraltar.

Esto es importante decirlo pero no hay una prueba directa, un documento filtrado, una grabación, un correo electrónico que demuestre que alguien en Washington o Tel Aviv le dijo a Rabat «hazlo el 30».

Pero tampoco hace falta que la haya. En geopolítica las cosas rara vez funcionan con instrucciones explícitas. Funcionan con alineación de intereses, con señales, con una luz verde que se da sin firmar nada. Y lo que sí tenemos es una acumulación de hechos que, mirados conjuntamente, esbozan un patrón difícil de ignorar.

El estrecho de Gibraltar no es solo un paso de barcos. Es uno de los siete cuellos de botella marítimos críticos del planeta, junto con Ormuz, Bab el-Mandeb, Suez, el Bósforo, Malaca y Panamá. Por él pasa aproximadamente el 20% del comercio marítimo mundial. Es la puerta de entrada natural al Mediterráneo desde el Atlántico, y viceversa. Quien controla o influye decisivamente sobre las aguas del estrecho tiene la llave de una de las rutas más transitadas del globo.

Y aquí viene el punto que casi nadie explica.

Las aguas de España en el estrecho son internacionalmente relevantes de una forma que no siempre se percibe. España tiene una Zona Económica Exclusiva (ZEE) que se extiende hasta 200 millas náuticas desde sus costas en la mayor parte del litoral. Pero el estrecho de Gibraltar es estrecho —apenas 14 kilómetros en su punto más angosto—, lo que significa que el mar territorial de España y el de Marruecos se superponen, al no haber espacio para sus respectivas ZEE. En un estrecho internacional de menos de 24 millas de ancho, las aguas no son internacionales, sino mar territorial de los Estados ribereños; sin embargo, están sujetas al régimen especial de derecho de paso en tránsito regulado por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, 1982), lo que garantiza la libre navegación y el sobrevuelo ininterrumpido para todos los países.

Esto es clave. En el estrecho de Gibraltar, cualquier buque de cualquier país puede navegar, con las limitaciones del paso en tránsito, sin pedir permiso a nadie. Pero lo que sí tienen España y Marruecos son hasta 12 millas de mar territorial desde sus costas, por lo que estas aguas son soberanas y se superponen en el estrecho. Dentro de este marco, España cuenta con bases navales cercanas como Rota (en la bahía de Cádiz, con la presencia de la VI Flota de Estados Unidos), estaciones de vigilancia y capacidad de control del tráfico marítimo.

La pregunta que flota sobre todo esto no es si Estados Unidos quiere «robar» el estrecho — el concepto no tiene sentido jurídico; las aguas internacionales son de todos. La pregunta es quién ejerce la influencia operativa sobre los dos lados del estrecho.

Y aquí es donde los datos del 2026 se vuelven elocuentes sin necesidad de teorías:

  • Estados Unidos ya tiene base en Rota (Cádiz), en el lado español, desde los años cincuenta. La VI Flota está ahí. Eso no es nuevo.
  • Marruecos acaba de firmar con AFRICOM el AMTEC, un centro de entrenamiento militar en Tan-Tan, en el lado africano del estrecho. Eso sí es nuevo.
  • El plan militar conjunto Israel-Marruecos de enero de 2026 dota a Rabat de capacidades de vigilancia marítima y drones con tecnología israelí.
  • El informe del Congreso estadounidense sitúa Ceuta y Melilla en «territorio marroquí». Es lenguaje. Pero el lenguaje en diplomacia es acción.
  • Michael Rubin pide una «nueva Marcha Verde». No es un loco suelto; publica en el AEI y en el Middle East Forum, que tienen audiencia directa en el Congreso.
  • El día de la operación, Mohamed VI estaba a cuarenta kilómetros, celebrando su Fiesta del Trono, y los satélites militares marroquíes habían hecho once pasadas sobre la zona.

¿Necesitas una orden directa de Washington para que todo esto cuadre? No. Necesitas que los intereses estén alineados. Y lo están. Marruecos mantiene su ambición sobre Ceuta y Melilla desde hace décadas. Estados Unidos busca un aliado estratégico firme en el flanco sur mediterráneo y desconfía de la España de Sánchez; un Ejecutivo que dio un giro histórico al apoyar la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, provocando un grave choque con Argelia que Moncloa ha tenido que reestablecer a contrarreloj, y que en los despachos de Washington sigue arrastrando la etiqueta de socio poco fiable frente a la influencia de China y Rusia en África. Israel quiere a Marruecos como puente en el norte de África y como mercado de armamento. Los tres quieren estabilidad en el estrecho. Y la estabilidad, en esta lógica, significa que el control operativo esté en manos amigas.

¿España? España tiene un problema estructural que la crisis de Ceuta ha puesto en evidencia: depende de una frontera que no controla. Los 14 kilómetros que separan Tarifa de Punta Cires son la distancia más corta entre Europa y África, y esa distancia la gestiona de facto Marruecos. Cuando Marruecos decide abrir la llave, como hizo el 17 de mayo de 2021 con 8.000 personas, o el 30 de julio de 2026 con 72.000, España puede devolver, pero no puede impedir que ocurra. Y cada vez que ocurre, la imagen de España como potencia fronteriza se resquebraja un poco más.

El precedente de la isla del Perejil, en 2002, es ilustrativo. Aznar ordenó la recuperación militar del islote y lo consiguió. Pero luego resultó que Estados Unidos — según revelaciones del exministro Federico Trillo y de fuentes de inteligencia — había avisado a Marruecos de la operación. Y en el documental «Perejil, la guerra que nunca existió» (2025), Aznar contó que Jacques Chirac le sugirió que lo mejor sería «entregar Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental». La mediación estadounidense terminó resolviendo la crisis con un compromiso que, según El Confidencial, fue «a favor de España». Pero el mensaje quedó: la soberanía española sobre el norte de África es negociable para los aliados.

El escándalo Pegasus de 2021 — el spyware de NSO Group usado por Marruecos contra los teléfonos de Pedro Sánchez, Margarita Robles, Fernando Grande-Marlaska y decenas de políticos y periodistas — demostró que Marruecos no solo tiene capacidad de presión fronteriza, sino de penetración en el corazón del Estado español. Y en julio de 2026, Le Monde y The Guardian publicaron nuevas revelaciones sobre el uso continuado de herramientas de hackeo marroquíes.

Lo que (no) sabemos

No sé si lo que pasó el 30 de julio fue una operación diseñada en Washington o en Tel Aviv. Lo que sé es que los elementos de contexto — el informe del Congreso, el AMTEC, el plan militar Israel-Marruecos, las palabras de Rubin, la presencia de AFRICOM en Stuttgart, los satélites, la fecha de la Fiesta del Trono — forman un mapa de alineaciones que merece más atención de la que ha recibido.

Lo que sí sé es que España se quedó sola. Que Europa no solo no ayudó, sino que aprovechó la crisis para presionar. Que el Gobierno español mintió sobre la Fiesta del Trono — mintió por omisión, dejando que circulara la versión falsa sin desmentirla hasta que maldita.es hizo el trabajo. Que el sistema de inteligencia español, sea cual sea la versión cierta, no evitó lo inevitable. Y que 72.000 personas cruzaron una frontera europea con cuatro guardias civiles de por medio.

El estrecho de Gibraltar sigue ahí. Las aguas internacionales siguen siendo de todos. Pero quien controla la orilla sur — cada vez con más tecnología, más alianzas y más decisión — tiene más cartas que quien depende de una frontera que no es suya.

Eso es lo que sabemos a día de hoy. Dentro de un mes sabremos más. Dentro de un año, quizá entendamos lo que pasó de otra manera. Pero los papeles no van a cambiar.

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