El Diario de Jerez, periódico de referencia de una ciudad de doscientos mil habitantes y propiedad del grupo Joly, nos ha obsequiado recientemente con una noticia, firmada por Miguel Ángel González, que merece ser enmarcada: la boda de la hija de Santiago Domecq. La pieza, profusamente ilustrada con fotografías de los novios, los invitados y los detalles del evento, ocupa un espacio generoso en la edición digital. La señorita Domecq, nos informa el diario, contrajo matrimonio en una ceremonia íntima y elegante, rodeada de familiares y amigos. Los lectores podemos admirar el vestido de la novia, la decoración floral y la felicidad de los contrayentes. Es, sin duda, una información de interés público.
O no. Porque uno se pregunta: ¿qué hace la boda privada de la hija de un ganadero de toros de lidia convertida en noticia en el periódico de referencia de una ciudad que figura de forma recurrente entre los municipios de más de cien mil habitantes con mayor tasa de desempleo de España, con miles de familias en lista de espera para una vivienda, con una sanidad pública colapsada y con barrios enteros que se caen a pedazos? ¿Desde cuándo los fastos nupciales de los ricos son asunto de interés general?
La respuesta es incómoda, pero necesaria. No es información. Es una catetada. O, si se prefiere un término menos coloquial, una forma de subordinación cultural. Porque solo desde el más rancio anacronismo social se puede considerar que la boda de la hija de un conocido ganadero es una noticia que merece espacio en un medio de comunicación. Y es también un ejercicio de servilismo, porque hace falta estar profundamente arrodillado ante el poder para convertir los fastos privados de una de las élites económicas tradicionales de la ciudad en un acontecimiento de interés público. Es lo que podríamos definir como señoritismo mediático, y no es más que la versión local de un caciquismo contemporáneo que se resiste a desaparecer.
Conviene no ser ingenuos. La publicación de esta boda no es una anécdota intrascendente ni un error de criterio de un redactor despistado. Es la manifestación más visible de un catetismo profundamente arraigado en cierto periodismo local: la de que hay vidas que merecen ser contadas y otras que no. La de que los asuntos privados de los ricos son de interés público, mientras que los problemas públicos de los pobres son asuntos privados.
El Diario de Jerez rara vez publica reportajes sobre la vida de las trabajadoras de la limpieza, de los mozos de almacén o de las camareras de piso. No dedica el mismo mimo ni portadas a contar cómo sobrevive una familia con ingresos precarios en un barrio obrero. No ilustra sus ediciones digitales con fotografías de las colas del paro o de las infraviviendas donde malviven los temporeros. Esas vidas no son noticia. Son, en todo caso, sucesos. O estadísticas. O, peor aún, problemas que se despachan con un breve en la sección de local.
Pero la boda de la señorita Domecq sí. La boda de la señorita Domecq merece fotos, titulares y un lugar destacado en la portada digital. Porque la función de este periodismo servil no es informar, sino reproducir simbólicamente el poder. Recordar a los lectores quiénes son «los importantes». Normalizar su presencia y su estilo de vida como aspiracional. Reforzar la idea de que las élites tradicionales siguen siendo la referencia social de la comunidad.
Este tipo de periodismo no es neutral. Ejerce una pedagogía invisible que opera por acumulación. Cada vez que se publica la boda de un rico, se está enviando un mensaje: esto es lo que merece ser celebrado. Esto es lo que importa. Esto es lo que deberías desear. Y al mismo tiempo, se está enviando el mensaje contrario: lo tuyo no importa. Tu vida no merece ser contada. Tus problemas no son noticia.
Es la naturalización de la jerarquía social en estado puro. La prensa local, que debería ser un espacio de información plural y democrática, se convierte en un boletín de sociedad de la élite casposa y rentista. Las páginas de sociedad, que en los grandes periódicos nacionales ya resultan anacrónicas y rancias, se reproducen con total naturalidad en el ámbito local, donde la cercanía entre el poder económico y el poder mediático es aún más obscena.
Mientras el Diario de Jerez dedica espacio a la boda de la hija de Santiago Domecq, los problemas reales de la ciudadanía jerezana reciben un tratamiento muy distinto. Los desahucios son breves; la precariedad, una estadística sin rostro; las listas de espera sanitarias, un titular ocasional; y los conflictos laborales que salpican la ciudad, un asunto que se cubre con una prudencia que roza la complicidad. No es casualidad. El problema no es que exista una sección de sociedad; el problema es que, cuando los recursos informativos son limitados, la agenda periodística considera más relevante la boda de una heredera que las condiciones de vida de quienes sostienen la ciudad con su trabajo. La selección de lo que es noticia constituye un acto político de primer orden, y en esa selección los medios locales llevan décadas ejerciendo de correa de transmisión de los valores de la clase dominante.
La noticia de la boda de la señorita Domecq no es una frivolidad. Es un síntoma. El síntoma de un modelo periodístico agotado, decadente, que ha decidido rendir pleitesía a los de siempre en lugar de informar a los de abajo. La prensa local sigue así atrapada en el vasallaje a los poderosos, una inercia histórica que en pleno siglo XXI no es más que puro decadentismo. Porque, seamos claros: mientras los periódicos sigan confundiendo el interés público con la servidumbre a los poderosos, tendremos que recordarles, una y otra vez, que las bodas de los ricos no son noticia. Son, simplemente, bodas. Y las vidas de los pobres, aunque no salgan en las fotos, también merecen ser contadas.








