Poema: La estatua

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Jesús Carretero

Ensangrentada por la tormenta,

desde su atalaya mordida por el musgo,

un rictus estremece el aire,

quizás un beso que nada preludia,

ni esperanza ni días siguientes.

Con sus ademanes ciegos

-más bien petrificados-,

el perfume ausente y la sospecha

de una carne insensible al roce

de los cuerpos se yergue,

asumiendo la condición de estatua,

sobre su propia soledad.

En su interior ya no hay ruidos,

solo cántaros vacíos y hogueras apagadas

y blancos ojos y relojes sin agujas

y libros sin palabras

y una maraña de silencio

donde se pierden la música cansada

de violines sin cuerdas y la monótona lluvia

que cae como ruidosa perla

contra un suelo metálico.

Su frágil figura se muestra indefensa

ante la perspectiva de mudar

en fragmentos, abatida de bruces

o enterrada y olvidada definitivamente.

Y los otros la miran y no entienden,

y la siguen mirando, pero los otros,

es inútil, nunca esperan que a través

de las grietas de su atormentado silencio,

que la deshace y la oprime y la mata,

retorne el hálito, el fuego, la lágrima.

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