Hace unos días, el Pleno del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera felicitó públicamente a dos policías locales, Miguel Ángel y Jorge. Uno practicó la maniobra de Heimlich a un vecino que se estaba atragantando. Esta maniobra no es una técnica policial al uso, sino un procedimiento de primeros auxilios que cualquier ciudadano puede practicar. El otro funcionario, estando fuera de servicio, redujo a un individuo que tenía una orden de alejamiento. El Ayuntamiento, con toda la pompa institucional que cabe en un salón de plenos, reconoció su «rápida actuación». Nada que objetar a los agentes. Hicieron lo que tenían que hacer, y lo hicieron bien. Pero cabe preguntarse: ¿desde cuándo hacer el trabajo por el que se cobra un sueldo a final de mes merece un homenaje institucional?
La pregunta no es retórica. Porque si el criterio para recibir una felicitación pública del Pleno es «realizar una maniobra para la que se ha sido entrenado y se recibe un salario», entonces hay cientos de miles de trabajadores en este país que deberían estar recibiendo medallas cada mañana. Empezando por los médicos y sanitarios, que salvan vidas todos los días, en quirófano, en urgencias, en consultas saturadas y en ambulancias que llegan tarde. ¿Cuántas felicitaciones del Pleno ha recibido el cirujano que operó a tu padre? ¿Y la enfermera que detectó un síntoma que no tocaba y salvó a un paciente de una sepsis? ¿Y el equipo de trasplantes que se pasó ocho horas en quirófano para que alguien, hoy, pueda seguir respirando? Silencio. Ni una moción. Ni un minuto de gloria municipal.
Ya lo vimos durante la pandemia: a las ocho en punto, los balcones se llenaban de palmas para los sanitarios. Luego, los mismos que aplaudían aprobaban recortes en la sanidad pública. Esos héroes anónimos no salen en la foto. Salvan vidas todos los días, dentro y fuera de su horario, con medios precarios, con sueldos congelados y con listas de espera que los ahogan. Pero el Pleno no los felicita. El Pleno, en todo caso, aprueba recortes sanitarios y luego se hace la foto con los agentes que cumplen con su deber.
No se trata de negar el mérito de los policías. Reducir a un delincuente fuera de servicio tiene un punto de compromiso que merece reconocimiento. Pero, ¿de verdad hace falta montar un acto institucional cada vez que alguien hace bien su trabajo? ¿Acaso se felicita al panadero que amanece a las cuatro para que no falte el pan? ¿Al agricultor que se desloma bajo el sol para que comamos? ¿Al barrendero que limpia las calles mientras dormimos? Son trabajadores que también cumplen con su deber. Y sin embargo, no hay placas para ellos.
Tendría sentido que se montaran esos homenajes cuando se hacen esas cosas arriesgando la vida, cumpliendo por encima del deber, realizando un acto excepcional que va más allá de lo que exige el cargo. Ahí sí. Pero cuando se hace cumpliendo el manual de instrucciones para el que se ha recibido formación y se cobra un sueldo, el homenaje sobra. O, mejor dicho, debería multiplicarse por todos los trabajadores públicos que salvan vidas cada día sin que nadie les dedique ni un minuto de gloria municipal.
Y ya puestos a hablar de arriesgar la vida, hablemos de los bomberos. Ahora mismo, el Parque de Jerez afronta el verano con una plantilla que a duras penas llega a los sesenta efectivos, a razón de doce compañeros por guardia, una cifra que el sindicato Bomberos Unidos califica de «insuficiente» y que ni siquiera se cumple. El Consorcio Provincial arrastra cincuenta vacantes sin cubrir, y las promesas de crear nuevas plazas, anunciadas en 2022 «a bombo y platillo», siguen sin materializarse. La consecuencia es que los bomberos tienen que recurrir a horas extra fuera de servicio para cubrir la falta de personal. «No damos abasto», denuncian. Y mientras tanto, la alcaldesa, María José García-Pelayo, lleva más de un año sin recibir a los representantes sindicales, pese a los cuatro escritos que le han remitido. El día que tengamos algún incendio en las zonas rurales de Jerez, como ya pasó el año pasado y años anteriores, es evidente que ningún homenaje podrá ocultar la desidia del gobierno municipal al respecto.
Esa misma lógica, la de la indiferencia institucional, se replica a escala nacional con los bomberos forestales que, en toda España, se juegan el tipo para apagar incendios cada vez más largos y más feroces. Son trabajadores maltratados diariamente por las administraciones autonómicas regidas por la derecha y la ultraderecha, con contratos basura, con sueldos indignos y con la amenaza permanente del despido cuando se acaba la temporada de fuego. Ellos no salen en la foto. Ellos apagan el fuego y luego, cuando llega el invierno, les rescinden el contrato.
Así funciona la maquinaria institucional de esta panda de palurdos. Aplauden a quien cumple con el deber cuando les conviene, y olvidan a quienes se desloman en los servicios públicos por el bien común. Porque una cosa es hacer bien el trabajo, y otra bien distinta es que te aplaudan por ello. Lo primero es obligación. Lo segundo es una catetada. Y de eso, en demasiados ayuntamientos, saben bastante.








