Sexo, género e ideología: Las víctimas del borrado de la realidad material

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Cristian Mejías

Las acusaciones de transfobia dirigidas a todas aquellas feministas que plantean dudas razonables sobre los efectos del transgenerismo en la protección de los derechos de las mujeres y la infancia se han vuelto una constante.

Estas acusaciones cumplen una función estigmatizante y criminalizadora dispuesta a impedir un debate social necesario en los países occidentales, donde el concepto de sexo biológico y, en consecuencia, los derechos basados en esta realidad material, se han redefinido de la mano de la teoría queer como dispositivos ideológicos destinados a la opresión de las identidades disidentes.

Ante los crecientes casos de disforia de género, especialmente entre las chicas, las y los partidarios del transgenerismo plantean como primera y única opción la terapia afirmativa, en la que el testimonio del sujeto adquiere el estatus de diagnóstico clínico y el rol de las personas profesionales que le atienden queda relegado a un mero registro de voluntades que permita el acceso al tratamiento fármaco-quirúrgico.

Ahora bien, la tolerancia, apoyo y comprensión del transgenerismo, lejos de ser universales parecen no alcanzar a las personas desistidoras y detransicionadoras, cuyos testimonios son deliberadamente ignorados por contradecir la hipótesis según la cual toda persona que manifieste ser trans es trans, con independencia de la verdadera motivación que pueda estar condicionando tal manifestación.

En este sentido, la terapia afirmativa puede ser exitosa en algunos (pocos o muchos) casos, pero sin la posibilidad de realizar una anamnesis adecuada -so riesgo de sanción por identificar maniqueamente la exploración como terapia de conversión- se trata de una imprudencia que tiende a sustituir la evidencia por la creencia y los hechos por la ideología.

Asimismo, desde las filas del transgenerismo se guarda un silencio cómplice ante los casos de varones que, autoidentificándose como mujeres, han encontrado en la teoría queer el salvoconducto perfecto no solo para hackear las disposiciones destinadas a proteger en exclusiva los derechos de las mujeres, sino también para granjearse el apoyo de los sectores «progresistas» en su particular cruzada contra el sexo femenino que, de otro modo, solo generaría evidentes resistencias.

La autoidentificación del sexo registral favorece el falseamiento de los datos desagregados por sexo en las estadísticas como prerrogativa necesaria para la aplicación de la perspectiva de género -tal y como ocurre en el aumento exponencial de agresiones sexuales con penetración cometidas por mujeres-, así como la neutralización de las medidas diseñadas para la corrección de desigualdades. 

Cuando parecía que las instituciones empezaban a tomar conciencia de la necesidad de aplicar esta perspectiva en ámbitos tan sensibles como son las políticas sanitarias o de prevención y actuación frente a la violencia contra las mujeres, surge un movimiento aparentemente transgresor que proporciona un balón de oxígeno al androcentrismo, volviendo a situar la voluntad del hombre como medida de todas las cosas.

Esta mutación del patriarcado responde a una necesidad histórica de adaptación a los nuevos tiempos, en los que la subordinación de las mujeres y de la comunidad homo y bisexual no puede producirse legítimamente a través de métodos coercitivos o de desigualdades jurídicas, recurriendo entonces al borrado del sexo, la transformación del género como estructura de opresión social en identidad individual a reivindicar y la resignificación de ciertas prácticas violentas como emancipatorias.

La constatación del sexo biológico y de sus implicaciones por parte del feminismo no es una invitación a recuperar el biologicismo, tal y como denuncian sus críticos, sino la aceptación de la existencia de un punto de partida desigual susceptible de transformación sin tener que dimitir de la realidad material del cuerpo.

El transgenerismo ha declarado una guerra total no solo a las mujeres, la infancia y la comunidad homo y bisexual, sino también a las propias personas trans. Estas últimas, lejos de ser las adversarias, son también víctimas de una ideología que les impide profundizar en el origen real de su malestar, al tiempo que las agrupa de manera indiscriminada bajo la misma categoría que a hombres ventajistas y violentos, hecho que contribuye a esa estigmatización y patologización que, en teoría, pretendía prevenir.

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