Trump en Pekín con sus señores feudales tecnológicos

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Conclusiones preliminares de la cumbre Trump-Xi de mayo de 2026

Entre el 13 y el 15 de mayo de 2026, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha realizado una visita de Estado a China, la primera de un presidente estadounidense al país asiático en casi nueve años. La cita, que tenía como escenario el Gran Salón del Pueblo de Pekín, estaba cargada de expectativas: comercio, Irán, Taiwán, inteligencia artificial y tierras raras eran los temas sobre la mesa. Sin embargo, lo que más llamó la atención de analistas y medios internacionales no fue lo que se acordó, sino cómo se comportó Trump: extravagante en sus elogios a Xi Jinping, complaciente con el anfitrión chino y sorprendentemente crítico con las políticas de su propio país y con los aliados occidentales que esperaban respaldo.

Xi Jinping recibió a Trump con todos los honores de una visita de Estado: himnos nacionales, inspección de tropas del Ejército Popular de Liberación, niños agitando banderas chino-estadounidenses y un banquete en la Sala Dorada del Gran Salón del Pueblo. Pero el gesto más significativo fue el paseo privado por los jardines de Zhongnanhai, el recinto secreto del liderazgo chino al que muy pocos líderes extranjeros han tenido acceso. Según recogió la CNN, Trump calificó la reunión de «12 sobre 10», una valoración que fue vista como un intento de salvar la cara ante la ausencia de acuerdos concretos.

Trump declaró que su relación con Xi era «muy fuerte» y que las relaciones entre EEUU y China estaban «en un buen lugar». En sus redes sociales, insistió en que Xi lo había «felicitado por tantos enormes logros». Predijo un «futuro fantástico» para ambos países. El tono no podría haber sido más diferente del que había mantenido durante su primera legislatura, cuando calificó a China de «enemigo» y desató una guerra comercial con aranceles que llegaron al 145%.

Trump as techno-feudal king surrounded by Big Tech CEOs in Beijing editorial illustration

Pocos resultados concretos, mucha puesta en escena

A pesar de la parafernalia diplomática, la cumbre no produjo los acuerdos que muchos esperaban. La BBC tituló su crónica: «Charlas “muy exitosas” pero ningún acuerdo confirmado». El principal resultado tangible fue un pedido de 200 aviones de Boeing por parte de China, muy por debajo de los 500 que la industria había barajado y lejos de los 300 que China había encargado durante la visita de Trump en 2017. Algunos medios ha calificado como una «cumbre decepcionante» y se preguntaban en qué consistía realmente la «estabilidad estratégica constructiva» que Pekín anunció como gran logro.

Lo que China busca es asegurar que las relaciones no se deterioren más durante el resto del mandato de Trump, siempre y cuando EEUU no cruce ciertas líneas rojas.

El aspecto más reseñable de la visita fue la asimetría en el tono de Trump: duro con las políticas estadounidenses y sus aliados, generoso con Xi Jinping y el modelo chino. Trump rompió con las Seis Garantías —el marco político que regula las relaciones entre EEUU y Taiwán desde 1982— al anunciar que discutiría con Xi la venta de armas estadounidenses a la isla, algo sin precedentes. Esta concesión, que eludió cualquier consulta previa con los aliados asiáticos de EEUU, fue interpretada como una señal de que Trump estaba dispuesto a negociar los intereses de sus socios a cambio de favores comerciales.

La delegación empresarial que acompañó a Trump reforzó esta percepción. Siete de los mayores CEOs del país viajaron con él: Elon Musk (Tesla/SpaceX), Jensen Huang (Nvidia), Tim Cook (Apple), Larry Fink (BlackRock), David Solomon (Goldman Sachs), Kelly Ortberg (Boeing) y Jane Fraser (Citigroup), entre otros. La imagen de los magnates tecnológicos estadounidenses aterrizando en Pekín para hacer negocios mientras EEUU estaba en guerra con Irán fue vista por muchos como un síntoma de las prioridades reales de la administración: los negocios por encima de la estrategia.

La ausencia de Melania Trump —que sí había acompañado al presidente en 2017— y la presencia en su lugar de Eric Trump y su esposa Lara también levantaron cejas. Mientras que en 2017 la visita tuvo un carácter institucional, la de 2026 pareció más una operación familiar-comercial que un ejercicio de política exterior.

Taiwán: la línea roja que Xi impuso y Trump acató

Xi Jinping fue claro en su advertencia: las diferencias sobre Taiwán podrían llevar a un «enfrentamiento e incluso un conflicto». La frase, recogida por NPR y otros medios, fue la más dura de toda la cumbre. Xi dijo que «la independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua» y añadió que la paz en el Estrecho es el «mayor denominador común entre China y Estados Unidos».

Trump no contradijo públicamente a Xi. Su anuncio de que discutiría las ventas de armas a Taiwán con el líder chino —en lugar de simplemente informar de la política estadounidense— fue interpretado como una concesión implícita a la posición de Pekín. El hecho de que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, formara parte de la delegación —el primer secretario de Defensa en acompañar a un presidente en una visita de Estado a China— subrayó la dimensión militar de las concesiones.

Europa, marginada

La cumbre se produjo sin consulta previa a los aliados europeos de la OTAN, que en ese momento lidiaban con las consecuencias energéticas de la guerra con Irán —tarifas de transporte de gas natural licuado disparadas un 650% en una semana— y con la fragmentación interna de la Alianza Atlántica que el propio secretario general, Mark Rutte, había reconocido públicamente.

El Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea describió la cumbre como un ejercicio de «estabilización táctica, no un reinicio» de las relaciones. Francia reiteró su llamada a una Europa estratégicamente autónoma, lo que en la práctica significaría una OTAN sin liderazgo estadounidense o una alternativa a la OTAN. La visita de Trump a China, sin consultar a los aliados, alimentó aún más la percepción de que EEUU negocia por su cuenta y a costa de quienes deberían ser sus socios.

La guerra que dio ventaja a China

La guerra de EEUU con Irán, iniciada en febrero de 2026, fue el telón de fondo que otorgó a China una posición de fuerza en las negociaciones. Con recursos militares estadounidenses desviados de Asia al Medio Oriente, Pekín tenía más margen de maniobra en un potencial conflicto sobre Taiwán. Esta redistribución de fuerzas otorgaba a China «mayor apalancamiento» frente a Trump.

En el plano económico, China había impuesto restricciones a la exportación de tierras raras —minerales críticos para la industria tecnológica y militar estadounidense— en respuesta a los aranceles. Trump anunció un «repliegue de un año» en estas restricciones, pero sin detalles sobre qué obtener a cambio. El Council on Foreign Relations había advertido antes de la cumbre que China tendría «la ventaja» en las negociaciones, y los resultados parecen confirmarlo.

Xi Jinping anunció que ambas partes habían acordado establecer una «relación China-EEUU constructiva de estabilidad estratégica». Los medios chinos celebraron el resultado: el Global Times dijo que «la diplomacia de jefes de Estado desempeña un papel insustituible» y el Diario del Pueblo publicó «Las relaciones China-EEUU no pueden volver al pasado, pero pueden tener un futuro mejor», donde afirmaba que la relación se había vuelto «más igualitaria».

Sin embargo, los analistas occidentales fueron más cautelosos. La CNN concluyó que Trump dejó China con «pocos resultados concretos pero con una relación estabilizada». El CSIS describió la cumbre como un ejercicio para «gestionar la relación más importante del mundo», no para resolver disputas. La pregunta que queda flotando es si esa estabilización se logró a costa de concesiones que debilitan la posición de los aliados de EEUU, de Taiwán y del orden multilateral que Washington dice defender.

Finalmente Trump invitó a Xi a una visita de Estado a EEUU el 24 de septiembre de 2026. Si algo quedó claro en esta cumbre, es que el presidente estadounidense ve en China un socio con el que puede negociar directamente, sin intermediarios ni alianzas que lo aten.

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