Jaime Cedano, autor del programa Suenan Timbres
Un inquietante regreso al pasado
En estas últimas veinticuatro horas hemos sentido como si de repente nos hubieran devuelto cuarenta años. A aquel 1986 cuando empezamos a leer en la llamada gran prensa una serie de pronunciamientos que nos sorprendieron, pero que no llegamos a imaginarnos que serían el preludio de una inmensa y dolorosa tragedia. El genocidio contra la Unión Patriótica, que significaría más de diez mil militantes víctimas de delitos de lesa humanidad.
La Unión Patriótica tenía apenas un año de existencia como resultado de los acuerdos de Tregua, Cese al Fuego y Paz firmados en La Uribe en 1984 entre el gobierno conservador de Belisario Betancur y la guerrilla de las FARC. La ilusión de la paz era inmensa en todo el país, especialmente en las regiones agrarias, y también como resultado de los acuerdos, Colombia vivía unos tiempos de grandes movilizaciones sociales, paros cívicos regionales, huelgas obreras y agitación en barrios y universidades. Era como si con la firma del acuerdo se hubiera levantado una gigantesca compuerta, o miles de ellas, que represaban quejas y reclamaciones archivadas desde el principio de los tiempos.
Alegrías desbordadas
En ese ambiente convulsionado e ilusionante nos preparábamos para las elecciones presidenciales de mayo de 1986. Eran grandes las manifestaciones en las plazas públicas, en teatros, universidades, sedes sindicales o casas comunales. En Cali hubo largas colas para entrar al acto político convocado en el Centro Administrativo Municipal y también en un auditorio bastante grande de la Universidad del Valle. Igual cosa ocurría en todos los pueblos del país.
El “proselitismo armado”
Entonces, ante el creciente apoyo que la Unión Patriótica iba recibiendo, y que cada día crecía más y más, empezaron los enemigos de la paz a hablar de que la Unión Patriótica practicaba “proselitismo armado” y que, bajo amenazas, intimidaciones y a punta de pistola, se presionaba el apoyo de la gente y su obligada asistencia a las manifestaciones.
De la temeraria acusación que hacían contra el joven movimiento se pasó a las amenazas y luego a la destrucción de las sedes a punta de nocturnos ataques dinamiteros. En Cali destrozaron la sede ubicada en San Bosco y destruyeron la de Medellín, y hubo atentados en Bogotá contra las oficinas de Voz y contra la sede del comité central del Partido Comunista. Después vendrían los asesinatos de la militancia, incluyendo el asesinato del candidato presidencial Jaime Pardo Leal en octubre de 1987.
Reviven las temerarias acusaciones
Y ahora, a prácticamente dos semanas de las elecciones del 31 de mayo, las campañas de la derecha y del centro derecha, en forma temeraria, irresponsable e incendiaria, señalan que la campaña de Iván Cepeda y Aida Quilcué están recibiendo apoyo de grupos armados ilegales y hasta le piden explicaciones al candidato. Acusaciones graves. Muy graves. Y totalmente irresponsables. La campaña electoral del Pacto Histórico, de la Alianza por la vida y de todos los sectores que se están vinculando, es una campaña transparente, democrática y profundamente respetuosa de las y los contradictores. Es inaceptable que recurran a los mismos señalamientos que en su momento originaron una dolorosa tragedia, contra la UP y contra todo el país. Es cierto que las bandas armadas están azotando el país, que intimidan, chantajean, asesinan y desplazan comunidades a diario. Pero nada tiene que ver con las elecciones y mucho menos con la campaña de la izquierda y categóricamente estos hechos han sido condenados por Iván Cepeda y por Aida Quilcué.
Usar esta carta para atacar a Iván Cepeda, ante la debilidad y fracaso de sus respectivas campañas, no solo es una infamia y una miserableza.
Es muy peligroso.
No todo vale en política.
Jaime Cedano Roldán
Bogotá, mayo 14 de 2026








