Enrique Cano
El Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra la mujer, también conocido, más comúnmente, como Convenio de Estambul, define el concepto de género como “los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres” (Consejo de Europa, 2011).
Estos papeles dictaminan cómo debe educarse a hombres y a mujeres desde su más tierna infancia, a fin de colocar a los hombres en una posición de privilegio y a las mujeres en una posición de subordinación. Tal modelo trae consigo, de facto, que los hombres deben ser fuertes, proveedores, valientes, dominantes, caballeros… mientras que las mujeres han de ser débiles, pasivas, sumisas, temerosas, princesas, etc.
Y, por añadidura, a través de socialización en los roles de género se impone que ambas partes, tanto hombres como mujeres, deben ser heterosexuales (lo cual atiende a un objetivo reproductivo, pues en dicho modelo las mujeres deben dedicarse a servir para la reproducción y el cuidado de la prole).
Esto es lo que se conoce como el modelo heterosexual tradicional.
Las lesbianas y mujeres bisexuales han realizado siempre, no cabe duda alguna de ello, un enorme esfuerzo por promover valores e ideas feministas que rompan justamente con dicho modelo, llevando la bandera y la vanguardia del progresismo dentro del colectivo LGB.
Por otro lado, el colectivo, como conjunto, hemos hecho un esfuerzo, en parte, para salirnos de ese modelo tradicional, luchando para que se reconozcan nuestros derechos, para poder salir libremente del armario y para poder construir otras formas de familia.
Sin embargo, entre hombres gais y bisexuales, el asunto es, por desgracia, otro cantar. Históricamente, guiados por el sexismo y el machismo más rancio, los hombres del colectivo han buscado encajar en el ya mencionado modelo heterosexual tradicional en lugar de luchar contra sus normas; y por ello han acabado reproduciendo roles de género y promoviendo valores conservadores y dinámicas dañinas.
Hay varios aspectos que pueden señalarse. No obstante, como mi intención aquí es la de redactar un artículo y no todo un ensayo, me centraré tan solo en tres aspectos, a saber: 1. La homosexualidad entendida como feminidad, 2. Los roles de dominación y subordinación en base a la preferencia sexual, y 3. El matrimonio entre personas del mismo sexo.
1. La homosexualidad entendida como feminidad:
La sociedad, por lo general, ha dado siempre un trato “feminizante” a hombres gais y bisexuales”. Los insultos empleados para hacer referencia a ellos siempre han acabado por darse con el género gramatical femenino (“Mariconas”, “Sidosas”), se ha negado el sexo de cualquier hombre no heterosexual (“Parecéis chicas”, “Sois como mujeres”) y se han puesto sobre la mesa preguntas de tipo “Entonces, ¿quién friega los platos en casa?”. Y mientras que algunos hombres gais y bisexuales hemos crecido, precisamente, intentando escapar de las expectativas rígidas sobre “cómo debe ser un hombre”, lo cierto es que la amplia mayoría terminan reproduciendo exactamente las mismas estructuras patriarcales dentro de sus relaciones. Esto, de resultas, acaece de dos modos: por un lado, asimilando la homofobia y la misoginia social por medio de nombrarse a sí mismos en femenino (como si acaso la atracción por otros hombres convirtiese, en efecto, a gais y hombres bisexuales en mujeres); y, por otro, siguiendo el sexismo y la heteronorma: uno domina, otro sirve; uno vale por su fuerza, otro por su complacencia. Es como si, faltos de un patrón de conducta acerca de “cómo debe ser la homosexualidad”, necesitasen imitar un modelo heterosexual jerárquico para que sus vidas y relaciones tengan sentido y sean comprensibles.
Se trata de una importación literal de modelos heterosexuales tradicionales al mundo gay: uno manda, protege y aporta; el otro cuida, sirve y satisface.
Esto da lugar a relaciones jerárquicas y tóxicas, donde la igualdad, el afecto y la libertad brillan por su ausencia. Son relaciones en las que existe el maltrato, el abuso e incluso el uso de sustancias durante las relaciones sexuales como forma de ocio (chemsex).
2. Los roles de dominación y subordinación en base a la preferencia sexual
No contentos ya con oprimir a sus semejantes del sexo opuesto, las mujeres, muchos hombres gais y bisexuales deciden, además, machacar a sus semejantes del mismo sexo, los hombres.
Es por ello que acaban por distribuirse, también, roles de género en base a las preferencias sexuales. Me refiero, por supuesto, a la idea de que en las relaciones homosexuales “hay un top y un bottom” (más comúnmente conocido, en castellano, como “activo y pasivo”) y que “Top = provedor, dominante”, mientras que “bottom = hogar, sumisión”.
Esta forma de ver y entender las relaciones entre hombres (“El top es el hombre de verdad mientras que el bottom es femenino y ha de ocupar un lugar subordinado”), habla acerca de cómo, para muchos hombres gais y bisexuales,
su masculinidad es sumamente frágil y necesita, por consiguiente, construirse en contraposición a algo considerado como inferior. Es una lógica patriarcal por la cual se persigue controlar, esperando obediencia y disponibilidad sexual.
Así como la orientación sexual no determina el sexo de una persona, las preferencias sexuales tampoco. Pensar que una preferencia hace a un hombre “más hombre” y que otra “convierte a un hombre en una mujer”, es una lógica misógina y sexista que encasilla a los hombres gais y bisexuales en papeles estereotipados que dan también pie a relaciones desiguales.
3. El matrimonio entre personas del mismo sexo
Siempre he defendido y defenderé el matrimonio entre personas del mismo sexo. En una sociedad en la cual el matrimonio permite acceder a una suerte de derechos (por ejemplo, faltar al trabajo para acompañar a la pareja al hospital o a un entierro), no es justo que una parte de la sociedad pueda acceder a tales derechos, en tanto que la otra, a causa de su orientación sexual, no.
Sin embargo, el matrimonio entre personas del mismo sexo no debe ser la marca principal del colectivo. El hecho de haber enarbolado la bandera del matrimonio homosexual como la cúspide de la lucha por nuestros derechos es, a mi entender, sin lugar a dudas, otro ejemplo más del esfuerzo por parte de gais y hombres bisexuales en reproducir la heteronorma.
Recordemos, no en vano, que el matrimonio, tal y como han señalado referentes feministas y anarquistas como Emma Goldman y Lucía Sánchez Saornil, entre otras muchas, es una histórica institución patriarcal que ha servido, y aún hoy día sirve, como herramienta para que las mujeres se vean sometidas a sus maridos, esto es, hombres En consecuencia, lo verdaderamente progresista sería luchar por la abolición del matrimonio como institución y abogar por un amor libre en el que primen las relaciones, tanto heterosexuales como homosexuales, basadas en la igualdad, el respeto y la libertad.
En definitiva, por estas y otras muchas razones que podrían mencionarse si analizásemos la cuestión más extensamente, se hace necesario y urgente que hombres gais y bisexuales nos replanteemos nuestras relaciones y luchemos tanto por la abolición de los roles de género como por abandonar un patrón de conducta importado de las relaciones heterosexuales. De buen grado hallaremos que, de este modo, comenzaremos a construir relaciones sanas y a defender nuestros derechos de un modo que nos permita avanzar en lugar de estancarnos en roles y estereotipos dañinos.








